Día tras día, datos de fuentes muy diversas coinciden en el progresivo deterioro de la situación económica de la ciudad. El último, y no pequeño, es la desastrosa situación del aeropuerto del Prat con lo que significa de pérdida de actividad económica, porque en definitiva los aeropuertos son un claro indicador de la dinámica del entorno territorial al que sirven.

La pandemia ha provocado una caída radical de la actividad del aeropuerto de Barcelona. De acuerdo con el último informe de tráfico aéreo de la asociación de aeropuertos internacionales (ACI Europe) Barcelona ha caído de los primeros lugares del ranking a una muy secundaria decimoséptima posición, con sólo 2,8 millones de pasajeros en el tercer trimestre de 2020, lo que representa una caída del -82%. Los otros aeropuertos afectados en grado extraordinario han sido el de Frankfurt que ha caído al lugar 10º, con el -85%, y Madrid que se sitúa en el puesto 12º bajando sus cifras al -81%.

El problema añadido de Barcelona es que nuestro aeropuerto está basado en vuelos low cost y tiene una escasa conexión internacional. Este hecho acentúa la dificultad de salir de la crisis, porque señala que sólo la recuperación muy incierta y masiva del turismo le devolverá un lugar proporcionado a sus capacidades. Barcelona ha dejado de ser, y esperemos que sea circunstancial, un destino significativo no ya en el contexto internacional, sino en el europeo, como lo constata su decimoséptima posición.

Para la necesaria recuperación económica de Barcelona urge dotarla de atractivos y de centralidad para recuperar actividad perdida, porque es evidente que la dimensión de la actividad económica de la capital de Cataluña es mucho mayor que la que pueden generar 1,5 millones de habitantes. Ahora se le acumulan problemas de índole diferente. Por un lado una trayectoria de progresivo decaimiento, en beneficio de Madrid que ha ido ganando actividades que eran propias de Barcelona, ​​los sectores de la publicidad y de la editorial son dos ejemplos. Y a este declive en ámbitos concretos se le ha añadido ahora la crisis generalizada provocada por la pandemia que, en nuestro caso, incorpora el grave problema de que carga sus costes sociales sobre sectores específicos, hostelería, actividades culturales, gimnasios, debido a las restricciones que se imponen sin las mínimas contrapartidas por el lucro cesante que generan.

A toda esta amplia y densa problemática se le añade la política de restricciones a la movilidad y a la actividad económica que impone el gobierno Colau. Las medidas que está adoptando, restringiendo la circulación en muchas calles de Barcelona, ​​lo que ha hecho con la Diagonal, una vía básica para la entrada y salida, el nuevo carril bici de la calle Aragón, crean una situación que tiene dos consecuencias. Por una parte genera costes de congestión sobre la actividad privada de la ciudad y merma la productividad de su sistema económico. Por otro, disuade de acudir a ella para trabajar o para comprar; es decir, actúa como un reductor de la citada actividad. Precisamente cuando las políticas necesarias van en sentido contrario. La suspensión de licencias en el Distrito 22@, una de las apuestas para el futuro de la ciudad que hace 20 años que avanza lentamente, es otro caso importante de cómo la política municipal actúa a favor de la crisis en lugar de contrarrestarla.

Barcelona debe atraer actividad y, por tanto, desplazamientos al área metropolitana desde el resto de Cataluña y España. Y esta es una necesidad desesperada a la espera de recuperar la dimensión más internacional. Pero, no es este el camino que ha emprendido.

Un símbolo de esta desafortunada política es la campaña de las luces de Navidad publicada ahora a toda página por el Ayuntamiento. Después de años y años de gobierno de Colau, anclado en un deliberado oscurecimiento de las fiestas navideñas, ahora enciende luces para incentivar la compra. Aunque sea muy tarde, es un buen propósito, pero que tiene dos graves inconvenientes, como sucede en todas las políticas a regañadientes del que manda. Uno es que, a pesar de la voluntad de hacer algo excepcional, la realidad sigue siendo escasa comparada con otras capitales y no sólo en relación con las mismas, sino con la de la misma Barcelona de los años ochenta por situar una referencia. El otro inconveniente radica en el hecho de que ya pueden poner luces, que si acudir a Barcelona es una gincana para los coches, poca gente del entorno vendrá.

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