Los futuros de Cataluña (2). ¿Qué hemos aprendido de nuestro pasado, si es que hemos aprendido algo?

Es difícil estudiar la dinámica histórica de las sociedades y las naciones sin considerar su tradición moral y su caracterización cultural, entendida, sobre todo, a través de la lengua y la cultura, y, de forma más secundaria, por las costumbres y prácticas consuetudinarias, a menudo formalizadas en el derecho propio o en las tradiciones.

¿Qué es Cataluña como comunidad presente ligada a una historia?

Cataluña no es tanto una “nación en declive” como una nación histórica con una construcción estatal interrumpida, posteriormente sustituida por una larga supervivencia cultural, económica e institucional –aunque parcial. No es exactamente un estado-nación fracasado, sino una comunidad con tres grandes frustraciones de soberanía y con notable capacidad de persistencia social.

La actual fase no apunta tanto a un colapso terminal como a un riesgo de desnacionalización progresiva: se mantiene el nombre, la memoria y ciertas instituciones, pero se debilitan los mecanismos que reproducían la catalanidad como hecho social mayoritario. Esto puede conducir a la pérdida de una conciencia bastante extendida de la “voluntad de ser”, a menudo descalificada por sus críticos como una ficción metafísica –probablemente porque no la han vivido encarnada en sus gentes. Pero la voluntad de ser es sobre todo una experiencia vital y una práctica: nada más lejos de una metafísica en su sentido peyorativo.

Varios autores ayudan a interpretar nuestra trayectoria histórica.

Entre quienes han analizado el ascenso y el declive de los pueblos, tres resultan especialmente útiles. Charles Tilly permite entender la formación de los estados como resultado de la concentración de coerción, fiscalidad y guerra. Peter Turchin añade la importancia de la solidaridad colectiva en las dinámicas históricas. Por otra parte, Acemoglu y Robinson explican cómo la prosperidad y la persistencia dependen de la calidad de las instituciones. Para el caso catalán, hay que añadir Vicens Vives y la tradición historiográfica que define a Cataluña como un país de refugio y de paso: capaz de integrar flujos, pero vulnerable si no dispone de un centro político, cultural y familiar suficientemente sólido.

El primer punto clave es éste: la frustración decisiva no puede situarse en 1137. La unión dinástica con Aragón no liquidó a Cataluña; por el contrario, durante los siglos XIII y XIV los intereses catalanes dominaron ampliamente la Corona, y Cataluña monopolizó buena parte del comercio mediterráneo occidental.

El momento realmente delicado es entre 1410 y 1412, con la extinción de la línea masculina de los condes de Barcelona y el cambio dinástico posterior. Aquí Cataluña no desaparece, pero sí inicia un desplazamiento de su centro de decisión. Además, no es un detalle menor que la denominación histórica —y después plenamente dinástica— se incline por el mayor rango formal, el del reino de Aragón, que, pese a no ser un estado en el sentido moderno, ejercía su función simbólica principal.

Dicho de otro modo: 1137 no es una derrota, sino una expansión dentro de una forma política compuesta, con predominio catalán, pero con una marca formal aragonesa. La primera gran frustración llega cuando Cataluña deja de transformar su fuerza económica e institucional en una dirección soberana propia.

Cataluña no fracasa en su nacimiento; culmina en la época medieval. Los siglos XIII y XIV representan su plenitud política, jurídica y comercial. Barcelona se convierte en el centro de un espacio económico expansivo, y las instituciones catalanas —las Cortes, el pactismo, el derecho propio— muestran una elevada densidad protoestatal.

La pregunta, pues, no es cuándo fracasa el nacimiento, sino cuándo deja de convertir el poder social en poder soberano acumulativo.

La primera gran frustración es dinástica y estratégica (1410-1412).

La muerte de Martí l’Humà y el Compromiso de Caspe no liquidan a Cataluña, pero sí abren una mutación decisiva:

  • El centro de decisión se aleja.
  • La dinastía propia desaparece.
  • La lógica confederal se mantiene, pero con menos iniciativa catalana.
  • El eje mediterráneo entra en tensión con la nueva orientación peninsular.

No hay una derrota inmediata, pero sí lo que Toynbee llamaría una pérdida de respuesta creadora de las élites. La nación sobrevive, pero su capacidad de proyectarse como centro político se debilita.

Aquí ya se insinúa una constante histórica: las élites catalanas a menudo fallan —si no en su totalidad, sí en una parte significativa.

La segunda gran ventana perdida es la de 1640.

La revuelta catalana se inscribe en la crisis de la monarquía hispánica y genera una oportunidad que Portugal sí transforma en independencia. Cataluña, en cambio, no logra consolidar un estado propio estable: oscila entre la resistencia, la dependencia francesa y el regreso a la monarquía hispánica.

La comparación con Portugal es reveladora. Mientras este resuelve la secesión, Cataluña no lo hace. La revuelta es intensa y la ruptura inicial, real, pero no cristaliza en una estructura estatal duradera.

De ahí se desprende una lección importante: Cataluña es capaz de generar momentos de alta energía política, pero no siempre dispone de la decisión estratégica, la cohesión de las élites ni el contexto internacional necesarios para consolidarlos. Es un patrón que reaparecerá más adelante.

La tercera gran ruptura, esta sí decisiva, es la de 1714-1716. Pero esto, y todo lo que deriva, lo dejaremos para el próximo artículo.

 

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