Tras la crisis actual, el nuevo humanismo está llamado a ejercer un verdadero papel de guía. Es un humanismo de Encarnación que no disocia lo material de lo espiritual, lo corporal de lo mental, lo antropológico de lo ecológico. Asistimos, y en los próximos años asistiremos cada vez más, a una nueva toma de conciencia integradora de una nueva aproximación a Dios en nuestra vida.

Iniciamos la etapa de un nuevo humanismo que de nuevo será teocéntrico, tras la clausura de uno antropocéntrico. El humanismo es válido por humanismo, no por antropocéntrico. Por eso, hoy nuestra cultura está llamada a restañar la herida de la disociación entre naturaleza, historia y Dios, abierta hace medio milenio.

Tras el renacimiento del siglo XVI, la persona se fue aislando progresivamente de Dios. Dios era un extraño en casa y el hombre y la mujer se fueron sintiendo extraños en la tierra, nuestra casa, y al final, entre ellos.

Dios regresa hoy a casa, de donde nunca se fue. Dios no regresa como revancha, ni como garante supremo de la grandeza y el poder supremo humanos. La felicidad que soñamos, el progreso que se nos prometió, el dominio de la naturaleza de la que estábamos llegando a convertirnos en amos y señores, se ha roto. Simplemente, se ha acabado. Estábamos cada día más solos. Ahora estamos ante un mundo devastado, un juguete que se nos ha roto. La civilización sólo puede sostenerse a partir de un humanismo teocéntrico. Ésa es nuestra tarea como generación, no una tarea para hoy sólo, ni para mañana, sino para todo el siglo, también por ello para las generaciones que están naciendo a la vida. Hemos de aprender, o reaprender, a fundar nuestra dignidad humana, y el sentido de nuestras vidas rehabilitadas, en un verdadero fundamento. Sólo lo lograremos si no seguimos escindidos, separados de Dios, entre nosotros, de la tierra.

Todo esto implica una verdadera revolución espiritual. Pero ésta no ocurrirá como un retorno a las viejas concepciones, ni a una cristiandad sagrada medieval en cuyo centro estaba Dios, sino gracias a una nueva aproximación secular a Dios desde una honda comprehensión y un profundo respeto de la criatura.

En resumen, nuestra rebelión implica recuperar la condición icónica de la creaturidad. Seremos felices criaturas de un mundo creado. No seremos críticos de la razón, la ciencia o la tecnología, lo que seremos será humildemente críticos de sus límites y reacios a su absolutización. Nos ayudará una sabiduría integral, que reúna hemisferios femeninos y masculinos, cuerpo y espíritu, razón y emoción, intelecto y afecto profundo. Esta sabiduría no va a militar contra la razón crítica filosófica, sino contra el puro irracionalismo y contra el nihilismo desesperanzado.

La rebeldía implica una afirmación, aunque sea desde la palabra «no» pronunciada como acto de esperanza y de rebeldía al mismo tiempo. Muchos creemos que la realidad no es sencillamente comprensible si no asumimos su fundamento en una realidad trans-ascendente. Esta afirmación no está hecha contra la naturaleza, sino contra la destrucción y el expolio de la naturaleza. Esta afirmación no es contra lo humano, obviamente, sino contra su absolutización que lo ciega y lo reduce.

Está emergiendo una nueva ética del cuidado integral, no sólo de las personas en general, sino de los más vulnerables, los que tienen otras capacidades y los enfermos, los más ancianos y los más débiles, todos los descartados.

Hoy la cuestión es no sólo qué es la naturaleza o cuál es la esencia humana, sino cuáles son sus condiciones existenciales. Y por ello la rebeldía del siglo actual será espiritual o no será, podemos mirar a Dios con confianza y mirar a los otros como hermanos y hermanas con los que podemos caminar en caridad, justicia y fraternidad.

No seremos críticos de la razón, la ciencia o la tecnología, lo que seremos será humildemente críticos de sus límites y reacios a su absolutización Clic para tuitear
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