Un país fuera de control

Este país se nos ha ido de las manos. No importa si hablamos de España o de Catalunya. No es un problema concreto, sino la suma de crisis que han coincidido mientras los gobiernos siguen actuando como si cada una fuera un hecho aislado. Inmigración, vivienda, narcotráfico, inflación, turismo, infraestructuras y pérdida de cohesión forman parte de un mismo paisaje. Lo grave no es que existan estos problemas. Lo grave es que nadie gobierna su acumulación.

La primera gran presión es la inmigración.

Desde 2021, la llegada de población ha alterado todas las previsiones. Cuando un país incorpora en pocos años a millones de personas, no solo aumenta el censo; también crece la demanda de vivienda, escuelas, hospitales, transporte, agua, electricidad y seguridad. Sin embargo, tanto el Gobierno de Pedro Sánchez como la Generalitat siguen hablando como si todo fuera perfectamente normal.

No lo es. El propio Banco de España, al presentar su Informe Anual sobre Catalunya, identifica el fuerte crecimiento demográfico como uno de los factores determinantes de la crisis de la vivienda. No es una opinión política. Es el diagnóstico del banco central.

Esta presión todavía se intensifica con un turismo que hace tiempo que ha dejado de ser una buena noticia. Durante meses se detienen infraestructuras, servicios sanitarios, transporte, consumo de agua, electricidad y seguridad. Los gobiernos celebran cada nuevo récord de visitantes, pero casi nunca explican la factura que acaba pagando el residente.

Por eso el segundo gran problema es la vivienda.

Ha dejado de ser una dificultad económica para convertirse en algo vital. Miles de jóvenes no pueden emanciparse, muchas parejas aplazan tener hijos y el precio del alquiler se ha convertido en el principal factor de angustia de muchos hogares.

A esta situación se le añade la regularización extraordinaria de inmigrantes. Se calculaba una regularización de unas 500.000 personas sobre una previsión máxima de 750.000 expedientes. La realidad supera ya el millón de solicitudes.

Paralelamente, sindicatos policiales han denunciado dos hechos especialmente preocupantes: la pérdida o robo masivo de pasaportes, que dificultaría la identificación real de los solicitantes, y la llegada de cerca de 400.000 personas procedentes de otros países europeos con el fin de obtener documentación española. Son denuncias que es necesario comprobar, pero que no se pueden ignorar.

Existe, además, un dato objetivo que obliga a reflexionar: aproximadamente un tercio de los solicitantes acreditan menos de un año de residencia y más del 60% menos de tres años. Si esto no demuestra, por sí solo, la existencia de un efecto llamada, sí que hace muy difícil seguir sosteniendo que ese efecto no existe.

El tercer foco de preocupación es el narcotráfico.

Las mafias operan cada vez con mayor armamento y más impunidad. El asesinato ante la comisaría central de los Mossos de la calle Balmes debería haber provocado una alarma institucional de primer orden. Los tiroteos en el barrio de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, casi han dejado de ser noticia. El narcotráfico ya no es solo un problema de seguridad: es una metástasis que alimenta la corrupción, la economía sumergida, el consumo de drogas y la captación de jóvenes sin expectativas.

El cuarto problema es la economía doméstica.

La inflación española sigue ligeramente por encima de la catalana, acumula tres meses consecutivos por encima del 3% y se mantiene por encima de la media europea. Si a esto se le añaden los alquileres o las hipotecas, muchas familias han entrado en una situación límite que las grandes cifras macroeconómicas no reflejan.

Barcelona resume como ninguna otra ciudad esta forma de gobernar. Jaume Collboni parece más pendiente de la escenografía que de la ciudad real. Barcelona vive inmersa en un pandemonio de obras que dificulta su vida cotidiana. El manual electoral recomienda inaugurar mucho antes de las elecciones; nadie explica, en cambio, el coste que asumen los ciudadanos.

La Vuelta Ciclista es un buen ejemplo de ello. Cuatro días de importantes alteraciones pueden ser asumibles. Lo que más cuesta entender es que la Sagrada Família se convierta en el gran escaparate promocional del Tour de Francia. ¿Qué relación existe entre una basílica universal y una operación publicitaria deportiva? Ninguna. Barcelona pone a Gaudí; otros obtienen la audiencia mundial.

Hay corrupciones que no son penales, sino morales. Consisten en sacrificar el bien común frente a intereses comerciales o mediáticos. Esta es una.

También lo es la política simbólica llevada hasta el extremo. En Barcelona ya no es suficiente con el Día del Orgullo LGTBIQ+. El Ayuntamiento la ha convertido en toda una semana sufragada con recursos públicos. Es legítimo preguntarse por qué esta celebración merece un trato excepcional mientras otras necesidades mucho más apremiantes siguen sin respuesta.

Salvador Illa prefiere otra fórmula. No organiza tantas celebraciones; anuncia planes. Siempre existe un nuevo plan de miles de millones. El problema es que cuando estas cifras se reparten entre los años de vigencia, la grandilocuencia desaparece. Los 3.000 millones anunciados para los regadíos, distribuidos en quince años, equivalen a unos 200 millones anuales: una cantidad insuficiente para recuperar décadas de retraso.

Lo mismo ocurre con Cercanías. El servicio sigue siendo un desastre mientras se anuncia una línea orbital ferroviaria para 2040 y nuevos servicios regionales de alta velocidad. Es una manera curiosa de gobernar: prometer hoy lo que nadie podrá exigir hasta dentro de catorce años.

Pedro Sánchez utiliza exactamente el mismo procedimiento. Ante la presión migratoria, anuncia un plan de integración y ciudadanía dotado con 500 millones de euros. La cifra impresiona hasta que se realiza la división: cinco millones de personas nacidas en el extranjero equivalen a unos cien euros por persona. Con ello no se construyen viviendas, no se abren escuelas ni se contratan a los profesionales que exige una integración real.

Este es el verdadero problema. Los gobiernos han sustituido la acción por los anuncios. Cuando aparece una crisis, presentan un plan; cuando el plan fracasa, anuncian otro aún más ambicioso. Mientras, los problemas se acumulan y la sensación de descontrol aumenta.

Llega un momento en el que la realidad deja de creerse la propaganda. Y es muy probable que ese momento sea, precisamente, el que estamos viviendo.

¿Qué relación existe entre una basílica universal y una operación publicitaria deportiva? Ninguna. Barcelona pone a Gaudí; otros obtienen la audiencia mundial. @SagradaFamilia #VueltaCiclista Compartir en X

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