La sequía ya es un problema

En contra de lo que se pueda pensar, los períodos de sequía no son un hecho extraño en Cataluña, y ahora nos estamos abocando a una nueva circunstancia de este tipo. Como puede observarse en el gráfico adjunto, los años en los que el conjunto de Cataluña o una parte de ella ha sufrido sequías son numerosos. Los últimos tan próximos como 2019, 2017 que fue una sequía ibérica, 2016 que también abarcó toda la península casi con excepción del Valle del Ebro y la costa sur del Mediterráneo, en 2012. En definitiva, algo atípico, que ahora con el cambio climático tiende a acentuarse. Sin embargo, esta circunstancia comporta una ventaja adicional. Cataluña y en general la costa mediterránea, Baleares y Canarias, están mejor preparadas que el resto de España, área central y cantábrico, para afrontar períodos de falta de agua porque disponemos de desaladoras y un mayor nivel de reutilización del agua.

Los ciclos secos siguen un proceso que puede caracterizarse en estos términos. Primero se produce la sequía meteorológica, es decir, la falta de lluvia, que a su vez da lugar a un aumento de la evapotranspiración de la vegetación por falta de nubes y provoca una sequía ecológica incrementando el riesgo de incendios. El muy reciente que se ha producido en Roses (Alt Empordà) es un ejemplo de este tipo de consecuencia. A continuación se produce la sequía hidrológica cuando los embalses reducen su capacidad por debajo de niveles críticos.

Se produce la sequía agrícola que comienza con el secano menguando sustancialmente su producción, y que se extiende a las limitaciones de agua por los regadíos que multiplican el problema. También disminuye la producción hidroeléctrica, lo que en las actuales circunstancias agravaría el problema del coste de la energía. La última consecuencia del déficit pluviométrico es cuando llega a las ciudades y a la industria, provocando las restricciones de agua. Se trata, por tanto, de un proceso lento, pero que a diferencia de otros fenómenos adversos tiene una extensión territorial importante. Sus inicios pueden quedar más o menos difuminados o fragmentados y sólo se percibe en toda su importancia cuando se extiende y agudiza.

La sequía en España no es todavía una realidad salvo en Andalucía, Cataluña, Canarias y Galicia, que ya han formulado la alerta correspondiente.

La evolución atmosférica para el período de marzo a mayo, que en el ámbito mediterráneo es de precipitaciones, determina que la próxima primavera las lluvias serán escasas y en consecuencia estaremos ante un año seco importante, que podría ser el origen de un período de sequía de larga duración. La excepción puede ser la franja más oriental de la península y, por tanto, posiblemente Cataluña, donde las precipitaciones pudieran ser más o menos normales. Las previsiones de temperatura señalan que serán superiores a las de un año medio y, como resultado, la escasez hídrica se verá agravada y la sequía de los bosques comportará un mayor riesgo de posibles incendios forestales.

Ante este nuevo episodio de año seco, del que todavía desconocemos su intensidad, es necesario formular la reflexión sobre la circunstancia de que a consecuencia del cambio climático estos períodos de insuficiente precipitación no sólo serán más frecuentes, sino que también los años normales o de lluvia importante tendrán como característica un aumento de la torrencialidad. Es decir, la cifra en agua total caída a lo largo del año será la misma, pero su distribución hará que haya períodos de lluvias muy intensas y, en este sentido, de efectos menos favorables, y meses en los que no caerá ni una gota. Todo ello obliga a un planteamiento integral del sistema hidrológico y de abastecimiento de aguas de nuestro país, en el que además de la sequía, la torrencialidad ha sido también una característica histórica.

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