Las organizaciones empresariales se jactan de ser pragmáticas, hacer caso de la realidad y situar el buen funcionamiento de la economía en primer término. Los sindicatos velan por el poder adquisitivo y las condiciones de trabajo. Los partidos políticos aseguran que buscan el bien común o que defienden el interés general, que no es exactamente lo mismo. Pero todos ignoran sistemáticamente que España —y más Catalunya— se está suicidando económicamente a largo plazo a causa de una natalidad de derribo.
Como muestra el análisis de Funcas, España ha alcanzado un índice de fecundidad de aproximadamente 1,1 hijos por mujer: prácticamente la mitad de los 2,1 necesarios para mantener, no para hacer crecer, a la población actual. Catalunya presenta una situación aún peor.
Son incapaces de querer ver que el otro gran problema de la economía española, la baja productividad, está estrechamente vinculado a la natalidad a través de la total productividad de los factores (PTF), el componente más determinante de la productividad. Es lo que permite que un país prospere y que sus ciudadanos disfruten de un mayor nivel de bienestar.
Si nos ceñimos a la PTF en los países desarrollados, con especial atención al caso español, la evidencia es suficientemente consistente: la caída de la natalidad, mediante el envejecimiento de la estructura de edades, deteriora la productividad total de los factores. Dicho de otro modo, existe un vínculo positivo entre una pirámide de edades más joven y dinámica y una mayor productividad.
Un estudio de Aiyar, Ebeke y Shao para el Fondo Monetario Internacional, The Impact of Workforce Aging on European Productivity, analiza datos de varios países europeos. Su tesis central es que un aumento de un punto porcentual en la proporción de trabajadores entre 55 y 64 años provoca una reducción del crecimiento de la producción por trabajador de entre 0,25 y 0,7 puntos porcentuales.
El mecanismo no consiste únicamente en la pérdida de fuerza física, sino sobre todo en una disminución de la capacidad de innovación. Los autores citan a Feyrer, que muestra que la edad media de los innovadores estadounidenses se mantiene en torno a los 48 años, mientras que la de los directivos que adoptan nuevas ideas es más baja, aproximadamente de 40 años.
También recogen los resultados de Aksoy y otros autores, que señalan que la estructura demográfica afecta a la innovación. Los trabajadores de mayor edad, particularmente los situados entre los 50 y los 59 años, tienen un impacto negativo considerable sobre el número total de solicitudes de patentes.
Un segundo trabajo, elaborado por Braun e Ikeda para el propio FMI y centrado en Japón, The Impact of Demographics on Productivity and Inflation in Japan, completa este análisis y explica su mecanismo teórico.
Los trabajadores mayores pueden disfrutar de una mayor productividad gracias a la experiencia acumulada. Sin embargo, los jóvenes se benefician de una mejor salud, una mayor velocidad de procesamiento, una mayor capacidad de adaptación a los cambios tecnológicos y un espíritu emprendedor más intenso, factores que impulsan la innovación.
Esta combinación produce una relación en forma de U invertida entre la edad y la productividad, con el punto máximo situado entre los 40 y 49 años. Los autores estiman que el envejecimiento de la fuerza laboral japonesa podría haber reducido el crecimiento anual de la PTF entre 0,7 y 0,9 puntos porcentuales durante el período 1990-2007.
En el caso español, el Banco de España llega a conclusiones similares. Su Boletín Económico sobre envejecimiento y productividad señala que una mayor dimensión empresarial, entornos laborales más flexibles y una formación continuada podrían reducir la caída de la productividad y mejorar la empleabilidad de los trabajadores de mayor edad. Es una cuestión especialmente relevante en el actual contexto de progresivo envejecimiento de la población española.
En una intervención pública de 2024, la Dirección General de Economía y Estadística del Banco de España afirmó sin tapujos que el envejecimiento de los trabajadores incide negativamente tanto en el ritmo de avance de la tasa agregada de empleo como en la productividad.
El Boletín Económico 2024/T3 vincula explícitamente el envejecimiento con menor capacidad de reasignación laboral y, a través de esta, con el crecimiento agregado de la productividad, tal y como recoge el capítulo segundo del Informe anual del Banco de España.
En la misma línea, el estudio de Fedea elaborado por Conde-Ruiz, González y Díaz-Salazar, Inmigración, envejecimiento y dividendo demográfico: el caso de España, sostiene que la caída de la fecundidad y el aumento de la esperanza de vida han reducido la proporción de población en edad de trabajar.
Lo que durante décadas fue un impulso al crecimiento —el llamado dividendo demográfico— se ha convertido ahora en un lastre estructural. Ante este deterioro, la inmigración aparece como uno de los pocos amortiguadores disponibles. Pero la inmigración, en tanto que sustituto, presenta tres problemas.
El primero, y más importante, es que el capital humano medio de los inmigrantes es inferior al de la población autóctona que sustituyen.
En segundo lugar, la magnitud de las llegadas actuales y de las necesidades futuras comporta un impacto social y político difícilmente sostenible, como resulta evidente.
Por último, no es prudente confiar a largo plazo en un flujo inmigratorio extraordinario como el actual, que debería mantenerse e incluso ampliarse indefinidamente si no se produce un cambio sustancial de política.
La lectura conjunta de estos estudios está clara.
En países en desarrollo puede producirse un dividendo económico inicial derivado de la reducción de la natalidad. Sin embargo, en una economía ya envejecida como la española, el vínculo se invierte: más envejecimiento, consecuencia acumulada de décadas de baja natalidad, significa una PTF más débil.
Esta degradación actúa por tres canales recurrentes: menos innovación y menos adopción tecnológica, una reasignación laboral menos eficiente entre sectores y empleos, y una menor tasa de actividad.
Todo ello encaja con la tesis de Charles Jones, pero la sitúa en el terreno empírico. No se trata únicamente de afirmar en abstracto que menos población joven significa menos ideas. La realidad es más precisa y también más grave: la estructura concreta de edades de la fuerza laboral española está vinculada a una productividad más débil.
Y todo ello sin tener en cuenta otros factores relacionados con el capital humano, como un compromiso profesional potencialmente mayor de los trabajadores jóvenes con hijos y su perfil laboral comparativamente mejor. Esta cuestión abriría otro capítulo, todavía insuficientemente explorado, pero cada vez más relevante frente al crecimiento del absentismo laboral entre los más jóvenes.
La conclusión es difícil de rebatir: un país que no tiene hijos no solo pierde población. Pierde trabajadores, contribuyentes, consumidores, innovadores, emprendedores y capacidad productiva. Puede retrasar sus consecuencias con inmigración y endeudamiento, pero no puede abolirlas.
Este es el gran suicidio económico de España y Catalunya. Y lo extraordinario es que empresarios, sindicatos y partidos políticos sigan hablando de productividad y prosperidad sin querer mirar su causa demográfica más profunda.
Empresarios, sindicatos y partidos hablan de productividad, pero ignoran una de sus causas más profundas: el hundimiento de la natalidad. #Economía #Natalidad Compartir en X





