Hay políticos que gobiernan, y algunos, cuando gobernar se les complica, organizan congresos. Es una vieja técnica de supervivencia. Cuando la realidad doméstica huele a tubería reventada, siempre queda el perfume de la geopolítica moral, mucho más agradable, especialmente si se sirve en un hotel de Barcelona, con acreditaciones brillantes, traducción simultánea y esa fauna de fundaciones, asesores y periodistas internacionales que convierten cualquier reunión en un sucedáneo de trascendencia.
Pedro Sánchez ha decidido que, ante el creciente malestar de un gobierno que parece navegar entre la incompetencia funcional y una corrupción de perímetro aún desconocido, la mejor respuesta no es resolver el pequeño desastre cotidiano, sino elevarse. Hacerse vertical. Despegar por encima de la política española y proyectarse como figura providencial de una nueva internacional sentimental de la progresía global.
La imagen, como casi siempre con Sánchez, pasará por delante de la sustancia.
Barcelona será, el día 18, el escenario de este encumbramiento. El decorado, ciertamente, está bien elegido: una ciudad que conserva aún el prestigio exterior suficiente para servir de capital simbólica de cualquier causa abstracta. La puesta en escena, desde el punto de vista visual, será impecable: banderas, sonrisas estudiadas, frases solemnes sobre democracia, ultraderecha y paz mundial. La imagen, como casi siempre con Sánchez, pasará por delante de la sustancia.
El problema es el peso real de los invitados.
Habrá Luiz Inácio Lula da Silva, que hoy ejerce de patriarca benevolente de esta liturgia. También estará Gustavo Petro, en horas bajas y con ese aire de final de etapa que adoptan algunos mandatos cuando el relato ya no aguanta ni a sus propios fieles. Y comparecerá la novedad de mayor grosor: Claudia Sheinbaum, que sí aporta una dimensión continental y una musculatura política muy superior al resto del cartel.
De Europa y Estados Unidos, sin embargo, la cosa es más bien escasa. Alguna figura institucional, algún nombre de Bruselas, mucha vicepresidencia y poco poder real. Todo ello recuerda aquellas reuniones de intelectuales que se presentaban como refundaciones del mundo y acababan sirviendo sobre todo para justificar el viaje y la fotografía.
Mamdani es relevante no tanto por lo que es, sino por lo que representa: la mutación de la política en campaña permanente.
Por eso resulta especialmente interesante la presencia, casi como símbolo generacional, de Zohran Mamdani, el alcalde revelación de Nueva York, convertido en tiempo récord en nuevo icono de la izquierda urbana global. Mamdani es relevante no tanto por lo que es, sino por lo que representa: la mutación de la política en campaña permanente.
Sus primeros cien días son reveladores. La retórica había estado exuberante: congelación de alquileres, autobuses gratuitos, guardería universal. Pero, a la hora de los hechos, la realidad se ha mostrado terca, como suele suceder. Los alquileres siguen sin congelarse, los autobuses no son gratuitos y la universalización del cuidado infantil ha quedado reducida a unas 2.000 nuevas plazas, muy pocas para los millones de habitantes de la ciudad.
Es decir: mucho mitin, poca palanca.
Esto no significa que no haya avances. Hay algunos, e incluso respetables: más plazas hospitalarias, un programa piloto de guardería para hijos de trabajadores municipales, más financiación estatal. Pero la desproporción entre la grandeza de la promesa y la modestia del resultado es tan visible que la única forma de sostener el mito es hacer exactamente lo que Mamdani hará en su día cien: convocar un gran acto de masas.
Aquí es donde el espejo con Sánchez se convierte en casi perfecto.
Cuando la política efectiva no acompaña, se organiza una escenografía. Cuando las estructuras del Estado hacen aguas, se convoca la defensa de la democracia mundial. Cuando el ciudadano se queja de trenes, vivienda, impuestos o degradación institucional, se le ofrece una foto coral con Lula, Petro y Sheinbaum.
Es una política de compensación simbólica.
los gobiernos en decadencia suelen tomar una curiosa inclinación por las causas universales
Josep Pla habría observado, con esa ironía seca que solo él sabía administrar, que los gobiernos en decadencia suelen tomar una curiosa inclinación por las causas universales. Cuanto menos resuelven el alcantarillado, más hablan de civilización. Cuanto peor funciona la administración, más invocaciones hacen a la historia. Es una ley no escrita del poder: la ineficacia doméstica genera grandilocuencia exterior. Cuantas más fechorías se cometen, más se refugian en declaraciones sobre el derecho internacional —que, según Sánchez, tiene ahora como máximo adalid al gran dirigente chino.
Y, sin embargo, existe una lección más profunda en todo esto.
La progresía global contemporánea parece haber aprendido a gobernar sobre todo el relato de sí misma. Su fuerte no es transformar la realidad, sino administrar la percepción moral de la realidad. El caso Mamdani lo ilustra a pequeña escala: la ciudad no cambia tanto como la narrativa sobre la ciudad. El caso Sánchez lo proyecta a nivel internacional: España no resuelve necesariamente sus problemas, pero el presidente se presenta como faro de un movimiento mundial.
La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse esa arquitectura de humo.
Porque llega un momento en que la fotografía deja de tapar a la gotera. Y, cuando esto ocurre, toda la escenografía —tan cuidada, tan estudiada, tan impecablemente progresista— se revela por lo que era: una forma sofisticada de huir hacia arriba.
Barcelona, durante dos días, será la capital de esta huida elegante.
Cuando la realidad doméstica huele a tubería reventada, siempre queda el perfume de la geopolítica moral en un hotel de Barcelona. #Sánchez #Barcelona Compartir en X






