Barcelona no descansa: el calor nocturno se ha convertido en un problema de salud pública que Collboni no afronta

Hay veranos en los que uno deja de hablar del tiempo para empezar a hablar del cuerpo. El termómetro marca 32 o 33 grados durante el día. Por último, el sol cae sobre el Mediterráneo y la ciudad espera el alivio de la noche. Pero ese alivio no llega. Son las dos de la madrugada y el aire sigue enganchado a la piel. La temperatura apenas ha descendido de los 26 grados; la humedad supera el 60% y el dormitorio conserva el calor acumulado durante toda la jornada.

No es una noche excepcional. Hace muchos días seguidos que vivimos en estas condiciones o muy parecidas, y lo que tiene que venir no es mejor. Todo ello comporta un riesgo creciente para la salud que ni Collboni ni el Gobierno de Illa parecen tan solo plantearse.

El problema ya no es el calor diurno. El verdadero problema es que Barcelona ha dejado de enfriarse.

Durante siglos, el verano mediterráneo funcionaba con un sencillo equilibrio. Los días podían ser calurosos, pero la noche permitía al organismo recuperarse. Hoy ese mecanismo fisiológico está fallando. Las llamadas noches tropicales —con temperaturas mínimas superiores a los 20 grados— son ya habituales. Las noches ecuatoriales –por encima de los 25 grados– comienzan a repetirse con frecuencia. Y algunas noches incluso se acercan al umbral de las llamadas noches tórridas (30 °C o más). Pero no es solo la temperatura nocturna: pesa también la humedad característica de Barcelona.

No se trata solo de una curiosidad meteorológica. Es un fenómeno sanitario.

El organismo humano elimina buena parte del calor mediante la evaporación del sudor. Cuando la humedad es elevada, este mecanismo pierde eficacia. El cuerpo sigue sudando, pierde agua y sales minerales, pero apenas consigue enfriarse. Dos días con la misma temperatura pueden producir efectos completamente distintos según la humedad ambiental. Así, unos aparentemente moderados 32 grados pueden convertirse fisiológicamente en una sensación superior a 40.

Lo verdaderamente preocupante no es un día extremo. Es la acumulación.

Cada noche cálida impide que disminuyan la temperatura corporal y la frecuencia cardíaca y que el sueño llegue a sus fases profundas. La recuperación queda incompleta. Al cabo de varios días aparece la fatiga, disminuye la concentración, aumenta la irritabilidad y comienzan a manifestarse descompensaciones cardiovasculares, renales y respiratorias. El calor deja entonces de ser una molestia por convertirse en un factor de riesgo.

Barcelona reúne a casi todos los elementos que favorecen este proceso. El mar limita el enfriamiento nocturno. El asfalto, el hormigón y los edificios acumulan calor durante el día y lo liberan lentamente durante la noche. La llamada isla de calor urbano añade varios grados en determinadas zonas de la ciudad. Pocas grandes capitales europeas presentan durante semanas una combinación tan persistente de máximas superiores a los 32 grados, mínimas entre 24 y 27 y humedades cercanas o superiores al 60%.

Y, sin embargo, seguimos hablando del calor como si fuera únicamente una cuestión de comodidad. Es ya una emergencia sanitaria que no se está abordando. ¡Es una epidemia!

Este es el verdadero fracaso institucional. Se sigue tratando como una incidencia meteorológica lo que ya presenta todas las características de un problema estructural de salud pública. Se informa de la temperatura máxima, pero apenas se explica la importancia de la mínima nocturna. Se recomienda beber agua, pero raramente se identifica a quien corre realmente más peligro. Se anuncian refugios climáticos, algunos mal señalizados y otros evidentes, que cierran los festivos y, en su mayoría, durante la noche. Además, lo peor es que no existe una política integrada que coordine sanidad, servicios sociales, urbanismo y protección civil.

Una administración moderna no espera que aumenten los ingresos hospitalarios para actuar. Se anticipa al riesgo.

La primera medida debería ser un auténtico sistema sanitario de alerta por calor.

No bastaría con comunicar que se alcanzarán 33 grados. Habría que informar simultáneamente de la temperatura mínima prevista, de la humedad, de la temperatura aparente, de la duración del episodio y del nivel de riesgo sanitario asociado. Tres noches consecutivas con mínimas superiores a los 24 grados deberían activar automáticamente protocolos específicos. Esto significa que en Barcelona hace muchos días que estos protocolos deberían haberse activado.

