La inmigración en Catalunya (y 2): Cómo convertirla en un activo para el país

En el primer artículo hemos visto que el impacto de la inmigración depende mucho menos del volumen de llegadas que de la composición de los flujos migratorios y la capacidad de absorción del país. El nivel salarial, la calificación profesional, la edad de los recién llegados o la disponibilidad de vivienda explican buena parte de las diferencias entre una inmigración que refuerza el desarrollo económico y otra que puede generar tensiones sociales.

La conclusión está clara: los efectos de la inmigración no están predeterminados. Dependen, en buena medida, de las políticas públicas.

Este es un aspecto que a menudo queda eclipsado por el debate sobre el número de inmigrantes. Sin embargo, la experiencia de los países europeos muestra que las sociedades que obtienen mejores resultados no son necesariamente las que reciben menos inmigración, sino las que disponen de instituciones capaces de integrarla con eficacia.

La pregunta, pues, no es solo cuánta inmigración necesita Catalunya, sino cómo gestionarla para que se convierta en un factor de prosperidad, cohesión social y sostenibilidad demográfica.

El principal reto es adaptar la capacidad de absorción del país.

Ninguna política migratoria puede funcionar si el territorio es incapaz de absorber el crecimiento de la población.

La vivienda es probablemente el mejor ejemplo. Cuando la oferta residencial crece mucho más lentamente que la población, sus efectos son previsibles: aumento de los precios, dificultades de acceso al alquiler, sobreocupación de viviendas y una creciente percepción de competencia por los recursos disponibles.

Este problema no es exclusivo de la inmigración, pero una elevada inmigración puede acentuarlo cuando no va acompañada de un incremento equivalente de la oferta residencial.

Por eso, la respuesta no consiste únicamente en regular los flujos migratorios. También exige aumentar de forma sostenida la construcción de vivienda, especialmente de alquiler asequible, mejorar el transporte público metropolitano y facilitar un desarrollo territorial más equilibrado. Sin esta adaptación, parte de los beneficios económicos derivados de la inmigración acaba convirtiéndose en malestar social.

El mercado de trabajo debe priorizar la productividad.

Durante muchos años, parte importante del crecimiento económico español se ha basado en sectores intensivos en mano de obra y de productividad relativamente baja.

Esta estructura explica que un elevado empleo no siempre se traduzca en un incremento equivalente de los salarios o de la renta por habitante.

Por ello, una política migratoria moderna debería estar mucho más vinculada a las necesidades reales del mercado de trabajo y, sobre todo, a los sectores con mayor valor añadido. No se trata únicamente de cubrir vacantes, sino de favorecer actividades que incrementen la productividad, impulsen la innovación y permitan trayectorias laborales más estables.

Tan importante como seleccionar mejor los perfiles es facilitar su promoción profesional. El reconocimiento de calificaciones obtenidas en el extranjero, la formación continua y los itinerarios de calificación son herramientas indispensables para que los inmigrantes no queden atrapados de forma permanente en los segmentos más precarios del mercado laboral.

Las políticas públicas deben mirar el conjunto del ciclo vital.

Uno de los errores más frecuentes en el debate sobre inmigración es reducirlo a la oposición entre contribuyentes y perceptores de servicios públicos.

En realidad, cualquier persona alterna a lo largo de la vida períodos en los que aporta más recursos de los que recibe y otros en los que sucede lo contrario: durante la infancia, la jubilación o en determinadas situaciones de dependencia.

Por este motivo, varios organismos internacionales recomiendan analizar la contribución fiscal a lo largo de toda la trayectoria vital y no solo en un momento determinado. Esta perspectiva permite valorar con mayor precisión los efectos económicos de la inmigración y diseñar políticas de integración más eficaces.

Las administraciones podrían contribuir mucho más a este debate si publicaran regularmente balances por cohortes —según la edad de llegada, el nivel educativo, la situación familiar o la trayectoria laboral— en lugar de limitarse a datos agregados que a menudo esconden realidades muy distintas.

La educación es la primera política de integración.

Si existe una institución capaz de transformar una sociedad diversa en una comunidad cohesionada, esta es la escuela. Por eso, la política educativa no debería limitarse a garantizar la escolarización de todos los niños, sino que también debe favorecer la igualdad de oportunidades y evitar que las diferencias de origen acaben convirtiéndose en desigualdades permanentes.

Este objetivo no depende solo de los recursos económicos. También exige una distribución equilibrada del alumnado, mecanismos de admisión que eviten concentraciones excesivas en determinados centros y un refuerzo específico de aquellas escuelas que asumen mayor complejidad social.

Cuando la segregación escolar aumenta, disminuyen las oportunidades de relación entre alumnos de procedencias diversas, se dificulta el aprendizaje de la lengua común y aumenta el riesgo de que las desigualdades sociales se perpetúen de una generación a otra. Por el contrario, una escuela inclusiva es probablemente la mejor inversión que puede realizar un país en cohesión social.

El catalán es una política de integración, no solo de preservación.

En Catalunya existe un elemento que diferencia el debate migratorio del de otras comunidades autónomas: la lengua.

