Catalunya puede seguir creciendo y, al mismo tiempo, perder posiciones. Este es el riesgo que hay que tomar en serio ante el estudio del Banco de España sobre convergencia regional. La dimensión de la economía catalana es aún importante. Pero el futuro del bienestar depende de la riqueza generada por habitante y de la capacidad de sostenerla.
Publicado el 9 de septiembre, el trabajo agrupa a 98 regiones de España, Alemania, Francia e Italia en seis clubes según las trayectorias del PIB per cápita entre 1998 y 2025. Ninguna comunidad española entra en los dos primeros. Madrid, País Vasco y Aragón figuran en el tercero; Cataluña, en el cuarto. Un club identifica a un patrón a largo plazo, no a una clasificación de la renta actual.
Catalunya comparte grupo con Navarra, Galicia, La Rioja, Castilla y León, Extremadura y Baleares. Asturias, Cantabria, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana y Murcia integran el quinto; Andalucía y Canarias, el sexto. La posición catalana es intermedia. Estar por delante de los territorios más atrasados ofrece poco consuelo en un país que aspira a competir con las regiones europeas de referencia.
La lectura de la trayectoria catalana es una erosión de la ventaja relativa. Esto obliga a separar dos preguntas: cuánto crece la economía y qué distancia mantiene respecto a las demás. Puede producirse más que antes y quedarse atrás si los competidores avanzan mejor. Juzgar al país solo por los incrementos anuales del PIB permite celebrar resultados sin ver el deterioro comparativo.
El cuadro 5 aporta tres datos decisivos, referidos al período 2000-2023 y comparados con la mediana de su club europeo: Catalunya presenta un PIB per cápita un 1,9% superior, un capital físico por habitante un 16,4% inferior y una proporción de población con estudios secundarios o superiores 6,2 puntos porcentuales menor. Son referencias históricas comparativas, una fotografía de septiembre de 2026.
De ahí emerge un primer diagnóstico: Catalunya mantiene renta con una base de recursos que necesita reforzar. La brecha de capital señala la conveniencia de examinar cómo se acumulan y renuevan los equipamientos, las instalaciones y las infraestructuras en relación con la población.
La debilidad educativa tiene un alcance igualmente concreto. El indicador mide la extensión de la formación entre la población; no evalúa la calidad de las universidades ni los resultados escolares actuales. El reto que plantea es ampliar la base de personas capaces de incorporar conocimiento en el trabajo. Una economía con empresas excelentes puede perder impulso si demasiados trabajadores quedan lejos de las oportunidades que estas crean.
Esta es la cuestión que explica, como diagnóstico propio, por qué Catalunya no figura entre las líderes españolas del trabajo: la dotación de recursos y su transformación en renta no sostienen una trayectoria superior. Una buena empresa necesita de proveedores competentes, profesionales preparados e inversiones complementarias. Cuando estas condiciones fallan, la excelencia queda concentrada y su efecto sobre la prosperidad general se debilita.
Aragón ayuda a entender el problema sin convertirlo en una caricatura. Su capital físico por habitante supera en un 12,6% a la mediana del tercer club. Catalunya queda por debajo de la del cuarto. Las bases de comparación son distintas: estos porcentajes no miden directamente la distancia entre ambas economías. Sin embargo, orientan una pregunta pertinente: ¿Estamos equipando suficientemente el país para sostener la renta futura?
La comparación con Navarra introduce otro matiz útil: comparte club con Catalunya pese a disponer de un capital físico por habitante un 23,4% superior a la mediana del grupo. Esto desaconseja cualquier receta mecánica. Aumentar los recursos es necesario cuando escasean; para que den resultado, también deben llegar a los usos adecuados y combinarse con cualificación profesional y capacidad empresarial.
Catalunya tiene puntos fuertes. Mantiene una renta ligeramente superior a la mediana de su grupo a pesar de las carencias señaladas. Esto sugiere capacidades que conviene preservar, aunque no demuestra, por sí solo, una mayor eficiencia. La base industrial, las empresas, las universidades y las redes comerciales son activos sobre los que actuar. Su presencia permite plantear una renovación con recursos disponibles.
Las debilidades pesan porque afectan a la reproducción de estos mismos activos. Una instalación sin renovación pierde utilidad; una formación insuficiente limita las ocupaciones posibles; una innovación que no llega a las empresas deja poco rastro en los salarios. El criterio para juzgar las políticas debería ser exigente: cuánto aumenta la capacidad de producir valor por persona y hasta qué punto esta mejora se extiende.
Si no se corrigen estas carencias, el escenario razonable es la persistencia de una trayectoria intermedia, con dificultades para recuperar distancia respecto a los grupos más avanzados. El PIB total podría aumentar mientras la mejora por habitante resulta insuficiente. Esto reduciría el margen para ofrecer salarios atractivos, retener a profesionales y sostener servicios públicos ambiciosos. Es una inferencia condicionada, no una previsión cuantitativa publicada por los autores.
Tampoco el informe anuncia que Aragón superará a Catalunya en el 2050. No contiene esta proyección ni fija un calendario de adelantos. La diferencia de clubs justifica examinar el riesgo de perder posiciones; no autoriza a poner una fecha. La crítica gana fuerza cuando prescinde de pronósticos que los datos no sostienen.
Si todo sigue igual, mi diagnóstico es que las debilidades tienen mayores probabilidades de condicionar la trayectoria, porque limitan la renovación de los puntos fuertes. Estos pueden sostener actividad durante años, pero necesitan inversión y personas preparadas para conservar valor. Esta valoración no es un resultado adicional del modelo.
Cataluña dispone de capacidad para reaccionar. Debería convertirla en objetivos verificables de inversión, formación y mejora productiva, con continuidad más allá de una legislatura. El coste de no hacerlo sería acostumbrarse a una prosperidad inferior a la que podría alcanzar el país. Y acabar presentando esa renuncia como una normalidad.
Catalunya puede crecer y perder posiciones a la vez. La prueba decisiva es la prosperidad por habitante. ¿Qué nos dice el estudio del Banco de España? #Catalunya #Economía Compartir en X





