En otro tiempo fui conseller de Agricultura i Ganadería, y las epidemias animales formaron parte de mis preocupaciones. Sobre todo, dos. La temible peste porcina africana, que conseguimos erradicar de Catalunya, y la peste equina, que de alcanzarnos habría impedido las pruebas hípicas de los JJ.OO. Lo evitamos con una medida excepcional: cerrando la frontera sanitaria de Catalunya a todo transporte de equinos y controlando los puntos de paso con la Guardería Rural.

Desde entonces he mantenido el interés por este tipo de enfermedades. Por su impacto económico y, también, porque algunas acaban amenazando a la salud humana. Y esta es la causa de que observe con preocupación las voces privadas y las prácticas gubernamentales que quieren conducirnos a gripalizar la ómicron.

Esta frase del primer ministro israelí Naftali Bennett resume sus razones: “La tempestad de infecciones acabará pasando. No podemos hacer nada”. De este “no poder” y de su menor gravedad relativa se concluye que lo mejor es tratar esta variante del SARS-CoV-2 como una gripe, abandonando las tareas de detección y rastreo y eliminando las prohibiciones excepto las mascarillas. Se va dejando la responsabilidad en manos de cada uno, como con la gripe, asegurando una vacunación masiva. De hecho, ya estamos recorriendo este camino.

Pero esta es una dinámica peligrosa, una tentación terriblemente equivocada, cuya máxima virtud es que libera al Gobierno de sus responsabilidades.

Porque, como advierte la OMS, la ómicron no es una gripe. Solo estamos ciertos de su brutal capacidad de contagio: se reproduce hasta 70 veces más rápido que la delta en los bronquios en 24horas.

Sus consecuencias son estas:

  1. Menos hospitalizaciones relativas no significa pocas en términos absolutos, dada la magnitud de los contagios. La ómicron deteriora el sistema de salud, degrada su servicio y dificulta la atención de otras patologías, lo que empeora su morbilidad y mortalidad.
  2. Castiga la economía y los servicios públicos a causa del elevado número de bajas temporales, empeora la producción, la productividad y la atención ciudadana; desorganiza los sistemas.
  3. El desbordamiento del sistema sanitario, detección, secuenciación y rastreo no es algo trivial. Constituye una dura advertencia: no estamos preparados.

Los coronavirus son virus de animales causantes sobre todo de enfermedades respiratorias y gastrointestinales, que en determinados casos se contagian a humanos. Se conocen siete coronavirus que nos infectan. Cuatro de ellos (HCoV-229E, HCoV-OC43, HCoV-NL63 y HCoVHKU1) son comunes y responsables de muchos de los resfriados, generalmente leves, con casos más graves en lactantes y ancianos. Los otros son el MERS-CoV, que provoca el síndrome respiratorio de Oriente Medio (2012, Arabia Saudí), el SARS-CoV-1, y el SARS-CoV-2, que venimos sufriendo. Y aquí es conveniente una observación. El HCoV-OC43 de origen bovino, que ahora es un resfriado común, es el principal sospechoso de la pandemia de gripe rusa de 1889-1891, que mató a un millón de personas.

¿Qué nos dice todo esto? Que cada vez es más frecuente la posibilidad de nuevos coronavirus (además de mutaciones de los conocidos), que pueden acarrear consecuencias leves o peligrosas. ¿Acabará el SARS-CoV-2 como un resfriado común y es el final de la pandemia? No lo sabemos, ni conocemos a qué velocidad lo hará. Es probable; para nada seguro. El riesgo está ahí y lo estamos viviendo.

La vacuna forma parte de la solución, pero no es la solución. No afrontaremos el futuro razonablemente seguros si no se adoptan además unas medidas de amplio consenso:

  1. Libro blanco de la covid. Balance de las medidas adoptadas y sus resultados en el Congreso, y en una comisión científica independiente.
  2. Una buena ley de prevención y protección de pandemias y enfermedades contagiosas, y una agencia, independiente del poder político.
  3. Multiplicar la capacidad de la asistencia primaria y hospitalaria aumentando los recursos.
  4. Disponer de un sistema de detección, secuenciación y rastreo estable y suficiente.
  5. Uso masivo gratuito o subvencionado de tests de antígenos. Todo esto requiere dinero. No es el problema. Loseñalaba este excelente economista que es Josep Oliver Alonso: el MEDE dispone de 200.000 millones de euros en créditos blandos para combatir la epidemia, que España no ha utilizado.

Artículo publicado en La Vanguardia

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