El problema silencioso que crece: la soledad

El catalán diferencia entre soledad y solitud, una capacidad diferenciadora que no se da en castellano, que necesita de calificativos.

Soledad tiene una connotación negativa o dolorosa. Es la carencia de compañía que no hemos elegido, ese sentimiento de estar desamparado o vacío. Es el «sentirse solo».

Solitud en catalán, tiene una connotación positiva o voluntaria. Es el estado de estar solo por elección, a menudo buscando el recogimiento, la reflexión o la paz interna. Es lo que busca un escritor o alguien que desea desconectar del ruido del mundo.

La soledad es una de las grandes consecuencias de hechos positivos, como la esperanza de vida y el hecho de que es mayor en las mujeres, y de tendencias crecientes de carencia de vínculos sólidos entre las personas que se aparean, que está creando, como es bien visible en el caso de Suecia, una sociedad de personas solas, con unas necesidades y costes sociales en aumento.

En España, una de cada cinco personas adultas sufre soledad no deseada. Pero el dato que debería encender todas las alarmas es otro: casi dos tercios de estas personas llevan más de dos años conviviendo con esta realidad. No es un momento puntual de vulnerabilidad; es un estado crónico que erosiona salud, autonomía y calidad de vida.

Aunque el debate público a menudo pone el foco en los jóvenes, es en las personas mayores donde la soledad tiende a ser más persistente y más devastadora. Con la edad, las pérdidas se acumulan: pareja, amistades, salud, movilidad, rol social. A partir de los 65 años el riesgo aumenta, y en los mayores de 75 se sitúa en torno al 20%, con consecuencias directas sobre la fragilidad y la dependencia.

Cataluña: el riesgo estructural de vivir solo

Cataluña dispone de un indicador clave para entender el problema: vivir solo. No es sinónimo automático de soledad, pero en edades avanzadas es el mejor predictor estructural de riesgo. Los datos oficiales son contundentes. En 2021, más de 760.000 personas adultas vivían solas. En el grupo de 65 a 79 años, lo hacía el 18,2%; en los mayores de 80, la cifra subía hasta el 30,5%.

El sesgo de género es especialmente sobrecogedor: casi cuatro de cada diez mujeres mayores de 80 años viven solas, el doble que los hombres. Detrás de estas cifras hay vidas largas, a menudo marcadas por la viudedad y por una red relacional que ha ido menguando con el tiempo.

Esa realidad no es estática. Las proyecciones oficiales indican que el número de hogares unipersonales crecerá de forma muy significativa en las próximas décadas. En 2039, en España, uno de cada tres hogares será unipersonal. Aunque la proporción de personas que se sienten solas no aumentara, el número absoluto de personas en riesgo lo hará inexorablemente.

Cuando la soledad se convierte en un problema de salud pública

La soledad no deseada no es solo un problema emocional. Es un factor de riesgo sanitario bien documentado. La investigación internacional muestra que el aislamiento y la soledad se asocian a mayor mortalidad, peor evolución de enfermedades crónicas, mayor depresión y mayor deterioro cognitivo. Su impacto es comparable con otros factores de riesgo poblacionales ampliamente aceptados.

Esta relación es bidireccional: la mala salud puede aislar, pero la soledad empeora la salud. Las personas que se sienten solas utilizan más los servicios sanitarios, consumen mayor medicación y llegan antes a situaciones de dependencia. No es de extrañar, pues, que el coste económico anual de la soledad no deseada en España se estime en 14.141 millones de euros, más del 1% del PIB, con un componente sanitario directo muy relevante.

Un reto europeo, una respuesta pendiente

A nivel europeo, la soledad no es una excepción ibérica. Más de un tercio de la población de la UE afirma sentirse sola por lo menos una parte del tiempo, y un 13% la mayor parte del tiempo. Este marco comparativo sitúa al fenómeno como un reto compartido, pero también ofrece una oportunidad: aprender de políticas que funcionan.

La clave no es solo “hacer más”, sino intervenir mejor. La evidencia apunta a modelos rentables basados ​​en tres pilares: detección precoz, activación comunitaria e intervención intensiva cuando el riesgo es alto. Identificar a personas que viven solas, que han sufrido una pérdida reciente o que presentan fragilidad permite actuar antes de que la soledad se cronifique.

Poner a las personas en el centro

Reducir la soledad no deseada no es solo una cuestión de presupuesto; no es solo una cuestión de más servicios. Es un problema más profundo, el de la sociedad desvinculada y su cultura. Necesitamos volver a poner en valor los vínculos estables; el del matrimonio, el de la familia y del parentesco y en reconstruir comunidades de vida que acompañen.

Invertir en red comunitaria, en prescripción social, en acompañamiento y en entornos urbanos que faciliten el encuentro no es un gasto accesorio, es una condición necesaria pero en ningún caso suficiente.

La soledad no deseada no es estar solo: es sentirse solo contra su voluntad. Y afecta a 1 de cada 5 personas. #Soledad Compartir en X

 

Entrades relacionades

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.