La falsa tradición cristiana de Aliança Catalana

Las encuestas lo indican con rotundidad: el eje electoral de Aliança Catalana no es la independencia, sino la oposición a la inmigración musulmana.

Menos de la mitad de sus votantes pueden considerarse independentistas tradicionales; muchos forman parte de lo que algunos estudios califican de «ortodoxos culturales», más preocupados por la inmigración y la identidad que por la secesión. Solo un 52% considera prioritaria la independencia, mientras que prácticamente la totalidad defiende limitar la inmigración. A esto se le añade otra característica decisiva: cerca del 80% cree que se están perdiendo las tradiciones que definen la cultura catalana.

Pero a esta caracterización hay que añadir otro elemento que cada vez se manifiesta con mayor claridad: una agresiva hostilidad hacia la Iglesia católica, expresada recientemente en la beligerancia contra el Papa y contra todos aquellos católicos que comparten su mensaje.

Sílvia Orriols lo formuló así en referencia a la visita de León XIV:

«validar con su presencia una Iglesia que desprecia a los catalanes, que no reconoce a los homosexuales cristianos y que contribuye con su insólito y selectivo paternalismo a la islamización de Europa y del mundo».

Las tres acusaciones son, sencillamente, un disparate.

La Iglesia ha sido históricamente uno de los principales puntales de la catalanidad y el catalanismo . En palabras bien conocidas, ha contribuido decisivamente a «salvar las palabras».

En cuanto a los homosexuales, lo que no reconoce es el matrimonio entre personas del mismo sexo, una posición que no es exclusiva del catolicismo ni universalmente rechazada, dado que una gran parte de los estados del mundo todavía no lo reconocen.

Y en cuanto a la supuesta islamización, resulta difícil encontrar una institución que, especialmente en África, haya constituido un contrapeso más sólido a la expansión del islam que el cristianismo católico.

Lo demagógico de todo es que este discurso se formula invocando la tradición cristiana y milenaria de Catalunya.

En realidad, Aliança Catalana representa una concepción nacionalista radicalmente distinta a la tradición catalana. Nada tiene que ver con el nacionalismo comunitario de Jordi Pujol. Es un nacionalismo que tiende a convertir a la nación en criterio último de verdad y de legitimidad . Y esto es extraordinariamente peligroso. La historia europea ya ha conocido las consecuencias de ese planteamiento.

La gran tradición catalana —de Ramon Llull a Torras i Bages, pasando por Balmes, Verdaguer o Gaudí— nunca entendió a Catalunya como una realidad autosuficiente. Catalunya era una mediación concreta de un orden superior: la cristiandad, la ley moral, la dignidad de la persona y el bien común.

Cuando Torras i Bages escribe La tradició catalana, no afirma que Catalunya sea la fuente de la verdad. Afirma exactamente lo contrario: Catalunya es fecunda cuando arraiga en una verdad que la trasciende. La nación no crea la verdad; la recibe.

Por eso el mensaje de León XIV resulta tan incómodo para determinados sectores. El Papa introduce un criterio distinto del nacional, del partidista y del ideológico: la dignidad humana integral.

La tradición catalana se expresa hoy en la medida en que la Iglesia en Catalunya se mantiene fiel al mensaje que los obispos catalanes formularon en su declaración sobre Las raíces cristianas de Catalunya. Una tradición que muchos desconocen o prefieren ignorar.

Defender esta tradición es precisamente lo contrario de lo que representa Aliança Catalana, que no tiene reparo en exhibir las banderas del homosexualismo político en la fachada del Ayuntamiento de Ripoll siempre que puede, mientras pretende presentarse simultáneamente como guardiana de la tradición cristiana.

Resulta inevitable recordar algunas observaciones que Thomas Childers recoge en su Historia del Tercer Reich sobre los orígenes del movimiento nazi, la labor propagandística de Goebbels y la construcción sistemática de relatos políticos simplificadores. No porque las situaciones sean comparables, sino porque determinados mecanismos de propaganda, simplificación y construcción del enemigo presentan preocupantes semejanzas.

Detrás de muchas de las declaraciones de Sílvia Orriols aparece la influencia de su principal referente ideológico, Jordi Aragonès, que intenta proporcionar fundamento doctrinal a estas tesis.

Incluso cuando pretende demostrar erudición, termina incurriendo en manipulaciones significativas. En su escrito de justificación, acude al papa Gelasio I para sostener que la Iglesia no debería pronunciarse sobre cuestiones como la inmigración. Pero omite precisamente lo esencial.

Gelasio distingue entre autoridad espiritual y poder temporal. Ciertamente. Pero nunca separa moral y política. Según la doctrina católica, los obispos no gobiernan el Estado, pero tienen derecho y deber de juzgar moralmente las decisiones políticas. Si no fuera así, la Iglesia no habría podido condenar la esclavitud, el nazismo, el comunismo, el aborto o la eutanasia.

La doctrina social de la Iglesia existe precisamente porque existen cuestiones temporales con profundas implicaciones morales. Lo recuerda también la encíclica Magnifica Humanitas, que aborda desde la inteligencia artificial hasta los riesgos asociados al creciente poder del capitalismo tecnológico.

En su afán de criticar al Papa y a los católicos que comparten su mensaje —una actitud que les acerca a Vox cuando estos atacan el catolicismo en nombre de una supuesta tradición—, olvidan lo más importante: lo que realmente León XIV dijo.

Durante su visita a España, el Papa insistió sobre todo en la dignidad de la vida humana, la protección del no nacido, la crítica de la eutanasia, la defensa de la familia, el derecho preferente de los padres a la educación, la necesidad de una tecnología al servicio de la persona y la reconstrucción moral de la democracia.

Este era el núcleo de su mensaje.

Sin embargo, sus críticos reducen casi toda su visita a una polémica sobre el catalán o el castellano, la inmigración, la identidad nacional o las relaciones con los obispos catalanes. Es una reducción caricaturesca de un mensaje mucho más profundo y exigente.

Y todavía existe una contradicción adicional.

Si tanto preocupa la defensa de la lengua catalana, conviene recordar que León XIV hizo durante su visita un uso amplio, natural y respetuoso del catalán.

En cambio, en octubre de 2024, Sílvia Orriols asistió a un acto celebrado en la Gran Sinagoga Maimónides de Barcelona con motivo del primer aniversario de los ataques de Hamás contra Israel. Todo el acto se desarrolló en español. El catalán estuvo completamente ausente, aunque la práctica totalidad de los asistentes y organizadores eran locales.

Aquel día, ni antes ni después, Aliança Catalana denunció la marginación de la lengua catalana. En ese caso concreto no tuvo nada que decir.

Esto es también Aliança Catalana. Quizás vale la pena recordarlo cuando vuelva a presentarse como única defensora de la identidad, la lengua y las tradiciones del país.

De Llull a Torras i Bages, la tradición catalana nunca situó a la nación por encima de la verdad moral. #AliançaCatalana #TradicióCatalana Compartir en X

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