Si hay un país que ha hecho de la inmigración uno de los fundamentos de su grandeza, ese es Estados Unidos. Precisamente por eso, su experiencia resulta especialmente valiosa para comprender por qué un fenómeno que ha sido una fuente extraordinaria de prosperidad puede convertirse también en uno de los conflictos políticos y sociales más intensos de una sociedad.
Un estudio publicado el 21 de septiembre por Our World in Data, basado en una serie estadística que comienza en 1850, permite identificar tres factores fundamentales: la magnitud absoluta de la inmigración, su proporción respecto a la población total y el cambio cultural asociado a la procedencia de los inmigrantes.
La combinación de estos tres elementos proporciona una explicación más profunda del conflicto migratorio que las habituales simplificaciones sobre la xenofobia o los beneficios económicos de la inmigración.
Primera lección: una magnitud nunca vista
En 2024, Estados Unidos registraba 50,2 millones de residentes nacidos en el extranjero, la cifra más elevada de toda la serie histórica del censo estadounidense. En 1970 solo había 9,6 millones. En poco más de medio siglo, esta cifra se había multiplicado por más de cinco.
La gran aceleración comienza a partir de los años ochenta y se prolonga durante el siglo XXI.
Más aún: las estimaciones mensuales de Pew Research situaban el máximo en 53,3 millones en enero de 2025, antes de que se iniciara un retroceso. Cabe advertir que estas estimaciones y las del censo anual no son directamente comparables.
Una transformación demográfica de esta magnitud no puede ser socialmente neutra. Significa millones de nuevas necesidades de vivienda, educación, sanidad, transporte y servicios públicos, pero también millones de trabajadores, contribuyentes y consumidores.
La cuestión es si las instituciones, las infraestructuras y la sociedad receptora tienen capacidad para absorber esta transformación. Si el ritmo de llegada supera persistentemente esa capacidad, las tensiones son previsibles.
Segunda lección: el regreso al 15 %
La perspectiva histórica introduce una precisión fundamental.
Pese al récord absoluto, el peso relativo de los inmigrantes no es completamente nuevo en la historia estadounidense. Entre 1870 y 1910, durante la gran expansión industrial y territorial, la población nacida en el extranjero representaba aproximadamente entre el 13 % y el 15 % del total.
En 1890 alcanzaba el 14,8 %. En 1910 todavía era del 14,7 %. Después disminuyó hasta el mínimo del 4,7 % en 1970.
En 2024 había vuelto exactamente al 14,8 %.
Es una coincidencia histórica extraordinariamente reveladora. Estados Unidos ha necesitado más de cincuenta años de crecimiento migratorio sostenido para recuperar la proporción característica de su gran época inmigratoria.
El 15 % no constituye ningún umbral científico universal a partir del cual aparezca necesariamente el conflicto. Pero sí nos indica la envergadura de la transformación que experimenta una sociedad cuando aproximadamente una de cada siete personas ha nacido fuera del país.
Y la historia advierte que aquellas grandes oleadas tampoco transcurrieron pacíficamente. Las tensiones políticas y culturales desembocaron en la restrictiva Ley de Inmigración de 1924, que establecía cuotas según el origen nacional y discriminaba especialmente a determinados colectivos.
La reacción contra la inmigración no es, por tanto, una anomalía exclusiva de nuestro tiempo. Tiene precedentes precisamente en la historia del país construido por inmigrantes.
Tercera lección: el cambio de procedencia y el conflicto cultural
Hay todavía un tercer factor, posiblemente el más ignorado en los debates europeos.
Las grandes oleadas migratorias de finales del siglo XIX y principios del XX procedían mayoritariamente de Europa. Alemanes, irlandeses, italianos y poblaciones de Europa oriental aportaban lenguas, religiones y tradiciones diferentes, pero compartían una parte considerable del sustrato cultural europeo.
Esto no significa que la integración fuera sencilla. Los conflictos religiosos y las discriminaciones contra católicos, irlandeses o italianos lo desmienten.
Pero la composición actual es radicalmente diferente.
Según el censo estadounidense, en 2024 vivían allí aproximadamente 25,8 millones de personas nacidas en América Latina y 15,5 millones nacidas en Asia. En conjunto, representaban más del 80 % de los residentes nacidos en el extranjero.
La inmigración contemporánea presenta, por tanto, una diversidad de orígenes muy diferente a la de la época anterior.
Esto no significa que una procedencia no europea implique incapacidad de integración. Sería una conclusión injustificada. Pero tampoco es razonable ignorar que las diferencias lingüísticas, religiosas, familiares y culturales pueden introducir dificultades específicas de convivencia e integración, especialmente cuando los flujos son intensos y continuados.
La inmigración no es solo una cuestión de cantidades. Es también una cuestión de continuidad cultural, cohesión social y capacidad de integración.
Cataluña: una lección que no deberíamos ignorar
Y aquí aparece un dato que debería hacernos reflexionar.
Según el Idescat, en Cataluña, a 1 de enero de 2025, el 25,1 % de la población había nacido en el extranjero: más de dos millones de personas. En el Barcelonès, la proporción alcanzaba el 34,1 %.
Es una magnitud muy superior al 14,8 % estadounidense de 2024. Naturalmente, las trayectorias históricas y las características institucionales son diferentes, pero la comparación resulta elocuente.
Y Cataluña afronta una circunstancia específica: dispone de una lengua propia que no es la dominante en el conjunto del Estado ni siempre la principal lengua de acogida de los recién llegados.
La cuestión no consiste en negar los beneficios de la inmigración, que pueden ser considerables, sino en comprender que ninguna sociedad puede transformar indefinidamente su composición demográfica sin una política explícita sobre el volumen de los flujos, la integración, las necesidades colectivas y la continuidad cultural.
Estados Unidos nos enseña que la inmigración puede construir una gran nación. Pero también que su magnitud, intensidad y composición pueden convertirla en un formidable factor de conflicto.
La lección está clara: no basta con gestionar la llegada de personas. Hay que gobernar las consecuencias de la transformación que provocan. Y también delimitar sus límites.
Y eso es precisamente lo que Cataluña todavía no hace con la determinación necesaria, porque, como en otros aspectos de nuestra historia, oscila entre el todo, que conduce a la impotencia, y la nada, que lleva al desastre.
Estados Unidos, el país construido por inmigrantes, nos ofrece una lección: la inmigración puede ser una fuente de prosperidad y también de conflicto. #Inmigración #EstadosUnidos Compartir en X





