Las naciones no evolucionan todas por igual. Algunas culminan en estados independientes —cada vez más interdependientes—; otras permanecen dentro de estructuras políticas más grandes; y algunas sobreviven sobre todo por vía cultural hasta que reaparece una nueva ventana política.
Cataluña es un caso especialmente interesante porque, de una u otra forma, ha pasado por casi todas estas fases sin cerrar del todo ninguna.
Para entender dónde se encuentra hoy, es necesario mirarse en cinco espejos.
1. Portugal: la nación que culminó la ventana
Portugal es el gran contraste de 1640.
En ese mismo ciclo de crisis de la monarquía hispánica, Portugal convirtió la ruptura en una independencia estable. Cataluña, no. La diferencia no está en la conciencia nacional ni tampoco en la densidad histórica.
La diferencia es otra: Portugal dispuso de una élite orientada inequívocamente hacia la culminación estatal. Supo concentrar aristocracia, apoyo internacional, fuerza militar, legitimidad dinástica y continuidad temporal. Todo ello articulado en torno a un horizonte compartido de país.
Cataluña, en cambio, tuvo revuelta, pero no la continuidad en la decisión.
La lección portuguesa está clara: las ventanas históricas solo se convierten en Estado si las élites aguantan más que la emoción inicial. Y éste es un punto que también interpela el ciclo reciente catalán.
2. Quebec: la nación que acepta la larga duración
El caso que más se asemeja a la Cataluña actual es probablemente Quebec. También es una nación histórica, con lengua propia, fuerte capital cultural, gran metrópoli, elevada inmigración, baja natalidad y dos grandes oleadas referendarias sin culminación estatal.
Lo interesante es que Quebec ha desplazado la pregunta: de la independencia formal a la continuidad lingüística y demográfica. Esta es exactamente la transición que hoy se percibe en Cataluña.
Cuando el ciclo de culminación institucional se enfría, la batalla decisiva pasa a ser la escuela, los usos lingüísticos, la integración de los recién llegados, el ecosistema mediático, la natalidad, el modelo de familia y el capital cultural. Es decir: de la soberanía jurídica a la soberanía reproductiva.
Este es, probablemente, el espejo más útil para la Cataluña actual.
3. Escocia: nación potente, estado absorbido, retorno político cíclico
Escocia comparte con Cataluña otra característica: memoria de un estado anterior, integración exitosa en una estructura superior y retorno recurrente del proyecto nacional.
Pero existe una diferencia decisiva. Escocia ha sabido preservar mejor el relato de su singularidad institucional en el Reino Unido: el sistema jurídico, las universidades, una iglesia nacional o la tradición administrativa.
Cataluña, en cambio, después de 1714 tuvo que reconstruir mucho más desde la sociedad que desde la continuidad institucional. En el marco católico no hay sitio para iglesias nacionales, pero sí, desde el universalismo católico, la Iglesia jugó durante mucho tiempo un papel de cobijo y de catalizador, aportando figuras religiosas, morales e intelectuales de gran peso, hoy inexistentes.
Quizá el derecho civil catalán sea la continuidad más relevante. Sin embargo, las últimas actualizaciones a menudo han sido guiadas más por la moda que por una fidelidad a sus fundamentos propios. Demasiadas veces se ha querido «ser como los demás» antes que entender la lógica jurídica propia.
Políticamente, la Generalitat también ha perdido parte de su sentido histórico en la medida en que su gobierno se ha vuelto cada vez más regional: un apéndice sometido a la disciplina del partido que gobierna España.
El caso escocés sirve para advertir de un riesgo: la fuerza de un relato nacional no garantiza, por sí sola, la culminación política. Sobre todo cuando los continuadores ya no saben exactamente lo que quieren continuar más allá del discurso codificado y vacío.
Lo que ha sucedido desde el inicio del Procés lo demuestra claramente: toda la política catalana -incluso la más interna- acaba pasando por los ejes de la confrontación política española.
