Hubo un tiempo, hoy ya muy lejano, en el que una parte considerable de España miraba a Catalunya con una mezcla de respeto, curiosidad y admiración. No era una admiración unánime ni exenta de recelos —eso nunca ha existido—, pero era real. Catalunya era percibida como un país dinámico, innovador, capaz de abrir caminos que otros después intentaban seguir.
Aquella percepción empezó a fraguarse en los últimos años del franquismo. Mientras el régimen se agotaba, muchas de las iniciativas culturales, sociales y políticas que surgían en Catalunya eran observadas con interés desde Madrid y desde otras muchas ciudades españolas. Era el tiempo en el que Raimon llenaba auditorios universitarios en Madrid cantando en catalán y era aclamado por miles de jóvenes. No era solo el cantante quien despertaba entusiasmo. Era lo que representaba.
Durante la Transición, esta consideración se extendió. Los políticos catalanes eran escuchados. Sus opiniones contaban. La Generalitat restaurada ejercía una influencia que iba mucho más allá de sus competencias administrativas. Catalunya aparecía como una referencia.
Lo pude comprobar personalmente. En los primeros gobiernos de Jordi Pujol, como director general de la Presidencia encargado de preparar las visitas institucionales, recorrí numerosas comunidades autónomas. Tanto en Castilla y León como en Murcia, en Canarias o en cualquier otro lugar, la recepción era similar. No se trataba solo de cortesía institucional.
Había un interés sincero por entender qué hacía Catalunya, cuál era su experiencia y qué ideas podía aportar a la construcción de las nuevas autonomías.
La Generalitat era percibida como una institución que merecía la pena escuchar.
Esa imagen, sin embargo, se ha ido erosionando con los años. Es cierto que determinados medios madrileños han contribuido a menudo a deformar la realidad catalana. Pero también es cierto que el trabajo les ha sido cada vez más fácil porque el terreno se ha ido preparando aquí mismo.
Cuando hoy muchos españoles piensan en Catalunya, ¿qué es lo que ven?
Ven, ante todo, a sus representantes más visibles. Y aquí es donde el problema adquiere una dimensión especialmente grave. Porque la imagen que llega no es la de la Catalunya creadora, emprendedora, culta y constructiva que durante décadas despertó interés y admiración.
Ven a Gabriel Rufián convertido en una especie de pincho parlamentario permanente. Quizás esta forma de hacer genera entusiasmo en una parte de las redes sociales y entre los adictos a la política convertida en espectáculo, pero para la mayoría provoca una reacción instintiva de rechazo. Es difícil construir prestigio colectivo a base de exabruptos, sarcasmo y continua provocación .
El problema no es solo Rufián; el problema es que, para muchos ciudadanos de fuera de Catalunya, Rufián ha acabado convirtiéndose en una de las caras más reconocibles del país.
La situación no mejora cuando la mirada se dirige a Waterloo.
Carles Puigdemont sigue proyectando una política construida casi exclusivamente sobre el agravio y la confrontación. Toda referencia en España aparece teñida de una negatividad sistemática. Incluso ante eventos extraordinarios como la visita de León XIV, capaz de generar consensos amplísimos, la reacción suele quedar subordinada a la lógica del conflicto permanente. Es una política encerrada en sí misma, atrapada en la propia circunstancia personal y cada vez menos capaz de ofrecer una visión positiva de Catalunya.
Y si el independentismo proyecta esta imagen, el Gobierno de la Generalitat tampoco logra compensarla.
Salvador Illa dispone de todos los atributos institucionales para ello. Pero la realidad es otra. Su actitud determinante en la supervivencia política de Pedro Sánchez le ha convertido más en una pieza de una estrategia estatal que en la voz propia de un país. Más que la figura de un presidente dotado de auctoritas, transmite a menudo la imagen de un administrador. De un buen masovero, si se quiere decir así. Pero Catalunya necesita algo más que una gestión gris y dependiente: necesita representación, carácter y proyecto.
Es inevitable establecer la comparación con Tarradellas o Jordi Pujol. No porque fueran iguales —eran profundamente diferentes—, sino porque ambos, cada uno con su estilo, transmitían una idea clara: representaban a Catalunya ante los demás. Cuando hablaban, gustaran o no sus posiciones, se sabía que hablaba el presidente de Catalunya.
Y entonces, inesperadamente, aparece León XIV.
No como un político. No como líder partidista. No como especialista en comunicación.
Aparece como una figura dotada de una combinación hoy escasísima: afabilidad y rigor, cordialidad y profundidad, proximidad humana y exigencia intelectual.
Dice cosas difíciles sin gritar. Formula verdades incómodas sin insultar. Defiende posiciones controvertidas sin convertirlas en armas arrojadizas.
Y esa presencia culmina con un momento extraordinario: la misa y la bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia.
La imagen es poderosa.
La torre más alta de Barcelona. El templo más singular del mundo contemporáneo. La culminación visible del sueño de Gaudí. La liturgia católica desplegada con toda su fuerza estética y simbólica. La música, la luz, la piedra y el fuego. La verticalidad. La multitud reunida.
Durante unas horas, millones de personas de todo el mundo descubren a otra Catalunya.
No la Catalunya de la bronca, del victimismo y del exabrupto permanente.
Sino la Catalunya capaz de crear una de las obras arquitectónicas más impresionantes de la historia contemporánea. Una Catalunya que aúna fe, tecnología, arte, tradición e innovación. Una Catalunya que habla un lenguaje universal: el de la belleza.
La belleza tiene esa virtud singular: no necesita traducción.
Nace, en este caso, de la matriz católica que inspiró a Antoni Gaudí. Pero precisamente por ser auténtica, su fuerza supera las fronteras religiosas. Creyentes y no creyentes pueden quedar igualmente conmovidos ante su grandeza.
Esta es la Catalunya que necesita volver a emerger.
La que presenta resultados y no resentimientos.
La que ofrece obras y no excusas.
La que defiende sus convicciones sin necesidad de humillar a nadie.
Recuerdo una característica de Jordi Pujol que hoy parece casi desaparecida. A diferencia de muchos de los «supermans» y «superwomen» soberanistas de vuelo gallináceo que frecuentan la escena actual, siempre contempló el descubrimiento y la conquista de América con una admiración extraordinaria. Conocía perfectamente las sombras, las injusticias y las contradicciones de ese proceso. Pero era capaz de ver también la inmensa hazaña humana que representaba.
Esta capacidad de reconocer la grandeza de lo que no era propio explica muchas cosas. Explica por qué podía entenderse con gobiernos españoles de cualquier signo. Explica por qué despertaba respeto incluso entre sus adversarios. Y explica también por qué Catalunya era escuchada.
Porque de su comportamiento fluía algo esencial: respeto.
Respeto por la propia nación, pero también respeto por la historia de los demás.
La Sagrada Familia y la presencia de León XIV han mostrado, aunque solo sea durante unos días, otra ruta posible.
La ruta de los resultados, de la belleza y del respeto.
La ruta de un orgullo colectivo que no necesita enemigos para existir.
La mejor versión de Catalunya.
La Sagrada Familia ha hecho más por la imagen de Catalunya en unas horas que muchos políticos en años. La belleza sigue siendo nuestro lenguaje más universal. #SagradaFamilia #LeónXIV #Catalunya Compartir en X





