El discurso de Esquerra Republicana sobre la inmigración, formulado por Najat Driouech y proyectado en Madrid por Gabriel Rufián, conduce a un desenlace que el partido no quiere reconocer: la liquidación de Catalunya como nación con lengua, cultura, derecho, historia y tradición propias.
Catalunya vive al mismo tiempo una inmigración masiva, una natalidad suicida, el retroceso del uso del catalán y una cultura de la desvinculación que debilita toda pertenencia duradera. En este contexto, situar a la cultura catalana junto a todas las demás, en un mosaico multicultural sin centro ni jerarquía de integración, significa convertir el catalán en «uno de tantos».
Una lengua minoritaria que pasa a ser una entre muchas, mientras pierde hablantes y capacidad de incorporación, no queda protegida: queda condenada.
Najat Driouech encaja en ese discurso porque personifica la idea de que la integración equivaldría a asimilación. Su trayectoria dentro de ERC refuerza el relato de un país esencialmente plural. Presentada como experta en inmigración, defiende que Catalunya es «un mosaico de culturas» y critica que se confundan integración y asimilación. Catalunya debería definirse por la diversidad, no por una pertenencia lingüística y cultural común.
Rufián adopta la misma música. En el Congreso declara que siente el catalán como una lengua propia y querida, pero prácticamente nunca lo utiliza, a pesar de poder hacerlo. Políticamente, remarca que «no va de lengua, no va de apellidos, no va de barrios» e invoca la diversidad de la nación catalana. Diversidad, mosaico de culturas, multiculturalidad: expresiones que sustituyen a la realidad histórica de Catalunya por una abstracción progresista perfectamente española.
El proyecto de ERC en esta materia es el de un partido progre español: multiculturalidad, antirracismo y ciudadanía inclusiva. El mecanismo consiste en sugerir que quien no acepta la multiculturalidad es racista y contrario a la inclusión.
Son dos falsas deducciones. Racismo significa considerar una raza inferior a otra, y este no es el debate catalán. Aquí se trata de la continuidad de una lengua, una cultura, un derecho y una comunidad histórica. La fórmula «es catalán todo el que vive, trabaja y ama a Catalunya» no pregunta si alguien es blanco, moreno o pelirrojo. ERC lo sabe, pero descalifica en aras de la conveniencia política, no de la realidad ni de la verdad.
¿Y quién puede discutir la inclusividad? La pregunta es: ¿incluirse en qué?
No en una abstracción, sino a Catalunya, y esto presupone unas condiciones compartidas. Sin este punto de llegada, la inclusión deja de ser incorporación a una comunidad y se convierte en simple coexistencia territorial.
El multiculturalismo es el reconocimiento público simétrico de culturas sin jerarquía de integración, a menudo con derechos diferenciados de grupo y sin presión hacia una lengua y cultura públicas comunes. El riesgo de fragmentación y comunidades paralelas es evidente. Si ha sido problemático, cuando no un fracaso, en estados europeos consolidados, en Catalunya puede significar el fin de la historia del catalán, auspiciado por una natalidad suicida y una inmigración masiva.
El modelo más compatible con el bien común es una integración exigente, paulatina y recíproca. No obliga al recién llegado a renunciar a lo suyo, pero tampoco considera suficientes la residencia, el trabajo o el cumplimiento formal de la ley. Integrarse significa establecer vínculos lingüísticos, laborales, educativos, vecinales, cívicos y afectivos. Es una política de vinculación.
Este modelo exige un núcleo común no negociable: con respecto a la dignidad de toda persona y a la igualdad jurídica entre hombres y mujeres; cumplimiento de la ley y rechazo a la violencia; escolarización efectiva de los menores; conocimiento del catalán como lengua propia y común de Catalunya y de los hechos básicos de su historia; respeto a las libertades de conciencia, religión, expresión y conversión religiosa; aceptación de las instituciones democráticas y de los deberes cívicos; y reconocimiento de Catalunya como una comunidad histórica con lengua, cultura e identidad propias.
A partir de este núcleo, debe existir un espacio amplio para conservar lenguas familiares, tradiciones, formas de vestir, gastronomías y prácticas religiosas compatibles con el orden moral y jurídico común.
Es un proceso bidireccional: el recién llegado adopta la lengua y las instituciones públicas comunes como condición de plena participación, mientras conserva legítimamente su cultura, religión y lengua de origen en la esfera privada y asociativa. La sociedad receptora, a su vez, adapta las instituciones y se abre a la incorporación real, no meramente formal, de los recién llegados.
Es el modelo en cuya defensa convergen, con énfasis diferentes, Taylor, con el interculturalismo quebequés; Etzioni, con su “diversity within unity”, y la doctrina social de la Iglesia formulada por el papa Francisco en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar.
Sin integración en un proyecto común de Catalunya —que, por ser realmente común, debe basarse en la catalanidad—, las actuales dinámicas de inmigración y natalidad nos encaminan hacia un fin que ninguna convulsión del pasado había conseguido consumar. La responsabilidad más grave es que serán partidos que se proclamen catalanes quienes lo habrán hecho posible.
Multiculturalismo e identidad catalana: ¿qué futuro espera a Catalunya? La integración no es asimilación, pero tampoco puede ser una simple coexistencia sin un proyecto común. #multiculturalismo #ERC #Catalunya Compartir en X