4. Flandes: la nación que triunfa sin necesidad de ruptura
Flandes resulta especialmente útil en la dimensión económica.
Es un caso en el que la nación se refuerza no tanto por una ruptura fundacional, sino por la potencia productiva, el capital social, la lengua, la red urbana, la confianza institucional y la superioridad relativa en el estado compartido.
La lección es sutil pero importante: una nación puede aumentar su peso histórico sin secesión si es capaz de convertir el rendimiento económico en hegemonía cultural y política interna.
Cataluña hizo esto durante décadas. Y es también lo que sigue haciendo, a pesar de su reducida dimensión, el País Vasco.
Cataluña hace años que avanza en dirección contraria.
La pérdida de centralidad relativa ante Madrid erosiona precisamente ese mecanismo. Madrid ya superó a Cataluña primero en PIB per cápita y después en PIB absoluto. Y Aragón podría superarla en una década también en renta por habitante.
El Informe Fénix y el estudio —involuntariamente complementario— de FUNCAS sobre los límites de la inmigración describen bastante dónde estamos, hacia dónde vamos y qué habría que rectificar.
Por eso la comparación con Flandes obliga a formular una pregunta incómoda: ¿qué quiere ser realmente Cataluña como país económico y social?
5. Israel: la nación que convierte memoria en demografía
Israel es un caso radicalmente distinto, pero metodológicamente fascinante.
Su gran lección es una sola: la continuidad nacional depende de la capacidad de transformar memoria en reproducción demográfica, institucional y educativa.
Cataluña no es comparable geopolíticamente con Israel, pero sí en un punto esencial: una nación solo persiste si genera mecanismos fuertes de transmisión intergeneracional.
Y aquí es donde el caso catalán se vuelve delicado.
La fecundidad catalana ha bajado hasta 1,08 hijos por mujer en 2024, mínimo histórico, con solo 53.793 nacimientos. Esto no es un simple detalle sociológico: es el núcleo de la actual fase.
En Israel, la tasa global de fecundidad se sitúa en torno a los 2,8 hijos por mujer; entre las mujeres judías, entre 2,5 y 2,7. Entre el 1,08 catalán y el 2,6 israelí hay más del doble de diferencia. Y esto a pesar de que la vida en Israel no es precisamente fácil ni el futuro especialmente estable.
Una nación con baja natalidad, inmigración intensa y una institución familiar debilitada necesita multiplicar su capacidad de integración cultural. E incluso así lo tiene difícil.
Si no, la memoria nacional acaba convertida solo en patrimonio simbólico, pero deja de ser una forma de continuidad social. Cuando Cataluña sea solo un símbolo del pasado, todo habrá terminado.
Y ahora, ¿qué modelo es más útil?
Mi conclusión es concreta.
El modelo menos útil es Portugal, porque presupone una ventana de culminación inmediata.
El más inspirador, pero también el menos transferible, es Israel, aunque contiene una advertencia inapelable: se necesitan hijos, muchos más hijos.
Los dos espejos realmente fecundos para Cataluña son Quebec y Flandes.
De Quebec, Cataluña necesita aprender a pensarse como una continuidad lingüística, demográfica y educativa.
De Flandes, necesita reforzar su hegemonía económica cualitativa, y no solo el volumen de PIB.
Porque hoy el reto central no es solo crecer. El reto es seguir convirtiendo crecimiento, inmigración y cambio de modelo productivo en cohesión nacional.
Y es ahí donde entra en juego la apostilla: Baviera.
Baviera es un ejemplo de un territorio que ha sabido preservar su identidad en un estado federal, convertirse en motor económico de un país tan competitivo como Alemania y mantener una notable fidelidad a la economía social de mercado.
En buena parte, gracias a la existencia de un partido propio – la Unión Social Cristiana (CSU) – que ha gobernado prácticamente de forma ininterrumpida desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
La gran cuestión catalana ya no es solo la independencia, sino la capacidad de seguir existiendo como comunidad histórica diferenciada. #Catalunya Compartir en X





