Los datos sobre bajas laborales ofrecen una de esas paradojas que la sociedad prefiere observar de reojo. Los trabajadores de 25 a 35 años, en principio los más resistentes y saludables, son los que inician más procesos de incapacidad temporal. Registran mensualmente 41,1 bajas por cada 1.000 afiliados, aproximadamente un 4,1%.
Le siguen los de 35 a 45 años, con 34,4. Entre los 45 y los 55, la incidencia desciende hasta 28,7, y entre los 55 y los 65, cuando la edad ya debería empezar a pasar factura, es de 29,7. Los jóvenes tienen una incidencia un 43% superior a la de los trabajadores de 45 a 55 años.
Es necesario precisar que estas cifras expresan procesos iniciados cada mes, no el número total de personas permanentemente de baja. También es cierto que las bajas de los trabajadores mayores son mucho más largas: una media de 79 días entre los 55 y los 65 años, frente a los 46 días de los más jóvenes. Pero la pregunta sigue en pie:
¿por qué la generación biológicamente más fuerte es la que enferma laboralmente con mayor frecuencia?
No es una cuestión menor. La tasa de absentismo por incapacidad temporal ha pasado del 2,4% de las horas pactadas en 2013 al 5,2% en 2024 y al 5,4% durante los tres primeros trimestres de 2025. Las prestaciones por contingencias comunes costaron más de 15.000 millones de euros en 2024, a los que hay que añadir 14.100 millones de costes directos para las empresas. PIMEC estima que, incorporando sustituciones, reorganización y producción perdida, el impacto puede alcanzar magnitudes muy superiores.
La gran empresa puede redistribuir trabajo, contratar a sustitutos y convertir la ausencia en una incidencia administrativa. En una pequeña empresa, en cambio, la baja de una sola persona puede paralizar un departamento entero. Y para un autónomo con dos o tres asalariados significa a menudo aplazar encargos, perder clientes o trabajar él mismo doce horas.
No es casual que los autónomos inicien muchas menos bajas que los asalariados —unos 10 procesos por cada 1.000, frente a 38—, aunque sean más largas. No gozan de mejor salud: simplemente conocen de primera mano el precio de no abrir la persiana.
Sería injusto atribuir ese aumento a la holgazanería juvenil.
Existen bajas plenamente justificadas, un fuerte crecimiento de los trastornos mentales, listas de espera sanitarias, entornos laborales mal organizados y problemas reales de precariedad. Pero tampoco sirve reducirlo todo a las condiciones de trabajo.
AIReF constata que la incapacidad temporal es más frecuente entre trabajadores con contrato indefinido, empleados públicos y plantillas de grandes empresas. Cuanto más protegido está el puesto de trabajo, más aumenta la probabilidad de baja. Es un dato incómodo, pero los datos no tienen la obligación de ser amables.
Sin embargo, también es cierto que los datos de las empresas de trabajo temporal muestran una correlación significativa entre la incidencia de las bajas y la peor calidad del empleo, tanto en términos salariales como de condiciones laborales. La realidad, por tanto, es más compleja que una única explicación.
Existe, además, un factor casi ausente del debate: la transformación familiar de los jóvenes. El grupo que acumula más bajas coincide con la generación que menos se ha casado, que más tarde se emancipa y más aplaza o renuncia a tener hijos.
Un tercio de los jóvenes de 25 a 34 años todavía vive con sus padres. La edad del primer matrimonio se sitúa ya cerca de los 35 años para las mujeres y de los 37 para los hombres, mientras que la edad media de la maternidad alcanza los 32,6 años. Los datos del INE dibujan a una juventud adulta con pocos vínculos estables y pocas responsabilidades familiares.
Esto no demuestra que no casarse provoque bajas laborales. Confundir coincidencia con causalidad sería tan poco serio como negar que pueda existir alguna relación. El matrimonio y los hijos introducen responsabilidad, horizonte de futuro y necesidad de estabilidad.
Cuando otras personas dependen de nosotros, el trabajo deja de ser únicamente una experiencia de autorrealización y se convierte también en un deber. La familia no fabrica héroes laborales, pero educa cotidianamente en la puntualidad, renuncia y continuidad.
La literatura económica ha identificado una asociación entre matrimonio, mayor estabilidad laboral y mayores ingresos, especialmente entre los hombres. También se ha observado que muchos padres aumentan las horas trabajadas después del nacimiento del primer hijo. Una parte puede obedecer a una selección previa –las personas más estables también tienen más probabilidades de formar una familia–, pero otra apunta al efecto transformador de la responsabilidad. Al mismo tiempo, los hijos generan necesidades de cuidado y pueden incrementar determinadas ausencias, sobre todo cuando no existe conciliación. La relación es compleja, pero no inexistente.
La respuesta no consiste en sospechar de cualquier enfermo ni en convertir al médico en inspector de policía. Es necesario mejorar la atención sanitaria, revisar las bajas prolongadas, reforzar la salud mental, implicar mejor a las mutuas y facilitar la sustitución a las pequeñas empresas. Pero también es necesaria una política favorable a la emancipación, la vivienda, el matrimonio, la natalidad y la conciliación.
Es una conclusión que el pragmatismo de muchas organizaciones empresariales prefiere ignorar: lo que se aleja del orden antropológico sobre el que se han construido las sociedades tiene costes que acaban manifestándose también en la economía. El bien, la verdad y la justicia pueden parecer categorías ajenas a los balances contables, pero toda economía descansa, en última instancia, sobre una determinada concepción de la persona humana.
Hemos construido una sociedad que dificulta los vínculos estables y después se extraña que disminuya la capacidad de compromiso. Quizás el absentismo juvenil no es solo un problema médico o laboral. Quizá sea también una factura más de la sociedad desvinculada.
¿Por qué los trabajadores más jóvenes acumulan más bajas laborales? La generación biológicamente más fuerte es la que inicia más procesos de incapacidad temporal. Quizá el problema no sea solo médico ni laboral, sino también social. Compartir en X




