La crisis del Covid-19 en todo el mundo (3): ¿una oportunidad para Taiwán?

A pesar de haber sido expulsado de la Organización Mundial de la Salud (OMS) por la presión de China, Taiwán se ha convertido en un referente mundial de la lucha contra el coronavirus. Países de todo el mundo, desde Israel hasta Nueva Zelanda, prestan atención a cómo Taipei ha afrontado la crisis para planificar su propia respuesta.
A pesar de la proximidad tanto geográfica como económica con la China continental, Taiwán sólo tiene contabilizados unos 400 casos del virus. El país cuenta con la ventaja incontestable de ser una isla, pero como ha quedado patente con el Reino Unido, que ya es uno de los 6 países más afectados del mundo, esto no es ninguna garantía.
¿Qué ha hecho pues este país de 23 millones de habitantes, último refugio de los nacionalistas chinos opuestos al régimen comunista de Mao Zedong, para combatir con tanto éxito el virus?
La lucha de Taiwán contra el coronavirus empezó cuando en Europa este nombre era totalmente desconocido para el gran público. El 31 de diciembre de 2019 el gobierno de Taipei decidió controlar todos los pasajeros provenientes de Wuhan. Fue el mismo día en que las autoridades locales recibieron la primera noticia de la existencia del virus.
Unos días más tarde, la OMS lanzó la primera alerta que recogía que el nuevo coronavirus era contagioso entre humanos. En ese momento, Taiwán ya había establecido un «centro de mando de la epidemia» encargado de seguir la evolución del virus y tomar medidas de protección para sus habitantes.
Taiwán ha sido uno de los pocos países (prácticamente todos asiáticos) que han respondido de forma rápida y eficaz a la pandemia del coronavirus. Su modelo se ha basado en la contención agresiva, la cuarentena y medidas de detección precoz que han limitado de forma drástica los contagios en el seno del país.
Taiwán ha logrado contener el virus sin recurrir a medidas drásticas como el confinamiento de la población.
Las medidas de prevención de la isla llegaron al punto culminante el pasado 19 de marzo, cuando el estado avanzado de propagación del virus en todo el mundo llevó a las autoridades taiwanesas a cerrar sus fronteras a todos los no residentes. Era la única forma posible para evitar una oleada masiva de contagios por importación de otros países.
En Filipinas, islas vecinas de Taiwán, un brote de coronavirus en la capital, Manila, se ha escapado de control, colapsado los hospitales y esparcido el pánico en todo el país. En Europa y Estados Unidos, los casos ya superan el millón y medio, y los muertos superan los de toda Asia combinada. Desafortunadamente para estos países, el modelo de Taiwán, basado en la prevención, resulta inútil.

Pero Taiwán no se contenta con la contención del virus dentro de sus fronteras, sino que ha lanzado una campaña global de ayuda y consejo a los países más afectados. Una campaña que no es bien vista por China ni la OMS, cada vez más bajo la influencia de Pekín.
Según relata la BBC, la organización internacional especializada en la salud impide que Taiwán participe en reuniones de coordinación, evita compartir determinadas informaciones e ignora las advertencias, ideas y consejos que los expertos de Taiwán le transmiten.
A pesar de la marginación que vive, el 1 de abril Taiwán anunció una donación de 10 millones de mascarillas a los Estados Unidos, once países europeos y otros aliados diplomáticos. Y está previsto un segundo envío de 6 millones más de unidades.
Para la pequeña isla, la pandemia es también una oportunidad para recuperar algo de participación en las instituciones internacionales. Actualmente, sólo una quincena de países reconocen la independencia de Taiwán. Desde los años 60, Taiwán progresivamente ha ido perdiendo aliados y socios por la presión de la China comunista.

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