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Independentismo: el eterno retorno

Ya está claro, tendremos un gobierno de la Generalitat como el que teníamos, con la diferencia de que en lugar de Torra habrá Pere Aragonés. Esta es la conclusión, si no pasa nada de especial, a que permite llegar tras conocerse el acuerdo sobre la Mesa del Parlamento, que presidirá Laura Borràs, pese a pesar sobre ella la amenaza de una inculpación por un delito que nada tiene que ver con la política: trato de favor en la contratación, según el informe inicial de los Mossos, pero que el mundo independentista considera que forma parte de las agresiones del estado.

En este sentido, la ventaja del independentismo, porque su electorado así lo desea, es doble. Por un lado, con independencia de los resultados que obtenga y de la gestión que haga, tiene votos asegurados para formar gobierno. Por otra, tiene un blindaje ante cualquier inculpación judicial, a la que siempre se puede atribuir, con o sin razón, una motivación política.

La Mesa del Parlamento, además de Laura Borràs, estaría constituida por dos miembros de ERC, otro de JxCat y otro de la CUP, que configurarán la mayoría, y dos por el PSC, si bien puede llegar a ceder uno a Catalunya en Comú. Esta configuración determinarà la del gobierno. Las dos fuerzas mayoritarias se repartirán las consejerías y la CUP apoyará desde fuera.

Una vez más, como en el caso de Arrimadas antes, se ha demostrado que el impulso que puede significar una cierta concentración de voto, en este caso en Illa, es insuficiente para romper la correlación de fuerzas.

Y si de la mirada catalana pasamos a la barcelonesa, veríamos que una vez desinflado el soufflé Colau, el resultado en Barcelona, si nada cambia, puede ser el de otra mayoría independentista. Naturalmente, la distribución de votos no tiene por qué repetir a la del Parlamento, mejor dicho no la repetirá, pero sí que aquella sirve como orientación.

Y ciñéndonos a este criterio, la fórmula más posible para ganar el Ayuntamiento sería la formada por JxCat y ERC con 9 y 8 concejales respectivamente, y el apoyo, al menos a la hora de elegir el alcalde, de la CUP con 3 concejales. Este conjunto se quedaría a 1 concejal de la mayoría absoluta y sería suficiente para ganar la alcaldía en segunda vuelta a pesar de que la primera fuerza fuera el PSC con 10 concejales, pero que con los 4 en que quedaría reducida Colau, serían insuficientes para hacer un bloque alternativo. El resto, distribuidos entre el PP y Cs con 2 cada uno, y 3 para Vox, difícilmente podrían configurar una alternativa, porque resulta impensable que el partido de extrema derecha hiciera presidente a Collboni y que apoyara una coalición formada con los seguidores de Colau. Pero si se prescinde de éste, a los socialistas no les basta con los 7 escaños que aportarían los partidos del centroderecha. Evidentemente falta mucho tiempo para las elecciones y se pueden mover muchas cosas, y es de desear que pase.

En todo caso, lo que queda claro es que movimientos vegetativos del tablero tal como está dispuesto, no pondrán fin a la mayoría independentista ni al predominio de la izquierda muy zurda en las coaliciones. La conclusión es evidente: o surgen nuevas dinámicas políticas que alteren todo el escenario catalán, porque representan planteamientos nuevos que borran fronteras y aportan con credibilidad lo que la mayoría de la gente busca hoy en día, o la política catalana significará el eterno retorno.

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