Cuando un 13% parece una mayoría: el espejismo de la encuesta de Collboni

Hay victorias que hacen historia y algunas solo hacen titular. El último barómetro del Ayuntamiento de Barcelona pertenece, por el momento, a la segunda categoría.

Jaume Collboni está satisfecho porque su propia encuesta le sitúa como ganador de las municipales si se celebraran hoy. El motivo de tanta alegría es un 13% de intención de voto directo. No es exactamente un resultado abrumador, pero siempre queda bien leído en voz alta.

Ahora bien, conviene recordar lo que significa esta cifra.

La intención directa es simplemente la respuesta espontánea del encuestado cuando se le pregunta qué votaría. Pero las elecciones no se deciden ahí. Lo que da valor a una encuesta es la cocina estadística: la estimación del voto de los indecisos, la participación prevista, la corrección de los sesgos y del recuerdo de voto. Es aquí donde se ve si un instituto demoscópico es bueno o se limita a hacer números.

Esta es, precisamente, una de las razones por las que el CIS, pese a sus recursos casi ilimitados y sus enormes muestras —que deberían proporcionar una gran precisión—, ha caído en el ranking hasta convertirse, para muchos, en un chiringuito demoscópico poco fiable. Cosas del efecto Tezanos.

El barómetro de Barcelona obliga aún más a la prudencia. La muestra es de solo 800 entrevistas, lo que implica un margen de error de aproximadamente ±3,5%. Dicho de otro modo, ese 13% podría ser perfectamente un resultado inferior al 10% o superior al 16%. Sirve para hacer un titular, pero no para afirmar con seguridad lo que ocurrirá dentro de diez meses. Además, casi la mitad de los entrevistados, el 45,1%, todavía no sabe qué votará o no contesta, lo que convierte cualquier pronóstico en un ejercicio de fe más que de ciencia.

Pero eso no impide que el exgurú de Sánchez, hoy asesor áulico de La Vanguardia, ya proyecte un resultado final del 25% de los votos y doce concejales. ¿Puede pasar? Sin duda. También es perfectamente razonable pensar, vista la cantidad de votantes que todavía no han decidido y la mala valoración que muchos ciudadanos hacen de la evolución de Barcelona, ​​que se quede bastante más corto.

Y todavía hay otro detalle. Doce concejales sobre los 41 actuales –o sobre 43, si el incremento de población acaba ampliando el consistorio en el 2027– siguen muy lejos de la mayoría absoluta de 21 o 22. Es decir, Jaume Collboni seguiría siendo un alcalde sostenido por pactos y no por una mayoría ciudadana. En realidad, Barcelona está ya gobernada hoy con una representatividad política muy débil.

La causa es, sobre todo, local.

La política municipal de Barcelona, ​​pese a la importancia decisiva de la ciudad y al enorme volumen de recursos que administra, ha dejado de despertar pasiones. Los grandes combates entre Roca, Trias Fargas, Cullell y Maragall parecen pertenecer a otra época. Incluso los más recientes entre Colau y Trias ya huelen a historia. La ciudad parece instalada en la resignación de ir pasando de un alcalde insuficiente a otro: de Colau a Collboni, y quién sabe si algún día de Jaume Collboni de nuevo a Colau, cuando a Barcelona ya le hayan saltado los últimos bordes que todavía la mantenían mal cosida.

Lo más sorprendente es que este desinterés convive con una percepción muy crítica sobre el estado de la ciudad. Los propios barceloneses siguen señalando la vivienda y la inseguridad como sus principales problemas.

Y no es raro.

Lo único que parece haber mejorado es la utilización de Barcelona como escenario permanente de grandes eventos internacionales que proyectan la imagen de Collboni en todo el mundo. Mientras tanto, quienes vivimos allí soportamos cada día un viacrucis menos fotogénico: la falta de plazas en las guarderías municipales, el empeoramiento del servicio de autobuses, una inseguridad cada vez más preocupante, calles ocupadas por vándalos armados con patinetes eléctricos y bicicletas, y la desaparición constante de carriles, ambulancias y policías.

Barcelona ha eliminado aproximadamente uno de cada tres carriles destinados al tráfico de vehículos. Es una auténtica barbaridad. ¿A nadie se le ha ocurrido que médicos, bomberos, ambulancias y policías también necesitan esos carriles para llegar a tiempo?

Pero el fatalismo barcelonés acaba tragándolo todo.

También contribuye la incapacidad de buena parte de las élites económicas y sociales, más inclinadas a seguir en el poder que a ejercer liderazgo. Y, sobre todo, la pobreza de las alternativas políticas.

Junts presenta a Jordi Martí después de toda una vida en el Ayuntamiento, pero sigue siendo un perfecto desconocido para la inmensa mayoría de los barceloneses. Cuesta que te voten cuando casi nadie sabe quién eres.

El PP vuelve a confiar en Daniel Sirera, el mismo dirigente que regaló gratuitamente a Collboni el voto que le permitió llegar a la alcaldía. Sin ese voto, muy probablemente hoy Collboni no sería alcalde.

Este es el verdadero problema de Barcelona. No es si Collboni obtiene un 13% o un 25%. El problema es que la ciudad sigue sin disponer de una alternativa construida pacientemente sobre las necesidades reales de sus ciudadanos, trabajada barrio a barrio, calle a calle, año tras año.

Sin esta alternativa, Barcelona corre el riesgo de convertirse definitivamente en un magnífico escaparate para el disfrute de quienes vienen de fuera y en una ciudad cada vez más dura y difícil para quienes vivimos y trabajamos en ella. Y entonces cualquier 13% podrá presentarse como una gran victoria cuando, en realidad, solo será el síntoma de una ciudad que ya no espera casi nada de sus alcaldes.

El barómetro de Barcelona sitúa a Collboni al frente con un 13% de intención directa de voto. ¿Pero qué significa realmente esta cifra? #AjuntamentBarcelona Compartir en X

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