La segunda prioridad consiste en identificar con precisión a la población vulnerable.

La Administración dispone de información suficiente para saber dónde viven las personas mayores que viven solas, las personas dependientes, los pacientes con enfermedades cardiovasculares, respiratorias o renales y los barrios en los que la isla de calor es más intensa. Esta información debe transformarse en acción: llamadas preventivas, seguimiento domiciliario y coordinación con la atención primaria.

Los refugios climáticos representan otra pieza esencial, pero solo si funcionan cuando realmente se necesita.

No tiene sentido que permanezcan cerrados precisamente durante parte del verano o los fines de semana. Tienen que abrir cada día que dure una alerta, ampliar los horarios hasta la noche y garantizar agua, descanso y climatización a cualquier ciudadano que lo necesite.

El sistema sanitario tampoco puede improvisar.

Las oleadas de calor incrementan las deshidrataciones, los síncopes, las arritmias, las insuficiencias renales y las descompensaciones de enfermedades crónicas. Los centros de atención primaria, los servicios de urgencias hospitalarias y las farmacias deberían activar protocolos específicos antes de que aparezca el aumento de casos.

Especial atención merecen las residencias de personas mayoreslas guarderías, los centros de día y las personas sin hogar. En estos colectivos el calor mata con mayor facilidad porque reduce la capacidad de adaptación o porque, simplemente, no hay lugar donde protegerse durante la noche.

Pero las políticas verdaderamente eficaces comienzan mucho antes del verano. Empiezan con el urbanismo.

Cada árbol que proporciona sombra reduce la temperatura. Cada cubierta vegetal disminuye la acumulación de calor. Cada pavimento permeable sustituye a una superficie que antes irradiaba energía durante la noche. Toldos, pasillos verdes, fuentes públicas, rehabilitación térmica de edificios y aislamiento de las viviendas no constituyen medidas estéticas; forman parte de la infraestructura sanitaria de una ciudad que deberá convivir con veranos cada vez más exigentes. Continuar haciendo plazas y calles peatonales asfaltadas con plantaciones esquifidas es actuar contra la salud de las personas.

Asimismo, es imprescindible facilitar la adaptación de las viviendas.

Muchas personas mayores no disponen de suficiente aislamiento ni pueden asumir el coste de climatizar su domicilio durante semanas. Ayudar a mejorar la eficiencia térmica de los hogares vulnerables probablemente evitaría mayores ingresos hospitalarios que muchas actuaciones sanitarias posteriores. Esto, junto con la generalización de medidas pasivas adecuadas —persianas, cortinas, toldos, balcones ajardinados, ventiladores y la recuperación del aprendizaje, hoy casi perdido, de mantener la casa lo más fresca posible durante el día—, debería formar parte de la nueva política pública.

¿De qué sirve una teórica descentralización municipal por distritos y su subdivisión en barrios si no es para facilitar políticas de este tipo?

Por último, toda política pública necesita una evaluación.

Cada verano debería publicarse el exceso de mortalidad asociado al calor, los ingresos hospitalarios, las actuaciones de los servicios sociales, la utilización de los refugios climáticos y su evolución por barrios. Lo que no se mide, no se gobierna.

Barcelona dispone de experiencia, conocimiento científico y capacidad administrativa para afrontar ese desafío. Lo que no parece haber asumido aún es que el calor ha dejado de ser un fenómeno estacional para convertirse en un nuevo determinante de la salud colectiva.

Las ciudades del siglo XX aprendieron que el alcantarillado y el agua potable eran infraestructuras sanitarias. Las del siglo XXI tendrán que comprender que también lo son la sombra, el enfriamiento nocturno, la rehabilitación térmica y una política integral contra el calor. Y, sobre todo, debe aprenderlo Barcelona.

Porque una ciudad que ya no permite a sus habitantes descansar durante la noche no tiene únicamente un problema climático. Tiene sobre todo un grave problema de salud pública.

Barcelona tiene un problema que no se resuelve con un paraguas de sol: las noches son cada vez más cálidas y el cuerpo no se recupera. Sin una política integral contra el calor, la salud de los ciudadanos seguirá en riesgo. #Barcelona Compartir en X

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