La educación sentimental

¿Cuáles son los referentes de las relaciones afectivas en las nuevas generaciones?, ¿dónde aprenden qué es amar? Los padres y madres somos los primeros responsables de la educación de los hijos. El testimonio de nuestra vida de pareja tiene un gran valor para ellos. Ciertamente no resulta fácil hablarles de amor y de sexualidad. Pero nuestro papel en este ámbito es insustituible porque conocemos y amamos los hijos mejor que nadie.

Que la escuela enseñe a los alumnos como usar los preservativos supone una visión genital de la cuestión, que no es moralmente neutra. Como tampoco lo son los dos principios comúnmente aceptados desde la corrección política y que se transmiten en las aulas: que cualquier forma de relación afectiva o sexual entre dos personas es válida con la condición que sea libremente aceptada, y que “la diversidad afectivo-sexual” es un bien en sí misma.

Internet está inundada de pornografía, fuera del control de los poderes públicos. Y ahora la telebasura ha abierto una nueva línea de negocio con las islas del amor y de las tentaciones, donde aparecen jóvenes con cuerpos esculturales y diálogos poco edificantes. El negocio consiste en explotar el morbo de la audiencia a base de frivolizar y despreciar la fidelidad.

La gran educadora sentimental del siglo XIX y primera mitad del siglo XX fue la novela. Como Don Quijote con los libros de caballerías, muchos y, sobre todo, muchas quedaron deslumbradas por las narraciones románticas, alejadas de la vida real. En “Las afinidades electivas” Goethe presenta la pasión amorosa como una fuerza natural e inexorable, y por eso la explica con la analogía de una fórmula química. En “Madame Bovary” Flaubert, ya desde el realismo, describe lo que puede llegar a provocar un empacho de lecturas románticas en la vida de una mujer joven casada de pueblo.

A medida que avanza el siglo XX el cine se va convirtiendo en el gran medio de la cultura de masas. Las historias y las imágenes imponentes de la gran pantalla, la belleza y personalidad irresistible de actores y actrices, ejercen una fuerte influencia en los deseos y la educación sentimental de los espectadores. Se contagia la ilusión por vivir un gran amor, la imaginación se dispara, se eleva el umbral de aspiraciones masculinas y femeninas sobre los atributos deseables de la pareja y/o sobre las posibilidades de una vida en común. Por eso, también aumenta proporcionalmente el riesgo de decepción en la pareja al no responder la realidad a las expectativas generadas.

El gran cine clásico norteamericano a menudo logra un equilibrio entre el amor romántico y la vida cotidiana, con historias en las cuales el amor no destruye la vida personal, sino que que la enriquece y eleva. Podemos mencionar desde los cortometrajes de Charlot en ”El hombre tranquilo” de John Ford. O “El Apartamento”, donde Billy Wilder construye una bellísima historia de amor en el entorno de una gran empresa dominado por la nueva laxitud sexual, y donde los ejecutivos tienen por costumbre liarse con las secretarias.

A partir de los años sesenta, el cine en general y el europeo en particular centra el foco cada vez más en historias afectivo-sexuales raras o marginales, acentuando su espíritutransgresor. Son tiempo de freudomarxismo, con autores como Wilhem Reich, que sostiene que la causa de todos los problemas psíquicos radica en la represión sexual. Marcuse, que valora positivamente las perversiones sexuales por su valor crítico contra el orden establecido. O Alfred Kinsey, el zoólogo que en su famoso informe sobre la sexualidad humana concluye que todas las perversiones sexuales entran dentro de la “normalidad biológica”. Conclusión del todo sesgada si tenemos en cuenta que el estudio se realiza sobre sectores marginales de la población.

La mirada ilusionada sobre el amor del cine clásico se sustituye por el realismo de aire pesimista de grandes maestros como Ingmar Bergman o Woody Allen, que se centran en las dificultades y la caducidad de las relaciones afectivas. O los melodramas turbadores de Fassbinder, protagonizados por personajes dominados por la angustia existencial y una sexualidad problemática, que ejercerán gran influencia en el cine de Almodóvar. Las películas de éste, dominadas por el deseo irracional y una sexualidad disruptiva, se convierten en cine de masas, y tendrán una gran influencia en la normalización social de la llamada pluralidad afectivo-sexual y la ideología de género.

Las series y otros programas de televisión han ido ganando cada vez más protagonismo. Que ahora los productores de “realities” ganen audiencia banalizando la fidelidad de las parejas, demuestra que en la posmodernidad decadente la forma más fácil de hacer negocio es excitar el morbo de los telespectadores, bajo el pretexto de una mirada abierta y transgresora. Programas como la “Isla de las tentaciones” y sus secuelas en el fondo son la deriva vulgar y chabacana de los postulados de pensadores como Freud o Nietzsche.

En este entorno formado por escuela de ideario progre y de género, televisión cutre e internet sexualmente descontrolado, es donde se educan las nuevas generaciones, y a menudo madres y padres no sabemos qué hacer. Nos puede parecer que tenemos pocas lecciones que dar, que quizás nuestra experiencia vital y de pareja no ha sido ejemplar. Pero la educación de madres y padres es siempre necesaria, y también podemos compartir con los hijos aquello que hemos aprendido de nuestros propios errores. Ante los hijos no vale el “sostenella y no enmendalla”. Para educar hay que amar, y amar verdaderamente a los hijos implica educarlos en aquello que será esencial para su felicidad.

Publicado en el Diari de Girona, el 10 de mayo

La forma más fácil de hacer negocio es excitar el morbo de los telespectadores Clic para tuitear

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