Los futuros de Cataluña (10). Cataluña 2035–2050: tres escenarios posibles

El punto de partida es éste: Cataluña no entra en el futuro desde la ruina, sino desde una combinación muy particular de fortaleza y fragilidad.

Es fuerte porque todavía tiene masa crítica demográfica, capitalidad urbana, una economía dinámica e instituciones propias. En 2025 Cataluña alcanza ya 8.124.126 habitantes, con un crecimiento demográfico muy notable en los últimos años; pero, al mismo tiempo, la población extranjera es ya del 18,74%, la fecundidad es de sólo 1,09 hijos por mujer y el catalán es lengua habitual del 32,6% de la población de 15 o más años, aunque el 93,4% declara entenderlo y el 80,4% hablarlo.

Esto obliga a distinguir muy bien entre tres cosas que a menudo se mezclan: existencia institucional, vitalidad económica y reproducción nacional.

Mi tesis es que, de aquí a 2050, la variable decisiva no será tanto el autogobierno formal como la capacidad de convertir el crecimiento demográfico y económico en continuidad cultural catalana, en el bien entendido de cultura en sentido amplio; esto es: el ecosistema vive de significados y prácticas; de marcos de referencia de una comunidad; el conjunto de elementos compartidos que sostienen la continuidad y la pluralidad de una identidad colectiva nacional.

Esto significa un conjunto integrado de valores, creencias, lengua, costumbres, normas, conocimientos, prácticas, expresiones artísticas, instituciones y formas de vida que comparte una comunidad y que dan significado, identidad y orientación a la experiencia colectiva e individual. Incluye tanto manifestaciones materiales (patrimonio, tecnología, espacios) como inmateriales (mitos, rituales, tradiciones, memorias, modos de relacionarse) y es dinámica: se recrea, se negocia y evoluciona en el tiempo y articula la identidad de una nación: la lengua o lenguas propias, la memoria histórica compartida, los referentes comunes, las instituciones y celebraciones; y los códigos de convivencia que generan pertenencia y cohesión social.

Esta cultura nacional no es monolítica: integra diversidad interna, influencias externas y cambios generacionales, y se expresa en el ámbito público (educación, medios, política, patrimonio) y privado (familia, comunidades, creación).

Es lo que nos permite salir del laberinto, resolver paso a paso el problema complejo en el que nos hemos situado y superar la permacrisis en la que nos hemos instalado; el método que evita perderse en la confusión. Es mi visión, subjetiva, por tanto, pero se apoya en los datos actuales sobre natalidad, migración, estructura lingüística y composición de los hogares.

Y dicho todo esto, perfilamos los tres escenarios posibles dentro del esquematismo propio del método.

Escenario 1: renacimiento integrador

Este es el escenario más favorable, no necesariamente el más probable, pero sí el mejor.

En este escenario, Cataluña logra hacer tres cosas a la vez.

Primera: mantiene el dinamismo económico y lo hace más productivo, menos dependiente del turismo y más basado en industria avanzada, tecnología, salud, investigación y servicios de alto valor.

Segunda: transforma la inmigración en integración lingüística y cívica real.

Tercera: refuerza los mecanismos de transmisión —familia, escuela, municipio, espacio mediático y cultura— que hacen posible que la catalanidad sea compartida por los nuevos catalanes, no solo heredada.

La clave es sustituir parte del crecimiento extensivo basado en mano de obra por un modelo fundamentado en la productividad. Esto exigiría una profunda reforma de la administración de la Generalitat, inspirada en experiencias como las de Nueva Zelanda, Finlandia, Dinamarca, Estonia (por su transformación digital) o Singapur.

Demográficamente, este sería un escenario cercano al escenario alto de Idescat para 2050: 9.919.020 habitantes, con un 14,1% de población de 0 a 15 años y un 28% de 65 años y más. Esto no significa automáticamente más catalanidad; solo significa que habría una base humana suficientemente amplia para sostenerla, siempre que la integración cultural funcionara.

