Las redes sociales han pasado de ser una caricatura de la fortuna —casas de ensueño, viajes increíbles, comidas espectaculares— a una ventana abierta a la vida cotidiana de muchísima gente.
Últimamente, TikTok se ha llenado de vídeos de personas migrantes que muestran sus casas. No llamarían la atención si no fuera porque, a menudo, el hogar familiar se limita a una habitación. Padres e hijos viviendo en una sola habitación.
No es una anécdota de las redes. Según Cáritas, unas 400.000 personas del área metropolitana de Barcelona viven hacinadas en habitaciones realquiladas y pisos compartidos, y en nueve de cada diez hogares hacinados hay menores.
Los inmigrantes no son los únicos que sufren esta situación, pero sí están entre los más expuestos: la misma entidad lleva años alertando de que muchas de las personas migrantes a las que atiende se ven abocadas a vivir en habitaciones realquiladas, sin contrato ni ningún tipo de protección.
No deja de sorprender que el país de las puertas abiertas al mundo se desentienda de aquellos a quienes ha facilitado la llegada. Abrir la puerta cuesta poco: basta con un eslogan y una pancarta. Lo difícil viene después, cuando se necesita un techo, un trabajo digno y una escuela para unos hijos que no deberían crecer compartiendo cama con sus padres.
Se dirá que el problema de fondo es la vivienda y que la economía necesita mano de obra. Pero precisamente por eso, si sabes que no hay pisos para todos, es irresponsable actuar como si los hubiera. Y con una tasa de paro del 10,18 % en España, cabe preguntarse por qué hacen falta tantos trabajadores de fuera.
El propio Servicio Público de Empleo señala entre las causas de las vacantes la precariedad salarial y las condiciones laborales, junto con la falta de formación y de relevo generacional. Si un trabajo no permite vivir de él, traer a alguien de fuera no lo soluciona: solo cambia quién lo sufre.
Aquí es donde el buenismo muestra su cara más peligrosa. No hace falta juzgar las intenciones de nadie: basta con observar los resultados. Acoger no es solo dejar entrar, sino poder ofrecer una vida digna a quien llega. Si eso no está garantizado, la puerta abierta es una promesa que no se puede cumplir, y quien acaba pagándola es una familia entera en una habitación.
Al final, queda la sensación de una falta de planificación por parte de los gestores públicos en los distintos ámbitos de responsabilidad del Estado. Parece que la improvisación y las «genialidades» son las que rigen las decisiones, y que las consecuencias ya las asumirá quien venga detrás. La buena voluntad no exime de esta falta de previsión.
Ya lo advirtió G. K. Chesterton en 1908, en Ortodoxia: cuando las virtudes se desatan, pueden hacer un daño aún más terrible que los vicios. Y añadía: «Algunos humanitarios solo se preocupan de la compasión, y su compasión (siento decirlo) a menudo es engañosa».
¿De qué sirve proclamar las puertas abiertas si después hay familias enteras obligadas a vivir en una habitación? Acoger no es solo dejar entrar. También es asumir la responsabilidad de las consecuencias. Compartir en X






