La UE atraviesa uno de los momentos más convulsos desde su fundación. La guerra de Ucrania, la escalada del conflicto en Oriente Medio —con los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán—, la presión arancelaria de Donald Trump y el ascenso de las derechas radicales han configurado un escenario de tensión sistémica que ha acentuado las divergencias estratégicas entre sus principales dirigentes. En ese contexto de incertidumbre global, Europa se ve obligada a redefinir su papel, su cohesión e incluso su identidad política.
A esta coyuntura ya bastante inestable se le ha añadido un nuevo episodio de confrontación interna que afecta al núcleo duro de la Unión: la Comisión Europea y el Consejo.
El detonante fue el discurso de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ante la Conferencia Anual de Embajadores de la UE. En una intervención de alto contenido político, Von der Leyen instó a adoptar una política exterior «más realista y basada en intereses» en un mundo que describía como caótico y transaccional. Llegó a sugerir que la propia Comisión, concebida como guardiana de los tratados, corría el riesgo de convertirse en una institución anclada en un orden internacional que ya no existe. Europa –dijo– ya no puede actuar como custodia de un sistema que ha desaparecido.
La presidenta fue aún más allá al cuestionar la viabilidad de un orden internacional basado en reglas, y evitó condenar explícitamente los ataques contra Irán, afirmando que no había que derramar ninguna lágrima por el régimen iraní. Más allá de la aceptación o rechazo de estas palabras, su discurso tuvo la virtud de poner sobre la mesa una realidad que la diplomacia europea a menudo prefiere esquivar: el cambio de era en las relaciones internacionales.
Sin embargo, sólo un día después, el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, marcó distancias con la presidenta de la Comisión en el mismo escenario. El dirigente socialista portugués, aliado político de Pedro Sánchez en Bruselas, defendió que la UE debe seguir garantizando un orden internacional basado en normas y cooperación. Costa señaló a Estados Unidos, Rusia y China como fuerzas disruptivas, pero insistió en que Europa no debe renunciar a sus principios fundacionales. Este contraste público evidenció una de las debilidades estructurales de la Unión: la incapacidad de proyectar una sola voz en política exterior.
Costa pudo matizar las discrepancias o gestionarlas en el ámbito interno. No lo hizo. El episodio se convirtió en una manifestación visible de las fracturas ideológicas en la UE, fracturas que, según diversas interpretaciones, Pedro Sánchez intenta instrumentalizar para liderar un polo alternativo dentro del socialismo europeo. Esta estrategia, orientada a obtener rendimientos políticos internos, corre el riesgo de debilitar la coherencia colectiva de la Unión en un momento de redefinición histórica.
La tensión se intensificó con las declaraciones de la vicepresidenta de la Comisión, Teresa Ribera, quien admitió discrepancias abiertas con Von der Leyen sobre la respuesta europea a la escalada bélica en Oriente Medio. Ribera advirtió que cuestionar el derecho internacional es «muy peligroso», en una crítica poco habitual dentro del funcionamiento disciplinado del ejecutivo comunitario. Este posicionamiento, alineado con el gobierno español, evidencia hasta qué punto el conflicto exterior se convierte en un vector de división interna.
El ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel Albares, reforzó esta línea defendiendo con contundencia la necesidad de preservar el orden internacional basado en reglas. Su tesis es clara: la alternativa no es un mejor orden, sino el desorden. España ha llegado incluso a proponer la suspensión inmediata del acuerdo de asociación con Israel, reclamando «valentía» para apostar por la diplomacia ante la lógica militar.
Sin embargo, la pregunta de fondo persiste: ¿es viable defender un orden internacional que las grandes potencias parecen haber abandonado? ¿Puede una China autoritaria actuar como garante? ¿Puede una Europa fragmentada aspirar a serlo? El llamado orden liberal ha sido a menudo una fachada bajo la que se han escondido las intervenciones y los intereses de las potencias dominantes. La diferencia es que hoy las formas se han despojado de retórica.
En este contexto, el papel de Sánchez se convierte en objeto de debate . Varias fuentes señalan que la relación entre el gobierno español y la cúpula europea vive su momento más crítico. Von der Leyen habría llegado a considerarlo un obstáculo sistemático para sus iniciativas, equiparándolo en términos de bloqueo político al primer ministro húngaro, Viktor Orbán . La motivación, según esta visión, sería similar: obtener réditos electorales nacionales a expensas de la cohesión europea.
La relación con el canciller alemán Friedrich Merz también se ha deteriorado, especialmente a raíz del anuncio acelerado sobre la oficialidad del catalán en la UE, percibido en Berlín con escepticismo. El aislamiento del líder español se hizo evidente en el reciente encuentro entre Merz y Donald Trump, donde las críticas del presidente estadounidense a Sánchez no recibieron ninguna defensa pública.
El resultado es que España ha perdido centralidad en los debates clave de 2025, quedando al margen de los formatos decisorios en materia de defensa, industria y geopolítica. No se trata tanto de euroscepticismo como de un desencaje estratégico: mientras Europa aceleraba su adaptación al nuevo orden, España defendía una visión que ya no estructura el poder comunitario.
La próxima cumbre europea se perfila como momento decisivo. Con la guerra de fondo y las posiciones enfrentadas, el riesgo de aislamiento español podría afianzarse.
En síntesis, Sánchez no es un adversario del proyecto europeo, pero sí un actor que introduce fricciones en una fase en la que la UE busca cohesión bajo un liderazgo más pragmático y atlantista. Su principal peligro no es erosionar a Europa, sino quedar progresivamente al margen en el momento en que se redefine su futuro.
La gran pregunta: ¿liderazgo nacional o cohesión europea? El debate marca el futuro del proyecto comunitario. #UniónEuropea #Estrategia Compartir en X






1 comentario. Dejar nuevo
No nos hagamos ilusiones: el proyecto de unidad europea ha sido pervertido precisamente por gente como Von der Leyen y está sumido en una crisis de la que es muy difícil que salga vivo. Al margen del electoralismo que indudablemente hay en las actitudes de Orbán y Sánchez, no puede negarse que, al menos esta vez, aciertan plenamente. La guerra de Ucrania comenzó en realidad con el golpe de Maidan en 2014 por iniciativa y en favor de intereses estadounidenses. Una Europa sumisa y servil asumió el discurso norteamericano en contra de sus propios intereses y de toda decencia y así nos va. Con la actual guerra en el Golfo Pérsico sucede exactamente lo mismo. Von der Leyen (que entre tanto ya ha corregido parcialmente sus desastrosas declaraciones), Merz y en general todos los políticos alemanes actuales están representando el papel que antiguamente correspondió a Inglaterra en la Unión Europea: el de agentes de los EE.UU. Es demencial y escandaloso justificar el cinismo de Von der Leyen apelando, como hace el autor del artículo, a un presunto «realismo» cuyas consecuencias son poner la economía mundial al borde de un colapso energético total, además de avalar masacres como la de las 170 víctimas infantiles de un colegio iraní y de violar flagrantemente las normas más elementales del derecho internacional. Nada ciega tanto como las ideologías.