En términos de lengua, este escenario exigiría que el catalán dejara de ser solo lengua conocida y volviera a ganar peso como lengua habitual e inicial socialmente prestigiosa. Hoy la gran ventaja es que el conocimiento sigue siendo muy extendido; la debilidad es el uso ordinario. Por tanto, el problema no es de mera supervivencia jurídica, sino de ecosistema social.

La imagen de 2050, en este caso, sería la de una Cataluña más poblada, más diversa y también más cohesionada: no una nación étnica, sino una nación cultural fuerte.

Escenario 2: estabilización sin impulso

Este es, en mi opinión, el escenario más plausible hoy.

Aquí Cataluña sigue creciendo, pero sin resolver por completo su problema de reproducción nacional. La economía funciona razonablemente bien; el país no cae, pero tampoco reconstruye una nueva hegemonía. Mantiene el segundo puesto dentro de la economía española —en 2023 representaba el 18,8% del PIB español, detrás de Madrid—, pero sin recuperar la centralidad relativa que había tenido en otras fases históricas y, en renta per cápita, cede su puesto a Aragón; es decir, nos situamos ya en el quinto puesto en España.

Demográficamente, este escenario se asemeja al medio de Idescat: 8.585.268 habitantes en 2035 y 8.942.261 en 2050; al mismo tiempo, los hogares continuarían fragmentándose, con 3.366.883 hogares en 2035 y 3.553.115 en 2050, y con un tamaño medio del hogar que bajaría a 2,52 personas en 2035 y 2,49 en 2050.

Esto importa mucho más de lo que parece. El país puede crecer en habitantes y en PIB, al tiempo que debilita su tejido de transmisión. Ya hoy, los hogares unipersonales representan el 26,4% del total y los hogares de pareja con hijos el 33,0%. Si esa tendencia se mantiene, la socialización nacional dependerá aún más de la escuela, la pantalla y el mercado cultural, y menos de la familia y de la proximidad.

En este escenario, el catalán mantendría una amplia comprensión social, pero encontraría mayores dificultades para consolidarse como lengua habitual en los barrios, el trabajo, el ocio y los nuevos entornos juveniles. Cataluña persistiría, pero con menor capacidad de irradiación cultural. No desaparece; adelgaza. Y si seguimos así…

Escenario 3: la dilución

Este es el escenario más negativo. No implica un colapso institucional, sino una progresiva desnacionalización.

Cataluña seguiría creciendo o estabilizándose demográficamente, pero este crecimiento sería principalmente exógeno y no iría acompañado de una integración lingüística suficientemente sólida. La fecundidad se mantendría muy baja, la familia seguiría debilitándose y el catalán conservaría su presencia oficial y educativa, pero con una centralidad cada vez menor en la vida cotidiana.

Los datos actuales no condenan necesariamente a este desenlace, pero sí señalan factores de riesgo evidentes: baja natalidad, elevada inmigración, hogares más pequeños y una reducción persistente del uso habitual del catalán.

Según el escenario bajo del Idescat, Catalunya podría situarse en torno a los 8,1 millones de habitantes en el 2050, con una estructura más envejecida y una base joven insuficiente.

En este contexto, la Cataluña de 2050 podría mantener sus instituciones y una prosperidad relativa, pero con una distancia creciente entre la Cataluña administrativa y la Cataluña sociológica. El principal riesgo no sería la desaparición legal del país, sino la pérdida de su capacidad de autoexplicarse y transmitirse.

La pregunta decisiva no será cuántos habitantes tendrá Cataluña, sino qué será capaz de hacer con esa población. En última instancia, el futuro del país dependerá de su capacidad de convertir población en comunidad nacional.

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Tres escenarios: renacimiento integrador, estabilización sin impulso o dilución. Cataluña todavía puede elegir. #PolíticaCatalana Compartir en X

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