¿Se ha convertido Donald Trump en un presidente americano como los demás?

Donald Trump ganó en 2016 su primer mandato como presidente de Estados Unidos sobre dos principios básicos: por un lado, proteger los intereses de los ciudadanos estadounidenses ante los grandes intereses privados de Washington; por otro, poner punto y final al intervencionismo exterior.

Trump ha sido tradicionalmente percibido como un “outsider” entre los miembros del propio Partido Republicano, atacando tanto las acciones de los demócratas (Obama, los Clinton) como las de numerosas personalidades de su propio partido (Bush hijo, el candidato a las presidenciales de 2012 Mitt Romney y muchos otros).

Sin embargo, un año después de la inauguración de su segundo mandato, Trump parece abrazar tanto el corporativismo de los gigantes empresariales estadounidenses como el afán de intervenir militarmente en todo el mundo.

Para dar algunos ejemplos concretos, Trump hizo sentar a grandes líderes empresariales por delante de los miembros de su propio cabinete durante la inauguración presidencial. Su administración trata cada amenaza de multa de la Unión Europea a los gigantes tecnológicos estadounidenses como, literalmente, «un ataque al pueblo americano». Más recientemente, el presidente ha declarado abiertamente estar trabajando para el sector petrolero estadounidense, reabriéndole el mercado venezolano de extracción de crudo.

La vertiente intervencionista tampoco se queda atrás, como ha quedado patente en Venezuela, pero también en Nigeria, Irán o en alta mar en el Caribe.

Los analistas ofrecen diversas explicaciones de este cambio radical de comportamiento entre su primer y segundo mandato.

Una primera sería que la lógica del poder de Washington ha terminado por atraparle, y Trump ha sucumbido (como Obama antes que él) a los intereses de los círculos de influencia económicos y militares de la capital.

Sin embargo, la teoría de la asimilación del político “outsider” con las instituciones de poder una vez ha tomado posesión, ha sido ampliamente estudiada por los politólogos. Tiene innegablemente un punto de verdad, pero Trump no tendría por qué resultar más afectado que cualquier otro cargo electo que haya hecho promesas de ruptura (piense en España con el acomodo progresivo de Pablo Iglesias, por ejemplo).

Otra explicación, aún más tópica que la anterior tratándose de Trump, sería que el actual presidente de Estados Unidos no tiene ningún escrúpulo, y mintió deliberadamente a los electores para ganar las elecciones. Una idea fácil que choca con varios elementos: en primer lugar, con su obra de gobierno durante su primer mandato. En segundo lugar, con la coherencia de Trump a la hora de aplicar varias de sus medidas electorales clave durante el primer año de su segundo mandato: freno drástico a la inmigración, imposición de aranceles generalizados, combate del wokismo a ultranza.

Una tercera explicación, más compleja y seguramente cercana a la realidad, sea que no es Donald Trump quien ha cambiado, sino el mundo que le rodea. De hecho, el panorama mundial en muchos aspectos se ha «trumpizado».

Tomamos el ejemplo de los intereses de las grandes empresas tecnológicas. Entre 2016 y 2024, la influencia del wokismo que se entremezclaba con las estrategias comerciales de estas compañías se ha desvanecido. En el 2017, un Trump recién inaugurado no pudo imponer en modo alguno su agenda a los directivos de Meta, Apple y Alphabet. En 2025, en cambio, Trump no ha necesitado demasiada presión para convencerles: han venido ellos solos. Considérese también la increíble transformación del propio Mark Zuckerberg, tanto física como intelectual, reconociendo abiertamente en un vídeo haberse equivocado a la hora de desplegar equipos de “verificación” de la información.

En materia de orden internacional, resulta fácil constatar que Trump no ha cambiado de opinión respecto a los organismos multilaterales. Como en 2017, 2025 ha estado marcado por la retirada masiva de Estados Unidos de fondos, programas y organismos multilaterales, al frente de las cuales Naciones Unidas, por las que Trump siente un especial desprecio (algo, por otra parte, coherente con su condición de neoyorquino).

Lo que ha cambiado es la intensidad con la que el presidente de Estados Unidos actúa. Captura de Nicolás Maduro, pero antes también ataque aéreo contra el programa nuclear iraní, bombardeo para proteger a los cristianos de Nigeria del yihadismo, ataques armados contra narcolanchas en el Caribe… Trump se siente más libre para llevar a cabo el mismo programa de mano dura. “Nadie se meterá con Estados Unidos” no es una afirmación suya reciente, sino de 2016.

Eso sí, es esperable que la gran línea roja que Trump procurará no cruzar, porque se manifestó nefasta para sus predecesores, y él mismo la ha denunciado con vehemencia, sea la de un gran despliegue militar sobre el terreno en ninguno de estos países.

Trump se siente más libre para llevar a cabo el mismo programa de mano dura. “Nadie se meterá con Estados Unidos” no es una afirmación suya reciente, sino de 2016. Compartir en X

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