Como los males nunca vienen solos, y por si fueran suficientes las dificultades que Colau impone para circular por Barcelona, ​​a lo largo de 2 días seguidos la ciudad ha vivido importantes colapsos de tráfico.

El pasado martes se produjo la protesta de los profesores contra el conseller, que se concentraron entre las 8 y las 10 de la mañana. Este hecho, por un lado, tuvo un bajo seguimiento por parte de los profesores de primaria y secundaria de la enseñanza pública, pero como estos pocos se concentraron en los principales accesos de la ciudad, consiguieron en el caso de Barcelona provocar importantes atascos. En realidad ésta era la finalidad, más que la huelga en sí, que ya sabían que tendrían un bajo seguimiento.

Cabe preguntarse qué mentalidad educadora tienen estos maestros que orientan sus legítimas reivindicaciones a hacer doblemente la puñeta a los ciudadanos. Por una parte impidiendo la normalidad de la docencia, pero por otra, y mucho más grave, actuando deliberadamente para colapsar el tráfico a la hora de acceso al trabajo, perjudicando así a las personas y empresas. Todo ello tiene un punto demencial porque es absurdo querer demostrar por parte de quienes llevan a cabo estas prácticas, que lo hacen en favor de la enseñanza, cuando el mensaje que envían es tan poco civilizado. Es un mensaje que dice que para obtener la finalidad, todo vale.

Pero, por si fuera poco, al día siguiente, ayer, los taxistas colapsaron Barcelona. En este caso como presión para conseguir que de forma definitiva se establezca que por cada coche de alquiler con conductor existan 30 taxis. La idea de colapsar el tráfico está en el manual de los taxistas cuando se manifiestan y ciertamente lo logran. El resultado ha sido que en estos dos días Barcelona ha visto aumentado sus problemas en este sentido.

Por si fuera poco, un conjunto de entidades ecologistas propone una medida que se ve con buenos ojos desde el Ayuntamiento de Ada Colau, que es la de imponer un peaje de 4 euros al día para cada vehículo que entre en Barcelona. En teoría la idea tiene sentido, en la práctica significaría un paso más en la destrucción económica de Barcelona. Una vez más se antepone el carro delante de los bueyes y se ignora que la gente no utiliza el coche por gusto, sino por las deficiencias en el sistema de transporte público.

La forma lógica de abordar el problema del coche es logrando que el área metropolitana, y no sólo Barcelona, ​​tenga un buen sistema de movilidad pública que permita llegar con capilaridad a todas partes. Y que tenga condiciones que no signifiquen que el viaje diario se convierte en una aventura o carrera de resistencia.

Sin embargo, hay mentalidades, entre las que se adscribe Ada Colau, en la que el orden lógico de las cosas no importa. Naturalmente, esta medida ahora no será considerada por el gobierno municipal porque es demasiado impopular, pero evidentemente si vuelve a ganar y puede formar gobierno, será una de las medidas estrella para el primer año de gobierno, el más alejado de las próximas elecciones, porque es además la que le permitiría hacer realidad la gran isla del Eixample, inviable sin liquidar un tercio de los coches que hoy circulan.

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