Durante buena parte del siglo XX se dio por sentado que la religión era un residuo histórico en vías de extinción. La modernización, la urbanización, la ciencia y el Estado social debían conducir, según este relato, a una lenta evaporación de lo sagrado. La secularización no era sólo una hipótesis: se presentaba como ley casi física de la historia.
Los datos globales indican hoy otra cosa.
La última información del Pew Research Center, presentada a partir del retroceso del budismo en Asia oriental, contiene en realidad una conclusión mucho mayor que su propio titular: el budismo es la única gran religión que retrocede en número absoluto; todas las demás crecen. Y no es una referencia gratuita considerar que el budismo es la «menos religiosa» (¿existe Dios?) de todas las grandes religiones.
Éste es el hecho central.
La religión no está en retirada en el mundo. Se expande. Y lo hace no tanto por un “retorno” ideológico, sino por una fuerza más honda y persistente: la demografía.
El cristianismo sigue siendo la primera confesión mundial en número absoluto, con 2,3 mil millones de fieles en 2020, después de haber crecido un 6% en sólo una década (Pew Research Center).
El islam es la religión que más rápidamente avanza, impulsada por una estructura de edad mucho más joven y por tasas de fertilidad aún superiores a la media mundial. Su peso ha pasado del 23,8% al 25,6% de la población mundial entre 2010 y 2020.
El hinduismo también crece, aunque su expansión está muy vinculada a la India y a su área de influencia civilizacional.
Esto obliga a revisar una vieja mirada eurocéntrica.
Desde Europa -y a menudo también desde sectores culturales estadounidenses- se ha tendido a confundir la desafección religiosa occidental con la trayectoria del mundo entero. Pero el mundo real no es Bruselas, París o Berlín. Ni siquiera Nueva York.
El mundo real es sobre todo África, el sur de Asia y las sociedades emergentes, donde la religión sigue articulando la familia, la moral, la educación, la pertenencia y la comunidad.
El caso más espectacular es el del cristianismo africano.
El África subsahariana ya ha superado a Europa como principal centro demográfico del cristianismo mundial. Hoy concentra cerca del 31% de los cristianos del mundo, fruto de una combinación poderosa: juventud, fertilidad y vitalidad social (The Washington Post).
Esto tiene consecuencia histórica de gran alcance: el centro de gravedad del catolicismo del siglo XXI se desplaza progresivamente hacia el sur global.
La fe católica es probablemente la confesión con una capilaridad territorial más extraordinaria del planeta: de la selva de Nueva Guinea a Varsovia, de Finlandia a Nueva Zelanda, del Congo a Filipinas, de São Paulo a Cracovia. Ninguna otra tradición religiosa combina con esa densidad, universalidad doctrinal, estructura institucional e implantación territorial.
Mientras, el gran reducto estadístico de la increencia sigue siendo China. Pero ahí la prudencia es obligada.
China es, en términos religiosos, una caja cerrada. Las cifras oficiales o indirectas difícilmente pueden captar la profundidad real de las prácticas populares, de las formas sincréticas, del budismo cultural, del taoísmo difuso, del cristianismo subterráneo o de las expresiones espirituales no registradas por el Estado.
Más que un espacio secularizado en sentido occidental, es un espacio opaco.
También a escala global conviene matizar el relato sobre los “sin religión”. En algunos países occidentales han crecido como porcentaje. Sin embargo, en proyección de largo plazo, el factor determinante es otro: las poblaciones no afiliadas tienen menos hijos. Por eso, en términos demográficos globales, su peso tiende a erosionarse. Este diferencial reproductivo es clave para entender por qué el hecho religioso mantiene una centralidad tan robusta (Pew Research Center).
Es ahí donde la intuición de Jürgen Habermas resulta hoy especialmente lúcida.
Habermas empezó viendo a la religión como un residuo destinado a perder relevancia. Pero su gran giro intelectual le llevó a formular la idea de la sociedad postsecular: una sociedad en la que la modernidad no elimina la religión, sino que aprende a convivir con su persistencia y con su capacidad de generar recursos morales.
Su intuición no solo era descriptiva, sino normativa.
Entendió que la religión, lejos de ser únicamente una supervivencia del pasado, puede aportar lenguajes de deber, límites, dignidad y responsabilidad imprescindibles para sostener una justa democracia. En un mundo fragmentado por el individualismo, el mercado y la desinstitucionalización, estas reservas morales adquieren aún mayor valor.
La gran lección del momento es esta: la secularización occidental no era la ley del mundo, sino una excepción histórica local.
El siglo XXI no es el de la desaparición de la religión.
Es el de su reconfiguración global, con nuevos centros, nuevas demografías y nuevas funciones públicas.
Europa lo interpretó como un crepúsculo.
El mundo, mientras, se ha levantado en una aurora possecular.
El siglo XX anunció el fin de la religión. El XXI certifica exactamente lo contrario. #Religión Compartir en X






