Hay días en los que las portadas se alinean como los planetas. Hoy es uno de ellos. Arriba, joyas brillantes sobre fieltro azul; debajo, una encíclica que exhorta a levantar la cabeza. El ojo del lector oscila entre el escándalo y la doctrina, entre el oro terrenal y un llamamiento al orden moral. El contraste es tan limpio que parece un storyboard: primer plano de gemas; corte seco hacia Roma.
Según publican varios medios a raíz del acceso al sumario judicial, el «caso Rodríguez Zapatero» ha dado un salto de intensidad.
El inventario —afirman— incluye una colección “impresionante” de joyas hallada en la caja fuerte del despacho. La secretaria sostiene dos explicaciones: una parte provendría de una herencia de su esposa; la otra, de regalos. ¿Regalos de este calibre cuando ya no se ocupa ningún cargo público? Y si eran anteriores, ¿por qué no constaban declarados? La ley, fría y precisa, exige trazabilidad y declaraciones fiscales. Todo ello da mala espina. Un sumario no es una condena —hay que recordarlo—, pero a menudo es suficiente para que la política note el golpe en el estómago.
Y el sumario —según las filtraciones— no se detiene en la joyería.
Apunta a un entramado con ejes de petróleo y oro que conectaría Venezuela y China, y que iría más allá del ya polémico rescate de Plus Ultra.
La sintaxis judicial es áspera: tráfico de influencias, blanqueo de capitales, comisiones millonarias, sociedades opacas y ese baile de nombres que la política preferiría borrar del guion Si los hechos se acabaran confirmando, nada habría sido posible sin una cadena de complicidades: Presidencia del Gobierno, Economía, Finanzas, comisiones interministeriales y el propio Consejo de Ministros. En política, la culpa —como el pecado— no es solo por acción; también lo es por omisión. Y aquí parece que podrían abundar ambas.
El juez dirá cuando llegue el momento. Mientras, la sentencia moral corre por su cuenta, porque ya sabemos, por experiencia, que “el lenguaje político hace que la mentira parezca verdad” (George Orwell).
¿Qué piensa, frente a las fotografías de las gemas, la gente que cobra el salario más frecuente? ¿Qué debe decir el autónomo desollado, la pyme exigida hasta el límite o la familia con hijos que estira el carro con ayudas escasas, cuando leen facturas de cientos de miles de euros en encuadernaciones, celebraciones con champán —no cava— y ostras? No hace falta ningún doctorado para entender el efecto óptico: el oro ciega los matices. Las justificaciones legales pueden llegar después; el daño político, a menudo, está ya hecho. Y es que “las leyes no bastan: son las costumbres las que salvan la libertad” (Alexis de Tocqueville).
La comparación —aunque sea injusta en los detalles— se impone en la opinión pública. Cuando se crucificó a Jordi Pujol por un legado no declarado en Andorra, se repetía que la ley es igual para todos y que la moral pública no admite zonas grises. Ahora, muchos se preguntan si un «legado» guardado en una caja fuerte digna de una reina merece la misma reacción inicial. La cuestión no es solo jurídica; es también de simetría moral, la materia prima con la que se construye —o se derrumba— la confianza ciudadana.
Sobre este barro, el presente político se enfanga con facilidad. El gobierno de Sánchez ya llegaba tocado: Ábalos, Cerdán y ahora la alargada sombra de Zapatero en el relato de la oposición. Con un fiscal general del Estado condenado por el Supremo y un Tribunal Constitucional percibido por muchos como excesivamente alineado con el Gobierno, el panorama se vuelve incómodo. Sin presupuestos y sin una sólida mayoría en el Congreso, Sánchez sobrevive gracias a una singularidad española: una moción de censura no prospera si no hay alternativa viable. Es una trinchera reglamentaria, no una absolución moral.
Y es aquí donde entra en escena la estrategia comunicativa: cuando el decorado se tambalea, se cambia la iluminación.
Foto con el Papa, banco reservado en primera fila y declaraciones sobre «estar en el lado bueno de la historia». El laicismo de salón se perfuma repentinamente con incienso de sacristía. La operación es de una eficacia notable: en veinticuatro horas, la virtud deja de ser un sermón aburrido para convertirse en atrezo institucional. Pero, como advertía Benedicto XVI, «sin verdad, la caridad se reduce a sentimentalismo». Es en ese terreno donde Sánchez parece intentar refugiarse bajo la sombra del Papa.
Sin embargo, la misma portada que vende absoluciones exprés en formato selfie ofrece también una lectura más exigente.
La encíclica Magnifica Humanitas —a menudo resumida solo en su dimensión humanitaria— apunta a una dirección que no admite atajos: “En esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, cultivando una vida común pacífica, justa y digna». El texto lo deja claro desde el inicio: “Esta actitud de diálogo forma parte de la vocación de la Iglesia, puesto que, constituida en Cristo como sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, reconoce en la historia el lugar donde el Evangelio interpela y acompaña a la experiencia humana”. Dicho en términos llanos: pluralismo, sí, pero con columna vertebral.
Entre la caja fuerte y la encíclica existe, pues, un hilo conductor evidente. Una muestra de qué pasa cuando el poder se autoconcede privilegios y favores; la otra recuerda que la vida común solo se sostiene si arraiga en virtudes que trascienden el cálculo político: justicia, veracidad, sobriedad. Josep Pla lo habría resumido con una escena mínima —la tendera que, mirando la portada, suelta: «El oro brilla; la conciencia, no tanto»—, y una revista como The Atlantic lo convertiría en tesis: la corrupción no es solo un delito; es una pedagogía negativa que enseña a toda una sociedad a desconfiar.
El juzgado determinará si existe delito, quiénes son los responsables y qué penas corresponden. Sin embargo, la política no puede permitirse esperar la sentencia para rectificar. Si quiere sostener el pluralismo sin caer en el desorden, debe recuperar la virtud como condición de posibilidad: no como sermón, sino como práctica.
Transparencia real -y no solo fotografías- sobre patrimonios y regalos; normas aplicadas igual para todos; y una humildad activa para reconocer errores antes de que lo hagan los sumarios. El resto es pirotecnia y perfume de incienso. Y el incienso, ya se sabe, dura exactamente lo que dura la fotografía.
Entre la caja fuerte y la encíclica: el oro ciega, la palabra ilumina. #Zapatero #PlusUltra #MagnificaHumanitas Compartir en X






