Yo acuso: el fraude del cambio de nombre de las calles de las tres Santas de Gràcia (y II)

Hay quien ha escrito que esta calle era un homenaje a Magdalena Escarabatxeres i Blanch, la suegra de Àgata Badia. Así consta en el «Nomenclátor de las calles de Barcelona»; «Els carrers de Gràcia», de Joan Lafarga; y «Els carrers de Barcelona: Gràcia», de Jesús Portavella.

Pero hay otros que atribuyen la dedicatoria a Magdalena Rabassa, ahijada y heredera universal de Àgata Badia: “Els carrers de Gràcia”, de Josep Maria Vilarrúbia; “La urbanización de Can Trilla”, artículo de Joana Uribe en la revista “Carrer Gran” n.º 53; y «Les masies de Gràcia», de Elsa Castellà.

Y ahora vaya a saber por qué la Comisión ha escogido precisamente la suegra de Àgata Badia, que nunca vivió en Gràcia y a quien la nuera ni siquiera conoció en vida.

A la muerte de Àgata (1836), el heredero de la finca Trilla fue Antoni Rabassa, también un ahijado, pero la heredera de los bienes era Magdalena Rabassa, con la obligación por parte de Antoni de tenerla en casa mientras no se casara. Lo expongo porque esto hace posible, y bastante probable, que la calle Santa Magdalena se llamara así como una muestra de la estimación de Ágata hacia su ahijada. Y más si tenemos en cuenta que en el proyecto inicial, de 1826, sólo la calle Santa Águeda tenía nombre de Santa. Lo que después, en 1830, se llamó de Santa Magdalena, entonces era la calle de Serra, por el arquitecto de las obras, como así consta en las escrituras notariales.

Este dilema entre las dos Magdalenas tiene cuatro soluciones, entre ellas tres salomónicas, a saber: 1) dividir la calle por la mitad y entregar una parte a cada Magdalena; 2) ir alternando el nombre de la calle, ahora el de una, antes el de la otra, al menos con periodicidad trimestral. 3) nombrar la calle con los nombres de las dos a la vez: “calle de Magdalena E. Blanc y de Magdalena Rabassa”.

La cuarta solución, quizá la más adecuada y decente, es que los responsables tengan la bonhomía de reconocer que la han pifiado, devuelvan el nombre de Santa Magdalena a la calle y pongan una placa o pizarra que informe sobre las dos Magdalenas a las que podría estar dedicado. Y ya que están ahí, hagan igual con las otras dos calles. Tendrán como recompensa el gusto que da hacer las cosas bien hechas, y de propina que la ciudadanía admire su sabiduría, en virtud de ese refrán que dice que «rectificar es de sabios».

Sobre la ortografía de las nuevas calles

Puesto que el Ayuntamiento ha conseguido desterrar impunemente la voluntad de Àgata Badia por imponer la suya, démoslo por sentado y examinemos con detalle la confección ortográfica de los nombres y apellidos tal y como han tenido a bien inscribirlos en las placas de las calles:

ÀGATA BADIA PUIG-RODON; ROSA PUIG-RODON PLA; MAGDALENA E. BLANC

La redacción de tres de los apellidos es de tal torpeza que clama al cielo, desde donde estas buenas señoras lo estarán mirando como quien ve visiones:

1) Este garabato “E.” que le han colocado a la Magdalena se debe, según cuenta Josep Maria Contel en la entrevista citada, a que los vecinos de la calle «hicieron una campaña y recogieron firmas porque no querían que su calle se llamara Magdalena Escarabatxeras Blanc porque escarabatxer venía de escarabajo, por eso le acabamos poniendo Magdalena E. Blanc«.

Pues si no han sido capaces de inscribir el apellido legítimo, más valdría que hubieran plegado velas, porque tal y como lo han llevado a cabo es ignominioso. A la Magdalena la han tratado como si tuviera que esconder un linaje vergonzoso que ella seguro que llevaba con la cabeza bien alta, como lo llevaba su padre, y como lo habían llevado, por cierto, el escultor Jerónimo Escarabatxeras (1687-1710), el cual, además, se llamaba Rotxotxo de segundo apellido, lo que no ha impedido que se le celebre como autor de la fachada y la decoración interior de la iglesia de Sant Sever de Barcelona, ​​restaurada hace un año.

Es cierto que el hijo de Magdalena, Antoni Trilla Escarabatxeras, ahuyentó a este coleóptero de su nombre a base de firmar con el segundo apellido de la madre: Antoni Trilla Blanch. Allí sí era un descastado, pero Magdalena tiene derecho, en la actualidad, a figurar con su nombre personal. ¿No han querido sustituir a la Santa por una «señora real» bien identificable? ¿No proclamó la concejala de Feminismos Raquel Gil que «Hoy decidimos que las mujeres tenemos nombres y apellidos más allá de creencias y otras cuestiones.»? Entonces, ¿cómo han decidido reducir el apellido de esta mujer a una letra inicial que no identifica a nadie? La cosa es de tal grosería que parece que no pueda ser.

