El eclipse total de Sol del 12 de agosto tenía una virtud administrativa muy poco corriente: se conocían el día, la hora, el recorrido e incluso los minutos de oscuridad con una exactitud celestial. Hacía un año que el Govern preparaba una comisión interdepartamental. Se esperaban grandes desplazamientos hacia el Camp de Tarragona y las Terres de l’Ebre. Como la AP-7 acostumbra a confundir la circulación con el aparcamiento, el Ejecutivo recomendó el tren y el transporte público.
El ciudadano, criatura todavía confiada, hizo caso.
En Sants hubo colas, empujones y trenes abarrotados. Una incidencia en Castelldefels añadió retrasos. A la vuelta, las estaciones de Tarragona, Altafulla y Torredembarra quedaron desbordadas. La policía tuvo que cerrar accesos y regular la entrada en los andenes para evitar males mayores. El Ferrocat se puso en prealerta y la normalidad no llegó hasta pasada la medianoche.
Renfe había doblado las plazas del R16, hasta 3.600, y aumentado las del R15 hasta 1.600. Solo en Tarragona, unas 26.000 personas acudieron a los espacios de observación. No hace falta ser Galileo para adivinar que la operación podía acabar mal. Renfe respondió que no disponía de más trenes. El Gobierno, con esa serenidad que solo proporciona la ausencia de autocrítica, calificó el dispositivo de «éxito». Sería por sus cálculos y previsiones.
Diez días después, la madrugada del 22 de agosto, el agua sustituyó al sol.
Los aguaceros descargaron con una intensidad extraordinaria sobre el Baix Penedès y el Tarragonès. El Vendrell, Coma-ruga, Torredembarra, Altafulla, Creixell y Roda de Berà sufrieron inundaciones, vehículos arrastrados y daños en viviendas e infraestructuras. Unas 300 personas fueron evacuadas de un camping y unas 150 de una discoteca. El SEM atendió a una cuarentena de personas y hospitalizó once. La caída de un muro sobre una familia dejó a una menor en estado crítico, otro herido grave y uno menos grave.
El plan Inuncat estaba activado y Meteocat había situado el peligro en cuatro sobre seis, con posibilidad de acumulaciones importantes. Pero nadie envió el ES-Alert a los teléfonos. Ramon Espadaler, consejero de Justicia y presidente en funciones, explicó que el aviso no estaba justificado y recordó que la meteorología no es una ciencia exacta. Es una observación indiscutible y perfectamente inútil. Nadie exige a Protección Civil que adivine el futuro; se le pide que advierta de un riesgo serio y que el Gobierno sepa cumplir con su deber de proteger y prevenir. No es el caso.
La directora de Meteocat defendió que el servicio había elevado el aviso de tres a cuatro y que durante la madrugada había informado a partir de la observación en tiempo real. También recordó que quien decide el ES-Alert es Protección Civil. El ciudadano, mientras, escucha una administración donde todo el mundo había hecho su trabajo y, sin embargo, nadie había hecho lo necesario. Es la forma burocrática del milagro.
Ambos episodios son diferentes. El eclipse era del todo previsible; una tormenta local, no. Pero comparten el mismo defecto: el Gobierno dispone de información, coordina reuniones, formula recomendaciones y luego nada convierte en capacidad suficiente, decisión preventiva o mando efectivo. La Administración funciona, sobre todo, cuando ya ha pasado el peligro y llega la hora de contarlo. Es inútil para protegernos frente a eventos más bien pequeños. ¿Qué nos va a pasar con una crisis grave con este personal al frente? Está claro que se sorprende quien quiere, porque el paso de Illa por el Ministerio de Sanidad durante la COVID estuvo aderezado por el mismo patrón: ademán hierático y serio, afirmaciones de buena gestión y cifra récord de muertes a escala europea, pese a aplicar confinamientos propios de China.
Salvador Illa llegó a la presidencia blandiendo la bandera de la gestión. Menos épica, menos proceso y más trabajo bien hecho, y sobre todo con el mismo posado. Dos años después, el balance es terrible, no porque todos los problemas sean obra suya, sino porque ninguno de los grandes problemas heredados presenta una mejora reconocible.
Cercanías sigue siendo una humillación cotidiana. La desinversión estatal es real, pero las excusas no transportan a pasajeros. El traspaso se ha convertido en gran promesa, mientras los servicios alternativos por carretera y los autobuses de refuerzo forman parte habitual del paisaje.
El eclipse solo demostró que el sistema no resiste una demanda excepcional anunciada con un año de antelación.
En Educación, a los peores resultados históricos de PISA 2022 se ha añadido el error de la muestra catalana de 2025: un 23,2% de los alumnos quedó excluido y los resultados no serán comparables. Catalunya tendrá que esperar hasta el 2029 para recuperar una serie válida. No solo tenemos un mal diagnóstico: hemos roto el termómetro. Y el nuevo curso empezará con otra huelga docente convocada.
La protección de los menores sigue siendo un agujero negro. El propio Parlamento ha descrito la antigua DGAIA como un sistema desbordado, obsoleto, dependiente de la emergencia y manchado por el «lucro opaco», pero ha cerrado la investigación sin responsabilidades políticas directas.
En la AP-7, el Gobierno ya admite que la situación es insostenible y estudia recuperar el pago.
En seguridad, las estadísticas globales mejoran, pero la criminalidad grave vinculada al narcotráfico y las armas de fuego se ha consolidado como una amenaza específica.
En vivienda, abundan los planes, anuncios y cifras para 2030; sin embargo, hoy Catalunya sigue construyendo aproximadamente la mitad de las viviendas que necesita y los precios todavía suben.
No puede exigirse que un Gobierno repare en dos años todas las ruinas acumuladas durante décadas. Sí se le puede exigir dirección, prioridades y capacidad de respuesta. Y es ahí donde el Gobierno de Illa suspende.
Ha inventado una especialidad muy catalana: la previsión retrospectiva. Que en versión popular es el «ya te lo decía». Tras el colapso, explica que faltaban trenes. Tras el aguacero, explica que la predicción no era exacta. Tras cada fracaso, anuncia una comisión, un plan o una reforma.
Pero gobernar es anticiparse. Lo demás es hacer de comentarista. Y de comentaristas, en Catalunya, ya vamos sobrados.
Catalunya vio el eclipse, pero el Govern no vio la multitud que él mismo había invitado a tomar el tren. Tras el colapso, todavía calificó el dispositivo de «éxito». #Cercanías #SalvadorIlla Compartir en X






