Trump, Xi y el mundo postatlántico que ya ha empezado

Hubo un tiempo en el que las grandes cumbres entre potencias servían para decidir guerras, repartir continentes o anunciar alianzas históricas. Yalta, Bretton Woods o Reikiavik condensaban, en una sola fotografía, una arquitectura mundial.

El reciente encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping, sin embargo, tiene una naturaleza diferente: no construye un nuevo orden, pero revela con una claridad extraordinaria qué tipo de mundo está emergiendo.

No es un mundo de blogs cohesionados ni de valores compartidos. Es un mundo de grandes actores que negocian intereses inmediatos, acuerdos reversibles y equilibrios provisionales. Un mundo menos ideológico y más transaccional. Y, sobre todo, un mundo en el que Europa corre el riesgo de descubrir que ya no es sujeto de la historia, sino objeto de las decisiones de los demás.

La visita de Trump a China se ha presentado con escenografía solemne, retórica conciliadora e imágenes de cordialidad. Pero tras la liturgia diplomática, el diagnóstico real es mucho más frío. No hay reconciliación entre Washington y Pekín. No hay deshielo estratégico. Ni siquiera existe una confianza mínima comparable a la que, con todas las tensiones, existió durante algunas etapas de la Guerra Fría.

Lo que existe es una pausa funcional. Tanto Trump como Xi necesitan estabilidad temporal. 

Trump necesita exhibir victorias comerciales, reducir tensiones en los mercados y ofrecer a su base electoral industrial y agrícola la imagen de un presidente capaz de arrancar concesiones a China.

Xi, por su parte, necesita tiempo: tiempo para consolidar el crecimiento, evitar una escalada bélica prematura y seguir reforzando a China como alternativa sistémica a los Estados Unidos.

Por eso la cumbre ha producido exactamente lo que parecía destinada a producir: una descompresión controlada.

Los acuerdos anunciados tienen carácter limitado y profundamente reversible. Boeing, agricultura, energía, cooperación comercial, eventuales conversaciones sobre inteligencia artificial y tierras raras. Pero las cuestiones decisivas siguen intactas. Taiwán sigue siendo el principal detonador potencial del siglo XXI. La guerra tecnológica sigue abierta. Los semiconductores son el equivalente contemporáneo del petróleo estratégico. Y la batalla por el control de los estándares de inteligencia artificial acaba de empezar.

 

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