2) El apellido Puigrodon: lo han partido por la mitad y le han colocado un guión entre ambas partes para que no puedan volver a juntarse (Puig-rodon). Y bien satisfechos que estarán, pensando que han cumplido con la normativa vigente.

Sin embargo, resulta que los apellidos son antropónimos y no están sometidos a la normalización ortográfica que afecta a los topónimos y a los nombres comunes. Distinguir entre topónimos y antropónimos es elemental. En tiempos de Rosa y Ágata, este apellido se escribía con ortografía prefabriana, como así consta en los documentos. En la actualidad hay personas con linaje Puigrodon que también lo escriben así, sin guion, y nadie tiene nada que decir, ni a tocar, en cuanto a la corrección ortográfica.

3) Las consideraciones anteriores se aplican igualmente al apellido «Blanch». A la pobre Magdalena, además de reducirle el primer apellido a la mínima expresión, le han mutilado la h de Blanch, por la pésima razón que han aplicado la normativa al por mayor, sin tener en cuenta el matiz que se trata de un antropónimo que se escribe así desde hace siglos y así se ha transmitido. A estas alturas, hay mucha gente con apellidos como Poch, March, Roch, Llonch… y Blanch, con la “h” final, tal y como la llevaba el apellido de Magdalena mientras vivía. Nadie está autorizado a “corregirlo”, si no es la persona a la que pertenece.

Que los nombres y apellidos de estas tres mujeres designen calles no los convierte en topónimos que deban normativizarse, ya que si los han inscrito así es precisamente con el propósito de identificar a unas personas.

En resumen: la Comisión del Nomenclátor y el Ayuntamiento han manipulado los apellidos de Ágata, Rosa y Magdalena pasando por encima de sus cadáveres: un abuso de poder intolerable y que no tiene perdón.

Alegado final

Los responsables de este desaguisado se vanaglorian, entre otras hazañas apoteósicas, de que han logrado aumentar el número de mujeres que figuran en el Nomenclátor. Esto debe ser en virtud de la ley cuántica de la Paridad entrópica que rige el mundo subatómico, porque en la realidad macroscópica en la que vivimos los seres humanos, las tres Santas también son mujeres y, por tanto, el equilibrio termodinámico entre el número de hombres y el de mujeres del Nomenclátor no se ha alterado.

El efecto real, y notorio, es que han rebajado el número de Santas de las calles de Gràcia, eso sí. Y para ello no han tenido ningún escrúpulo al apropiarse de los nombres y apellidos de tres mujeres, manipularlos, y entregarlos al espacio público para que se usen como direcciones de unas calles que Àgata Badia, o Agueda Trilla, que así firmaba los documentos notariales, quiso bautizar con los nombres de las Santas patronas de cada una y no con los nombres personales, por sentido del pudor y del ridículo. La impudicia con la que estos nombres personales figuran en las placas de las calles y circulan ya por Internet en las direcciones de tiendas, bares y locales, les haría avergonzar.

Las han utilizado como carne de cañón de un feminismo paranoico que, a base de mirar clichés irracionales, ha perdido el sentido de la realidad y necesita ventilar la humareda ideológica y digerir la empanada mental con desatinos tan absurdos como la de alterar el bienestar nominal de unas calles que se lo pasaban muy bien con los nombres que tenían.

¿Qué han logrado? Nada verdadero, ni bueno, ni bello. Han engañado con pavor, han maleado un bien común, y no han producido más que fealdad.

Lástima que no hayan hecho caso del sensato consejo del historiador Andreu Pi i Arimon, autor del libro “Barcelona antigua y moderna” (1854), donde se encuentra la siguiente nota:

“No concebimos cómo el Exmo. Ayuntamiento pudo acordar en sesion de 19 de enero de 1849 el cambio de nombre de esta calle llamada de Arné. Los considerables perjuicios que en lo sucesivo podria irrogar á los particulares la imitacion de esta práctica, por las afrontaciones de los edificios, manifiestan que la mudanza del nombre de una calle es asunto en extremo delicado, y que debe procederse en él con gran aplomo y comedimiento.”

Agradecimientos

Quisiera rendir homenaje de admiración a dos poéticos testigos, ya casi arqueológicos, que rememoran, como eran, los nombres de dos de las calles de las tres Santas.

Uno es el letrero azul y blanco de tráfico que, encima de un semáforo de Gran de Gràcia, indica con una flecha el desvío hacia una calle transversal de la derecha y dice: “C. Santa Rosa”.

El otro es el rótulo del restaurante Santa Magdalena, ubicado en la calle del que adoptó el nombre que ahora han hecho desaparecer.

Son signos enternecedores de que, como la rosa de Sant Jordi y la magdalena de Marcel Proust, despiertan, si se saben leer, el amor a la inocencia de un tiempo perdido.

Yo acuso: el fraude del cambio de nombre de las calles de las tres Santes de Gràcia (I)

La Comisión del Nomenclátor y el Ayuntamiento han manipulado los apellidos de Ágata, Rosa y Magdalena pasando por encima de sus cadáveres: un abuso de poder intolerable y que no tiene perdón. Compartir en X

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