Hay una manera muy eficaz de esconder un problema: diluirlo en un alud de datos. Cuando esto ocurre, las cifras dejan de explicar una realidad para convertirse en una sucesión de porcentajes que pocos acaban leyendo. Pero, bien interpretadas, también pueden contar una historia. Y la que dibuja el Índice Socioeconómico Territorial (IST) del Idescat sobre las comarcas gironines es bastante menos tranquilizadora de lo que suele sugerir el imaginario colectivo.
Es necesario empezar con una precisión. El IST no es un índice de bienestar ni de calidad de vida. No mide la felicidad ni la cohesión social. Hace un resumen de seis variables: el empleo, la renta, el nivel educativo, el peso del trabajo de baja calificación, el abandono escolar y la presencia de población extranjera procedente de países de renta baja o media. En definitiva, describe la posición socioeconómica relativa de un territorio.
No nos dice qué municipios son los mejores para vivir, pero sí cuáles acumulan más fortalezas –o más debilidades– desde el punto de vista económico y social.
La escala establece cuatro grandes niveles de clasificación por secciones censales.
El más bajo corresponde a los índices comprendidos entre 35,3 y 89,8; después vienen dos niveles intermedios, hasta los 110,6 puntos, y finalmente el grupo con la mejor situación, que llega hasta los 133,9. El análisis se realiza por secciones censales, una unidad mucho más precisa que el municipio y que permite detectar contrastes muy marcados dentro de una misma ciudad.
Y es ahí donde aparecen las sorpresas.
Girona sigue proyectando la imagen de un territorio próspero, equilibrado y articulado en torno a una red de ciudades medias dinámicas. Salt es, para muchos, la excepción conocida. Pero cuando se observan los datos con detalle, esta fotografía empieza a resquebrajarse.
El caso más evidente es Figueres.
Tres de sus grandes áreas —sur, norte y centro— se encuentran entre las peores clasificaciones socioeconómicas de Catalunya. Las zonas Este y Centro registran índices en torno a los 65 puntos, muy lejos de la media catalana y plenamente situadas dentro del grupo inferior del IST.
Más significativa aún es su evolución. En 2015, estas mismas zonas se situaban en torno a los 87 puntos. En tan solo una década han perdido más de veinte puntos, un deterioro extraordinario.
Es difícil no relacionar esta evolución con dos procesos que han avanzado de forma paralela: la sustitución de una parte importante de la población autóctona por inmigración de baja renta y la degradación urbana de varios barrios.
El segundo gran caso es Lloret de Mar.
Sus zonas central y norte presentan hoy un índice de 71,9, cuando en 2015 alcanzaban los 94 puntos. Han pasado de situarse fuera del grupo más desfavorecido a formar parte de él de forma clara.
En este caso, el factor diferencial parece ser el modelo económico basado en un turismo muy intensivo, con una elevada concentración de puestos de trabajo de baja calificación y una estructura social cada vez más vulnerable.
Resulta revelador comparar estos datos con Salt, a menudo convertida en el símbolo de todas las dificultades sociales. Su índice es de 79,5, ligeramente mejor que el de varios sectores de Figueres y Lloret de Mar. También hay regresión —venía de un 85 en el 2015—, pero es menos intensa.
La conclusión es preocupante porque va mucho más allá de estos tres municipios.
La mayoría de las secciones censales que ya se encontraban dentro del grupo socioeconómico más débil han continuado empeorando en la última década. Dicho de otro modo: lo que funcionaba mal hoy funciona aún peor.
Olot también envía una señal de alarma. El centro de la ciudad pasa de un índice de 77 en 2015 a tan solo 64 en la actualidad.
La degradación tampoco es ajena a numerosos municipios emblemáticos de la Costa Brava.
Torroella de Montgrí baja de 92 a 87.
Castelló d’Empúries, de 78 a 74.
L’Escala se mantiene prácticamente estancada, con 85 puntos.
Platja d’Aro retrocede de 91 a 87,6.
Blanes Sur pasa de 88 a 85.
Solo Palafrugell Oest presenta una ligera mejora, al pasar de 73 a 78,8.
En el interior también existen regresiones significativas. Arbúcies-Sant Hilari baja de 88 a 83, mientras que Ripoll, que hace solo diez años se situaba muy cerca de la media catalana con 94 puntos, retrocede hasta los 88,6.
Cuando el análisis deja de realizarse por secciones censales y pasa al conjunto de los municipios, los valores absolutos cambian, pero la tendencia se mantiene prácticamente intacta.
Y aquí aparece un dato especialmente significativo: casi todos los municipios costeros de la Costa Brava acaban situándose dentro del grupo inferior del IST.
No parece una coincidencia.
El modelo económico basado en el turismo masivo genera mucha actividad, pero también bajos salarios, ocupación estacional, dificultades de acceso a la vivienda y una fuerte demanda de mano de obra poco calificada. Cuando este modelo coincide con una inmigración muy intensa y con una insuficiente capacidad de integración social, el resultado puede ser una degradación progresiva de los indicadores socioeconómicos.
El IST no explica toda esa realidad, pero sí que la hace visible.
Por eso sería un error utilizarlo como si fuera un índice global de bienestar. El bienestar depende también de la familia, de la natalidad, de la cohesión comunitaria, de la estabilidad social o del capital relacional, variables que este índice no incorpora.
Pero sería un error aún mayor ignorar lo que sí nos está diciendo.
Porque detrás de estas cifras hay una constatación: una parte significativa de las comarcas gironines está experimentando un deterioro socioeconómico sostenido que afecta especialmente a los municipios turísticos y aquellos donde la transformación demográfica ha sido más intensa.
No se trata solo de que algunos territorios sean más pobres.
Lo preocupante es que muchos de ellos cada vez lo son más.
Figueres ha perdido más de 20 puntos en el Índice Socioeconómico Territorial en tan solo una década. Lloret de Mar también retrocede. Y el fenómeno se extiende a buena parte de la Costa Brava. ¿Qué está pasando en las comarcas… Compartir en X





