En “La Ilíada”, epopeya con la que se inicia la tradición literaria de nuestra cultura, reviste especial importancia la narración de las honras fúnebres rendidas a dos guerreros caídos en combate. Describe primero el funeral de Patroclo, en el que “como solloza un padre quemando los huesos del hijo, de igual modo sollozaba Aquiles al quemar los huesos de su amigo”. Cuenta luego cómo, al enterarse Príamo de la muerte de Héctor, pide a Aquiles que le entregue el cuerpo de su hijo, accediendo aquel conmovido por el dolor del viejo rey; y entonces, “por espacio de nueve días acarrearon abundante leña, y cuando por décima vez apuntó Eos, que trae la luz a los mortales, sacaron, con los ojos preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira, y le prendieron fuego”. Cierra Homero su poema con este verso: “Así celebraron las honras de Héctor, domador de caballos”.
Muchos siglos después, al otro extremo del Mediterráneo, pero dentro del ámbito de la misma cultura, una patria consintió casi muda el entierro de varias decenas de sus hijos, que encontraron la muerte en un Yak-42 accidentado en Turquía, sin cuidar antes de identificar con diligencia sus despojos. Hoy, la patria ha sido también cicatera con el capitán de la Guardia Civil don Jerónimo J. M. y el guardia civil don Germán P.G. (cuyos apellidos no he sabido encontrar), caídos en acto de servicio en la Guerra del Sur.
Digo Guerra del Sur, porque los episodios que se suceden en la costa andaluza son auténticas acciones de guerra, ya que una guerra es la que enfrenta a los comandos de narcotraficantes con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Una guerra distinta a las viejas guerras por territorio, como son la guerra de Ucrania y las de Oriente Medio.
En efecto, como ha escrito el profesor Álvaro d’Ors (“Bien común y enemigo público” (2002), la globalización del mundo ha producido el resultado de que han surgido algunas nuevas formas de guerra, heterogéneas en sus causas, que han dejado de ser unas guerras territoriales de ejércitos estatales enfrentados en la pugna por dominar el suelo del enemigo, para convertirse en unos conflictos nuevos en aras de lograr sólo una posición de ventaja que permita la obtención de un beneficio económico. Guerras por la hegemonía económica. Una guerra, en el caso de la Guerra del Sur, para asegurar la impunidad en una zona crucial para el negocio de la droga.
Así las cosas, no hace falta discurrir demasiado para entender con facilidad que los servidores públicos —las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado— que asumen la protección de la población y la defensa del Estado en esta nueva clase de guerras son soldados. Soldados que, como tales, son merecedores de la consideración y la dotación que merecen todos aquellos que han asumido, por su oficio, la obligación de cumplir con su deber hasta las últimas consecuencias. ¡Ay de la nación que no honra a sus soldados! Está muerta.
Por esta razón resulta inaceptable el comportamiento del Gobierno de España y del Partido Socialista que lo vertebra, con motivo de la muerte en acto de servicio, y en unas condiciones de dotación precarias, de los dos guardias civiles a los que sólo identificamos por las iniciales de sus apellidos, negándoles así la individualización que exige y merece su sacrificio.
¿Cómo es posible que no asistiesen a sus exequias ni la ministra de Defensa -Margarita Robles- ni el del Interior -Fernando Grande-Marlaska-? ¿Cómo es posible que la candidata María Jesús Montero haya hablado de accidente laboral hasta que se le arrancó con fórceps una rectificación?
¡Pobre España, que ya no acierta ni a enterrar a sus muertos con decoro!
Pero hay que recuperar siempre la esperanza. Cada día comienza de nuevo la historia para los hombres y mujeres que se incorporan a ella. Y seguro que en alguno de estos hombres y mujeres influirá, en un futuro no lejano, el recuerdo de estos soldados que entregaron su vida en una tarea que era su misión. Sólo eran unos soldados, pero –observata lege plene– fueron fieles hasta la muerte. Gracias y descansen en paz.
La lucha contra las narcolanchas necesita medios, apoyo y respeto. No más héroes abandonados Compartir en X





