No es seguro que Cataluña haya sabido preservar, con la justa medida, el reconocimiento debido a Jordi Pujol. Lo digo sin ingenuidad ni candor: conozco de cerca —demasiado de cerca— la intensidad de un resentimiento que a menudo no es simple discrepancia, sino una forma de aversión persistente, casi física, que atraviesa izquierdas y derechas. Lo he visto en personas que, en otras circunstancias, querrían ponderadas y liberales; lo he oído en palabras que, escritas o dichas, no buscaban la verdad, sino la condena.

En este hecho hay una grieta moral. Una comunidad que no sabe ordenar su memoria, que no sabe distinguir entre juicio y escarnio, acaba perdiendo la noción de lo sustancial. Y Pujol —no el único, ni necesariamente el más íntegro, pero sí uno de los más constantes— pertenece a esa categoría. En él, como antes Enric Prat de la Riba, confluyen el hombre de doctrina y el hombre de acción: la resistencia y la construcción; el pensamiento y la obra; el proyecto y su ejecución tenaz en el tiempo.

Pujol no es sólo una biografía. Es un período. Es la larga arquitectura de un autogobierno que, con todas sus limitaciones, dio forma a la Cataluña autonómica y, por extensión, a la ordenación territorial de España. En un país que venía de la fractura y de la tentación recurrente del desorden –pensamos en la deriva cantonalista de la Primera República–, el autonomismo fue una síntesis operativa: imperfecta, sí, pero fecunda. Y esa fecundidad no puede borrarse con un gesto, ni con una sentencia, ni con un clima moral adverso.

Ahora bien, la historia no exime de responsabilidades. Y es aquí donde el juicio resulta necesario. Pero la necesidad de la justicia no legitima cualquier forma de practicarla.

Hoy, con noventa y cinco años, Jordi Pujol comparece ante un tribunal en Madrid en unas condiciones que interpelan a la más elemental conciencia jurídica. Los informes médicos describen un severo deterioro físico y cognitivo: dificultades de movilidad casi absolutas, una capacidad mermada para procesar el lenguaje, una lucidez intermitente que lucha, con dignidad, contra los límites del cuerpo.

La pregunta es inevitable: ¿qué se busca con esa comparecencia personal? ¿Qué ganancia probatoria real aporta someter a un hombre en ese estado a un desplazamiento largo y a la tensión de una vista judicial? La justicia, cuando se desata de la prudencia, puede convertirse en una forma de representación; y la representación, cuando se vacía de necesidad, deriva en escarnio. No hablemos solo de un individuo, ni siquiera de una familia. Hablamos de una idea de país que, guste o no, también se reconoce en su trayectoria.

Hay, además, un elemento que no puede ignorarse: una cuarta parte de los ciudadanos de Cataluña ha nacido fuera. Para muchos de ellos, Pujol es una figura remota, casi ajena. Esto no es un reproche; es una constatación. Pero es también un indicador del riesgo: cuando la memoria se debilita, el juicio se vuelve más volátil, más permeable a las pasiones inmediatas. Y una comunidad sin memoria ordenada es una comunidad sin criterio estable.

Sostengo —y lo hago como hipótesis, no como veredicto— que el proceso ha avanzado poco en términos probatorios respecto al conjunto de delitos imputados, hasta el punto de que el resultado previsible para el propio Pujol podría situarse muy por debajo de las expectativas que, durante años, se han ido hinchando. Ante esta asimetría entre expectativa y prueba, la tentación de compensar con severidad formal lo que no se alcanza con solidez material es conocida en la historia judicial: convertir el procedimiento en escenificación.

No afirmo que sea así. Pero la mera sospecha es ya, en sí misma, inquietante. Porque la justicia, para ser creíble, no solo debe ser imparcial; también debe parecerlo. Y cuando una decisión procesal —como la de exigir la presencia física de una persona en estado de fragilidad extrema— no se percibe como estrictamente necesaria, se abre una grieta en la confianza pública.

Por último, hay una cuestión más profunda. La política contemporánea parece haber diluido la idea de una exigente conciencia. En otros tiempos —no idealizamos, pero tampoco negamos— existía una relación más directa entre error y responsabilidad interior. Pujol, con todas sus luces —muchas— y sombras, pertenece a una generación que, al menos, reconocía ese vínculo. Hoy, con demasiada frecuencia, la deshonestidad se disuelve en la normalidad, y la sanción moral interna desaparece.

No se trata de exculpar, sino de discernir No se trata de negar el juicio, sino exigir que sea justo tanto en la forma como en el fondo. Cataluña no puede permitirse sustituir la memoria por la animadversión, ni la justicia por el escarnio. Porque, en ese intercambio, lo que se pierde no es solo la figura de un hombre —que ya sería bastante grave—, sino la calidad moral de un país.

Cuando el juicio se convierte en espectáculo, la confianza pública se rompe. #JordiPujol #Tribunales #Política Compartir en X

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