La presentación del Informe Autogovern 2025 del Institut d’Estudis de l’Autogovern (IEA), un centro de investigación vinculado a la Generalitat, ha proporcionado a Salvador Illa una nueva oportunidad para reiterar ante los medios su conocido discurso sobre la prosperidad de Cataluña.
Ciertamente, los datos permiten hablar de crecimiento. El PIB catalán aumentó un 2,7 % en 2025 y Cataluña se mantiene como la cuarta comunidad autónoma en PIB per cápita, con 39.199 euros. Hace tiempo que abandonamos el podio de las tres primeras, pero conservamos tenazmente la cuarta posición.
Entre las fortalezas destaca la capacidad exportadora: Cataluña representa el 26 % de las exportaciones españolas de mercancías, muy por encima de su peso en el PIB estatal, situado en torno al 20 %.
Todo ello permite a Illa hablar de prosperidad. Sin embargo, el mismo informe constata una realidad: el crecimiento económico no se traduce en un nivel equivalente de bienestar para la población. El presidente se ve obligado, por tanto, a reclamar que esta prosperidad sea más compartida. Pero aquí radica precisamente la contradicción: una prosperidad que no llega suficientemente al conjunto de la población no es todavía la prosperidad del país, sino el crecimiento de su economía. Y son dos cosas muy diferentes.
Es la misma contradicción que caracteriza a la España de Sánchez. El PIB crece, en buena medida, gracias a la incorporación de nueva mano de obra, alimentada por la inmigración, mientras que las mejoras de productividad siguen siendo insuficientes para producir un avance sostenido del nivel de vida. El pastel aumenta de tamaño, pero también crece el número de comensales, de modo que la porción que corresponde a cada uno progresa mucho menos de lo que sugieren las grandes cifras económicas.
Los datos catalanes lo ilustran perfectamente: mientras el PIB total aumentaba un 2,7 % en 2025, el PIB real por habitante solo lo hacía un 1,6 %. Y todavía cabría preguntarse hasta qué punto esta mejora media se traduce en renta disponible, vivienda asequible y servicios públicos de calidad. El crecimiento demográfico puede impulsar la economía, pero también multiplica las necesidades colectivas. Sin inversiones y una productividad suficientes, el resultado es una prosperidad estadística que cuesta reconocer en la vida cotidiana.
Pero existe otra realidad, aún más preocupante, que aparece cuando abandonamos la perspectiva a corto plazo y contemplamos la larga trayectoria económica catalana.
El gráfico adjunto, que representa la evolución del PIB per cápita de Cataluña en relación con el conjunto de España, con España igual a 100, dibuja una trayectoria que recuerda a una parábola invertida: una larga etapa de ascenso, un máximo histórico y una posterior pérdida de posición relativa.
Esta curva no constituye una predicción matemática del futuro, pero sí una advertencia sobre la trayectoria que seguimos. Si no modificamos los factores estructurales que explican esta decadencia relativa, podemos acabar teniendo una economía cada vez mayor, pero un país comparativamente menos próspero.
Esta es la cuestión decisiva que el discurso triunfalista del crecimiento prefiere relegar a un segundo plano: no cuánto crece Cataluña, sino hacia dónde va y qué queda de ese crecimiento para los catalanes.
Una buena valoración del presente desde la perspectiva de orientar el futuro es imposible sin recurrir a una mirada amplia, a esa visión de conjunto que nos proporciona el largo plazo.
Y una medida aproximada, pero real, de la situación nos la ofrece el PIB per cápita de Cataluña a lo largo de los últimos 200 años, ampliando la mirada hasta antes del inicio de nuestra revolución industrial.
Disponemos de un instrumento para llevar a cabo este análisis. Se trata del estudio «Evolución de la estructura económica regional de España en la historia: una aproximación», publicado en Situación, n.º 1, 1986, pp. 5-61, de Roberto Álvarez Llano, quien reconstruyó la distribución regional del PIB español desde comienzos del siglo XIX.
Esta serie fue recogida posteriormente por Albert Carreras, Leandro Prados de la Escosura y Joan R. Rosés en el capítulo «Renta y riqueza» de la gran obra Estadísticas históricas de España. Siglos XIX-XX, coordinada por Albert Carreras y Xavier Tafunell. Fundación BBVA
La observación original de Álvarez Llano corresponde a 1802, aunque en algunas tablas posteriores aparece simplificada como 1800.

Esta serie dibuja una historia muy clara: Cataluña pasa de situarse prácticamente en la media española a comienzos del siglo XIX a alcanzar una posición entre un 50 % y un 60 % superior durante la primera mitad del siglo XX. Después se inicia una prolongada convergencia y, hoy, la ventaja es de aproximadamente un 14-15 %. Estamos más cerca de los discretos orígenes que de nuestro máximo histórico.
Las cifras describen una parábola bien definida y, si proyectamos su comportamiento hacia el futuro inmediato, el resultado puede sorprender desagradablemente. Esta proyección no implica fatalismo, pero sí constituye una advertencia.
Lo que nos indica la curva es que, en la próxima década, podemos perder toda nuestra ventaja y alcanzar un nivel equivalente a la media española. Si la tendencia continúa sin cambios, nos empobreceríamos en términos relativos hasta situarnos por debajo del PIB per cápita español y llegaríamos, en 2050, a una situación equivalente a la que presenta Murcia en la actualidad: alrededor del 82 % del PIB per cápita de España.
Sería bueno para el presente y el futuro del país que Illa, en lugar de seguir vendiéndonos la milonga de la propaganda de manual y de mala copia de la «prosperidad compartida», anunciada el 2 de abril de 2013 por el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, nos explicara cómo piensa afrontar esta situación.
En aquel momento, el Banco Mundial fijó dos objetivos: acabar con la pobreza extrema en 2030 y promover la prosperidad compartida. Illa —y sus gurús— se ha quedado solo con el segundo concepto, que resulta más esperanzador. Quizá haya llegado la hora de rectificar y de que el presidente de la Generalitat tome nota y nos explique cómo piensa invertir la amenazadora parábola catalana.
Si se mantuviera la tendencia histórica, Cataluña podría perder su ventaja en PIB per cápita respecto a España durante la próxima década. No es un destino inevitable, sino una advertencia que exige una respuesta. #Cataluña Compartir en X





