Donald Trump, con sus constantes salidas de tono y meadas fuera de test, dificulta que vayamos al fondo de su política. En el centro de su proyecto está el MAGA (“Hagamos Estados Unidos grande otra vez”), un lema ciertamente patriótico que tiene una vertiente interna y otra externa.
La primera consiste en una rectificación profunda de los valores que deben predominar en la sociedad norteamericana y que, por su potencia económica y cultural, se extienden al resto del mundo occidental. En este sentido, el movimiento MAGA propone superar la ideología que ha dominado Estados Unidos y Occidente durante las últimas décadas, que no es el pensamiento liberal clásico, sino una derivación de este hacia el denominado pensamiento “woke”. Este comienza como una protesta para “empoderar” a grupos históricamente marginados de la sociedad (las mujeres, las etnias desfavorecidas, los homosexuales…) y corregir comportamientos de los sectores “más privilegiados” (los hombres, los blancos, los heterosexuales…).
Pero lo que comenzó siendo una reacción que supuestamente buscaba un reequilibrio acabó derivando en una ideología hegemónica, tanto política como culturalmente, que impone relecturas de la historia, fomenta el adoctrinamiento en los medios de comunicación y en las escuelas, y genera un sentimiento de desprecio de los occidentales hacia su propia historia, tradición y valores.
El movimiento MAGA y el sector del Partido Republicano liderado por Trump consideraban que estas políticas, aplicadas durante los años de las presidencias de Obama y Biden y que la candidata Kamala Harris prometía continuar, representan no solo una amenaza para los valores de la familia, sino también para la propia democracia y la fuerza moral de la nación. Por tanto, para hacer grande América otra vez, había que poner fin a la «tiranía woke».
En esta vertiente interna y de reconfiguración ideológica, Trump sigue generando grandes adhesiones entre los suyos y también entre personas ajenas a la guerra política y cultural entre republicanos y demócratas, pero que consideran que estos últimos habían ido demasiado lejos en sus políticas woke. Así, a un patriota estadounidense le resultaba más fácil identificarse con el programa de Trump que con la propuesta de Harris de profundizar en políticas de feminismo radical, proabortistas y autoflagelación de los hombres blancos heterosexuales. Y es razonable pensar que si muchas de estas propuestas morales y culturales las hubiera defendido un líder republicano menos estrafalario, habrían obtenido aún más adhesiones.
En la vertiente exterior, el MAGA se traduce en una política de aislamiento y “realpolitik”: priorizar los intereses nacionales inmediatos por encima de las alianzas internacionales tradicionales; proteccionismo económico, con un uso intensivo de aranceles para proteger a la industria nacional; control estricto de fronteras; y una reedición de la doctrina Monroe, con una visión expansionista en Latinoamérica para limitar la influencia extranjera, sobre todo de China.
La aplicación de esta política exterior del MAGA se ha visto condicionada por la personalidad y la forma peculiar de hacer del presidente Trump. Estados Unidos podría haber llevado a cabo este nuevo enfoque de la política exterior sin tantas extravagancias ni la necesidad de enemistad con buena parte de sus aliados. El talante de Trump ha hecho también que se alejase de la línea aislacionista del MAGA. Así ha sido, claramente, en el caso de Irán, donde ha actuado sin acuerdo ni coordinación previa con los aliados occidentales y con Netanyahu como guía y único compañero de viaje.
Antes de las vicisitudes propias de Trump y del trumpismo, en 1984 Alasdair MacIntyre, en el artículo “¿Es el patriotismo una virtud?”, hacía algunas reflexiones que ahora vienen al caso. El gran autor de la filosofía moral contemporánea se preguntaba si era compatible una actuación moral guiada por el patriotismo —que exige a la persona una devoción especial hacia su nación— con la moralidad impersonal y universal de origen kantiano, propia de la tradición liberal, que obliga a abstraerse de toda afección y particularismo en el juicio moral.
MacIntyre concluye que ambos puntos de vista no deben estar necesariamente en conflicto, siempre que el patriotismo y las demás lealtades particulares no excedan los límites impuestos por la moralidad impersonal. Por tanto, una política “patriótica” que pretenda hacer prevalecer los intereses propios o su hegemonía vulnerando el orden internacional y la soberanía de las demás naciones no es moralmente admisible.
Por último, Trump ha encontrado en León XIV su gran adversario moral. El Papa ha denunciado la inmoralidad de la guerra preventiva, la muerte de civiles inocentes y la amenaza de destrucción de toda una nación. La moraleja del programa MAGA en su vertiente exterior podía generar algunas dudas; lo que ha terminado haciendo Trump es directamente inadmisible.
Twitter:@ros_arpa
Artículo publicado en el Diari de Girona el 9 de mayo de 2026






