Hay fotografías que cuentan una época mejor que cien discursos.
La publicada por los medios el 1 de julio es una de ellas. Se ve a Pedro Sánchez saliendo del Palacio de la Moncloa rodeado de Óscar López y Salvador Illa tras una reunión convocada cuando el PSOE atraviesa, probablemente, la crisis más grave desde que gobierna España. No sabemos lo que se dijo. Tampoco es necesario. La fotografía ya habla sola.
Porque esa imagen no muestra únicamente a tres dirigentes socialistas. Muestra otra cosa mucho más significativa: el presidente de la Generalitat integrado con absoluta naturalidad dentro del núcleo político que administra la supervivencia del presidente del Gobierno.
Y ahí está la novedad.
Salvador Illa ha dedicado meses a construir una escenografía presidencial: paseos por el territorio, apelaciones a la normalidad, algún gesto con reminiscencias pujolianas y una cierta voluntad de representar a toda Catalunya. Todo esto está muy bien. El problema es que, en ocasiones, una fotografía tiene más memoria que cien discursos. Y esa fotografía de la Moncloa deshace en diez segundos lo que meses de puesta en escena intentaban construir.
No es casualidad. Illa no llega ahora al círculo de Sánchez. Siempre ha formado parte. Su carrera política es la de un hombre de aparato, disciplinado, que fue ascendiendo escalón tras escalón hasta que la pandemia le convirtió en ministro y, sobre todo, en uno de los dirigentes de máxima confianza del presidente del Gobierno. Con Óscar López, Félix Bolaños y otros miembros del núcleo duro, constituye ese tipo de guardia pretoriana que protege políticamente a Sánchez cuando la situación se complica.
La presidencia de la Generalitat no ha modificado ese papel. Solo le ha añadido una faja institucional.
Por eso tampoco sorprende que, cuando la consigna de la Moncloa pasa a ser desacreditar a los jueces, Illa comparezca en RAC1 —la emisora con más audiencia de Catalunya— y reproduzca casi punto por punto el relato oficial. Es un mecanismo conocido. Al aumentar las dificultades judiciales, aumenta también la descalificación del poder judicial. Es un recurso antiguo. Los procesados suelen desconfiar de los jueces con una intensidad desconocida hasta el momento en que son investigados.
Lo curioso es que esta ofensiva coincide con unas encuestas publicadas por La Vanguardia, El País y el CIS. Se destacaban las dudas que parte de los ciudadanos expresaban sobre algunas actuaciones judiciales. Era su titular útil. Pero había un dato menos conveniente: la justicia seguía siendo la tercera institución mejor valorada de España. La primera eran las Fuerzas Armadas. Al término de la clasificación aparecían los partidos políticos, los sindicatos… y el Gobierno.
Pero la cuestión no es si Illa es fiel a Sánchez. Esto entra en la normalidad partidista. La cuestión es otra: ¿qué representa institucionalmente al presidente de la Generalitat?
La presidencia de la Generalidad no es solo un cargo administrativo. Es una institución que acumula un capital simbólico construido durante décadas. Tarradellas lo entendió perfectamente. Pujol, aún más. Maragall, también. Incluso Montilla, pese a proceder del propio PSC, supo distinguir en muchas ocasiones al presidente del partido del presidente de Catalunya.
Podían equivocarse. Pero todos entendían que una institución solo conserva la autoridad si se mantiene ligeramente por encima de la lucha partidista.
Por primera vez, el presidente de la Generalitat actúa no tanto como cabeza de las instituciones catalanas, sino como una extensión política del presidente del Gobierno.
No es una diferencia aparentemente pequeña. Institucionalmente, es enorme.
Aún resulta más sorprendente que Esquerra Republicana asuma esta degradación sin apenas inmutarse. El partido que durante décadas presentó la presidencia de la Generalitat como símbolo supremo del autogobierno catalán acepta ahora que esta institución funcione subordinada a los intereses inmediatos de la Moncloa. Cuesta imaginar una mayor contradicción con el discurso que ha sostenido a lo largo de su historia.
Catalunya ya soporta cargas suficientes: una crisis demográfica, una productividad estancada, una red ferroviaria degradada, una administración fatigada y un autogobierno que pierde peso real. Agregar también la subordinación política de la Presidencia de la Generalitat sería una losa más.
Las instituciones no mueren de repente. Se van acostumbrando, sin apenas darse cuenta, a representar un papel cada vez más pequeño. Si esto le ocurre a la Generalitat, ya no tendremos autogobierno, sino una diputación algo mayor.
¡Qué largo viaje para acabar reduciendo el autogobierno a una administración subordinada!
La fotografía de la Moncloa desvela hasta qué punto la Presidencia de la Generalitat se ha integrado en la estrategia política de Pedro Sánchez. #SalvadorIlla #GovernGeneralitat #Moncloa Compartir en X





