Cataluña, como el conjunto de España, vive una contradicción difícil de sostener. Necesita desesperadamente más nacimientos, pero las familias que tienen hijos soportan un riesgo de pobreza sensiblemente superior al de las que no lo tienen. En otras palabras: necesitamos niños y niñas, pero el sistema económico y de protección social penaliza precisamente a aquellos que asumen el coste de criarlos.
La cuestión es especialmente grave porque el déficit demográfico ya no es coyuntural. Cataluña presenta crecimiento natural negativo ininterrumpido desde 2018. En 2024 murieron 13.722 personas más de las que nacieron; hubo 53.802 nacimientos frente a 67.524 defunciones.
En 2025, los nacimientos aumentaron ligeramente, hasta los 54.249, un 0,8%, pero la fecundidad sigue situada en solo 1,08 hijos por mujer. No es una recuperación demográfica. Es casi estabilizarse en niveles extraordinariamente bajos.
Tener hijos significa mayor riesgo de pobreza
Es en este contexto en el que adquiere todo su significado el estudio de FEDEA de José Ignacio Conde-Ruiz y Marialejandra Garay Aguirre sobre hijos, ciclo vital y pobreza en España entre 2008 y 2025.
El dato principal es inequívoco: en 2025, el 23% de las personas que viven en hogares con hijos dependientes se encuentran en riesgo de pobreza, frente al 17,6% de las personas que viven en hogares sin hijos. Entre los menores de 18 años, la pobreza monetaria alcanza el 28,3% y el riesgo de pobreza o exclusión social (AROPE) al 33,8%.
Unos 2,07 millones de menores españoles viven bajo el umbral de pobreza. Y lo preocupante es que no se trata de una herencia de la gran crisis: la pobreza infantil era del 27,1% en el 2008 y es del 28,3% en el 2025. La recuperación económica no la ha resuelto.
Los hijos comportan costes que la renta no explica del todo
FEDEA introduce un dato importante. Incluso cuando se comparan familias similares y se controlan la renta, el empleo y otras características socioeconómicas, la presencia de hijos sigue asociada a 1,15 puntos más de probabilidad de carencia material y social severa.
No significa que tener hijos «cause» mecánicamente pobreza. Los autores lo advierten. Pero sí muestra que la crianza incorpora costes que las estadísticas de renta no recogen lo suficiente: alimentación, educación, transporte, cuidados, necesidad de una vivienda mayor, menor capacidad de ahorrar y mayor vulnerabilidad frente a cualquier imprevisto.
La situación es mucho peor cuando los padres son jóvenes. Entre los hogares con una persona de referencia menor de 30 años, tener hijos se asocia a 7,26 puntos porcentuales adicionales de carencia material severa. Es precisamente la edad en la que coinciden salarios más bajos, ocupación menos consolidada, dificultades de acceso a la vivienda y poco patrimonio acumulado.
Monoparentales y familias numerosas: el abismo
Las diferencias son aún más dramáticas según la estructura familiar. Los hogares monoparentales registran un 50,3% de riesgo de pobreza o exclusión social y un 41,2% de pobreza monetaria. Entre las parejas con tres o más hijos menores, los porcentajes son del 46,8% y 42,6%, respectivamente.
Y no puede atribuirse simplemente a la falta de trabajo. FEDEA observa que la baja intensidad laboral afecta solo al 6,6% de los hogares con hijos dependientes, frente al 10,7% de los hogares sin hijos. Las familias con hijos no son más pobres porque trabajen menos.
El problema es que deben mantener más personas cuyos ingresos no aumentan proporcionalmente y con unas políticas familiares que no compensan suficientemente este coste.
La política familiar que falta
De ahí las recomendaciones de FEDEA: más transferencias económicas directas, combinar ayudas universales por niño con apoyo específico a familias vulnerables, actuar especialmente sobre las familias jóvenes y monoparentales y mejorar la conciliación. El estudio cuestiona además que las deducciones fiscales sean suficientes para ayudar a las rentas más bajas y señala la mayor capacidad redistributiva de las prestaciones directas.
Esta es la contradicción que debería ocupar el centro del debate demográfico catalán. Tenemos déficit vegetativo, una fecundidad de 1,08 hijos por mujer y una evidente necesidad de recuperar los nacimientos. Pero al mismo tiempo tener hijos aumenta sustancialmente la vulnerabilidad económica.
Una sociedad no puede lamentar que falten niños y, simultáneamente, dejar que el coste de tenerlos recaiga casi todo sobre las familias.
La pregunta correcta, por tanto, no es solo por qué las parejas tienen tan pocos hijos. Es otra: ¿qué hace Cataluña para que aquellos que querrían tenerlos puedan permitírselos?
Una sociedad no puede lamentar que falten niños y, simultáneamente, dejar que el coste de tenerlos recaiga casi todo sobre las familias. Compartir en X





