El catalanismo político es, en esencia, el intento de reconectar nación y poder. En los siglos XIX y XX nace el gran movimiento de reconstrucción nacional. Desde entonces, el catalanismo ha oscilado entre dos funciones principales.
Por un lado, una función nacional defensiva: la preservación de la lengua, la escuela, el derecho civil, el autogobierno, la economía propia y la protección de los intereses colectivos.
Por otro lado, una función soberanista: recuperar el Estado ausente o, al menos, dotarse de estructuras de Estado en el marco español para transformar una nación cultural en una nación política plena.
La actual fase no representa solo una derrota política; es, sobre todo,una crisis de reproducción nacional. Esta es, en mi opinión, la tesis central del presente. Y es aún más grave.
La cuestión catalana hoy ya no es solo institucional. También es demográfica, familiar, económica y cultural, y presenta unos perfiles muy definidos.
En primer lugar, la natalidad. Cataluña cayó hasta los 1,08 hijos por mujer en el 2024, muy lejos del 2,1 necesario para garantizar el relevo generacional. Desde 2018 hay más defunciones que nacimientos: el saldo fue de -13.722 personas en 2024. Es un nivel crítico para la reproducción interna del país.
En segundo lugar, la inmigración. La población de origen extranjero representa ya el 25,1% del total. Solo en 2024, el crecimiento demográfico atribuible a la inmigración fue de 122.593 personas. En Barcelona, la población extranjera supera el 33%, y en la franja central de la población activa es ya equiparable en número a la autóctona. Esto no constituye, en sí mismo, un problema. El reto es otro: la capacidad de integración lingüística y de transmisión de una cultura compartida. Y, sobre todo, la posibilidad de integrar estos flujos sin desintegrar el ya débil tejido cohesionador del país, especialmente si las corrientes migratorias presentes y futuras mantienen la magnitud actual.
El tercer factor es la familia. La familia estable —padre, madre, hijos y, a menudo, abuelos— había sido el gran espacio de transmisión cotidiana de la catalanidad. Esta función hoy se debilita. Cuando esto ocurre, la nación pasa a depender mucho más de la escuela, del espacio mediático, del ecosistema digital y de las nuevas redes de sociabilidad, instrumentos mucho más débiles y disputados que hace treinta años para garantizar la transmisión de la tradición catalana.
Asimismo, el cambio económico altera la base social del país. Cataluña sigue siendo económicamente fuerte, pero su patrón de crecimiento ha cambiado profundamente. El PIB creció un 3,3% en 2024, impulsado sobre todo por el empleo, el turismo y el aumento de población, más que por la productividad. El Informe Fénix ha descrito con contundencia hasta qué punto esta dinámica puede acabar siendo demoledora para el propio país.
Este proceso tiene una doble lectura. La positiva habla de diversificación, servicios avanzados, logística, exportación y captación de talento internacional. Pero también existe una cara problemática: menor centralidad industrial, más dependencia del turismo, baja productividad, tensión creciente sobre la vivienda y consolidación de una sociedad dual, el conocido “crecimiento en K”, donde una parte prospera mientras otra retrocede. A esto se añade la pérdida de peso comparativo respecto a Madrid. La función de capitalidad económica no se ha erosionado solo por el independentismo, sino porque la antigua equiparación entre Barcelona y Madrid ya no es real.
Históricamente, esto significa el paso de la “fábrica de España” a un modelo basado en los servicios, el talento y el turismo –sobre todo el turismo–, con una clase empresarial cada vez más orientada a vender empresas y convertirse en inversora. Y esto no es, ni de lejos, lo mismo que tener una burguesía empresarial arraigada en el país.
Esta nueva base económica y social no está claro que favorezca la consistencia nacional. Las dinámicas cosmopolitas,la proliferación de “expats” y una determinada magnitud de población extranjera pueden dificultar la cohesión, especialmente si, paralelamente, se deteriora la base social que sustentaba la afirmación nacional.
Una posible síntesis sería esta: Cataluña se encuentra en una fase de prueba de continuidad.
La cuestión ya no es si Cataluña «tiene razón» como nación. La cuestión es si puede seguir reproduciéndose como una nación real en un entorno marcado por la baja natalidad, la inmigración intensa, el debilitamiento familiar, la pérdida relativa de centralidad económica y el agotamiento del relato político.
Si fuera necesario resumirlo en una fórmula general, diría que Cataluña es hoy una nación institucionalmente reconocida pero socialmente tensionada; culturalmente viva pero menos reproductiva; económicamente fuerte pero relativamente desplazada; políticamente consciente pero estratégicamente inacabada.
Cataluña vive la transición de una nación histórica resiliente hacia una nación con dificultades crecientes de reproducción social.
La fase de 2026 no es todavía de colapso, sino de prueba de continuidad. Cataluña no se encuentra ante una muerte histórica, sino ante una etapa mucho más exigente. Pero si no responde a esa exigencia, entonces podría llegar la dislocación final. En términos de Toynbee, el país vive bajo un estímulo histórico muy poderoso: lo suficientemente intenso para provocar un nuevo renacimiento, pero también lo suficientemente fuerte para precipitar su fractura.
El reto es demostrar que puede seguir transformándose una población creciente, heterogénea y con baja fecundidad en una comunidad nacional coherente.
Esta esla gran prueba del siglo XXI. La pregunta decisiva ya no es: ¿Cataluña puede tener un estado? La pregunta es otra: ¿Cataluña puede seguir siendo una nación sociológica mayoritaria?
Este es el verdadero cambio de fase.
La fuerza de un país no depende ya solo de las instituciones. Y menos cuando estas se perciben como costosas e ineficientes, como ha acabado sucediendo con la Generalitat. En muchos ámbitos, el Gobierno y las instituciones funcionan hoy como una simple masovería administrativa del gobierno español.
Por eso, el rescate de las propias instituciones —en términos de autogobierno y calidad de gobernanza— es imprescindible. Pero, incluso así, sería insuficiente. Hay cinco factores clave que deben abordarse simultáneamente: la natalidad; la integración migratoria y la reducción de los nuevos flujos; la lengua y su uso social real; la familia y la escuela; y la recuperación del capital social y de la centralidad económica cualitativa.
Todo esto exige también reconstruir los grandes acuerdos compartidos y recuperar el sentido de la tradición: la transmisión cultural y afectiva de la catalanidad.