El catalán no es únicamente un patrimonio cultural a preservar. También es una herramienta de integración social, de acceso al mercado laboral y de participación en la vida colectiva. Cuando los nuevos residentes incorporan el catalán a su actividad cotidiana, aumentan sus oportunidades laborales, amplían las relaciones sociales y refuerzan la cohesión del conjunto de la sociedad.

Los datos disponibles indican que existe una predisposición significativa a aprender catalán entre una parte de los inmigrantes. El problema es que esa predisposición no siempre se convierte en uso habitual. Con demasiada frecuencia, el aprendizaje llega tarde, depende de la iniciativa personal o queda limitado a cursos voluntarios con una cobertura insuficiente.

Por ese motivo, la política lingüística debería formar parte del proceso ordinario de acogida. El empadronamiento, la escuela de adultos, los servicios municipales, la atención sanitaria o los programas de inserción laboral deberían incorporar itinerarios lingüísticos accesibles, rápidos y adaptados a las necesidades de cada persona.

El objetivo no es imponer una lengua, sino convertir al catalán en la primera lengua de oportunidad para los nuevos residentes. Cuando esto se logra, la integración es más sólida y el futuro de la lengua también.

Cohesión social y seguridad: ni alarmismo ni negación.

Pocas cuestiones generan tanta polarización como la relación entre inmigración y seguridad.

Por un lado, existen discursos que atribuyen a la inmigración la responsabilidad de buena parte de la delincuencia. Por otro lado, hay quien evita cualquier debate al respecto por miedo a alimentar actitudes xenófobas.

Ninguna de estas posiciones ayuda a entender la realidad.

Los datos muestran que en determinados tipos de delitos puede haber sobrerrepresentaciones de algunos colectivos, pero también indican que estas diferencias están fuertemente condicionadas por factores como la edad, el sexo, la situación socioeconómica, la precariedad laboral o la irregularidad administrativa. Confundir correlación con causalidad solo contribuye a alimentar prejuicios y dificulta la identificación de problemas reales.

Por eso, una política eficaz debería combinar varios instrumentos: prevención de proximidad, integración laboral, reducción de las bolsas de marginalidad, persecución efectiva de la delincuencia y una información pública más transparente que permita analizar los datos sin simplificaciones.

La cohesión social no se construye negando los problemas, pero tampoco exagerándolos.

La inmigración también tiene consecuencias en los países de origen.

Al hablar de inmigración, casi siempre se analizan los efectos sobre los países receptores. Con mucha menos frecuencia se considera qué ocurre en los países de origen.

La salida de profesionales cualificados puede reducir la disponibilidad de capital humano en sectores esenciales como la sanidad, ingeniería o educación. Este fenómeno, conocido como brain drain, preocupa desde hace décadas a organismos internacionales como la OCDE, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

Cierto es que la emigración también genera efectos positivos. Las remesas enviadas a las familias, las redes de la diáspora o el retorno posterior de profesionales con mayor experiencia pueden compensar parcialmente esta pérdida de capital humano. Es lo que algunos autores denominan brain circulation.

Sin embargo, una política migratoria responsable no debería ignorar esta dimensión internacional. La cooperación con los países de origen y reclutamiento ético, especialmente en profesiones con déficits estructurales, forman parte de una visión equilibrada del fenómeno migratorio.

Una política migratoria basada en la realidad.

El debate sobre la inmigración suele oscilar entre dos extremos igualmente simplificadores. Unos la presentan como una solución automática a los problemas demográficos y económicos; otros la consideran una fuente inevitable de conflictos sociales.

Los datos no confirman ninguna de estas dos visiones.

La inmigración no es, por definición, ni una oportunidad ni un problema. Puede ser una cosa u otra según la composición de los flujos migratorios, el funcionamiento del mercado laboral, la disponibilidad de vivienda, la calidad del sistema educativo, la capacidad de integración lingüística y la eficacia de las políticas públicas.

Esta es, probablemente, la principal enseñanza que se desprende de la experiencia catalana y europea.

Conclusión

Ambos artículos de esta serie parten de una idea muy sencilla: el debate sobre la inmigración solo puede abordarse con rigor si se dejan de lado tanto los prejuicios como los eslóganes.

En el primer artículo hemos visto que el balance de la inmigración depende sobre todo del perfil de los inmigrantes, sus salarios, su participación en el mercado laboral y la capacidad de absorción del territorio. En este segundo hemos analizado las políticas que pueden reforzar los efectos positivos y reducir sus riesgos.

Catalunya seguirá necesitando inmigración durante las próximas décadas. El envejecimiento demográfico, la baja natalidad y las necesidades del mercado de trabajo lo hacen previsible. La cuestión fundamental no es si este proceso continuará, sino cómo gestionarlo.

Una política migratoria responsable no debería fijarse exclusivamente en el volumen de llegadas. Debería aspirar a una inmigración compatible con la capacidad de integración del país, con la sostenibilidad de los servicios públicos, con la mejora de la productividad y con la preservación de los elementos que definen la cohesión de la sociedad catalana.

En definitiva, la calidad de las políticas migratorias acabará determinando mucho más el futuro de Catalunya que la simple magnitud de los flujos migratorios.

La calidad de las políticas migratorias acabará determinando mucho más el futuro de Catalunya que la simple magnitud de los flujos migratorios. #inmigración Compartir en X

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