España ha tenido el dudoso honor de ser considerado el peor país de la OCDE por el modo de afrontar y resolver la primera oleada de la crisis. El mal funcionamiento del país ha sido tan grande que un numeroso conjunto de científicos y sociedades científicas españolas han pedido que se haga una auditoría independiente sobre la forma en que se abordó la pandemia, porque resulta inexplicable que lo que es considerado uno de los mejores sistemas de salud del mundo haya tenido como resultado uno de los números de muertes más elevados de todo el mundo en relación con su población. Vino la desescalada, que fue muy rápida, y durante algunas semanas pareció que lo peor había pasado. Ahora se ve que no es así, que lo peor está volviendo y que España vuelve a ocupar los primeros puestos en todos los malos indicadores.

Somos primeros en Europa en número de casos por cada 100.000 habitantes con incidencia en los últimos 14 días, pero además con una diferencia extraordinaria: 205,5 por parte de España frente a 88,7 del país que ocupa el segundo lugar, Francia. Es decir, dos veces y media más, que es una diferencia extraordinaria. Pero es que Portugal está en 35,7 e Italia, la sociedad más parecida a la nuestra y que comenzó con unos datos mucho peores, ahora sólo presenta 27,3 casos por cada 100.000 habitantes, casi nueve veces menos que España. ¿Cómo es posible? Mientras esto no se resuelva, todos los discursos de Sánchez son perfectamente inútiles porque la base donde se asentará la política y la economía es la de la seguridad sanitaria, que España no tiene.

También es muy elevado el número de muertes reales, que en este momento se sitúan entre las 46.000 del Instituto de Salud Carlos III y las 50.420 del INE, muy lejos de las 29.152 que da oficialmente el inefable Dr. Simón. Pero incluso con esta cifra última nos situamos a la cabeza.

Si en la primera oleada se demostró la falta de preparación del gobierno para afrontar los problemas, en la actual, en que se da por hecho que el aprendizaje ya está realizado, la improvisación ha continuado, como lo pone de relieve el hecho de que se ha abierto el curso escolar y universitario con un ministro desaparecido, Manuel Castells, y con una ministra, la de enseñanza, María Isabel Celaá, que hace declaraciones públicas en el sentido de que no tiene competencias para establecer nada.

La pregunta, entonces, es evidente. Siendo así, ¿por qué hay un ministerio de educación? Otro punto preocupante, por lo que representa de presente y futuro, es la quiebra clamorosa de funcionamiento de la administración central, como lo pone de relieve el que todavía haya personas que no han cobrado el ERTE, y el atasco cósmico que hay con la renta básica. ¿No era posible prever que habría un número extraordinario de personas que la pedirían y encarrilar, de acuerdo con las posibilidades de tomarlas, su gestión? No hablamos ya de poner más personal y más eficiencia, que parece un reto imposible, pero ¿no se podía haber dicho desde el primer día que se atendería a un determinado número de personas, en un período determinado y por orden alfabético, de acuerdo con las capacidades reales, en lugar de ir al caos? ¿Y qué decir de las escandalosas colas de maestros para hacerse un PCR obligatorio de la Comunidad de Madrid? ¿O de la falta de la legislación prometida por la vicepresidenta Pilar Calvo el mes de mayo para que las autonomías pudieran abordar con más certeza jurídica las medidas restrictivas sin acudir al escandaloso estado de alarma? Pero, a pesar de ser grave, lo que está pasando debería preocuparnos, porque si esta carencia de la administración se produce en relación con la gestión de los fondos europeos, España hará un pastel de proporciones históricas.

Todo ello Sánchez lo resuelve con apelativos a la unidad. Pero ¿unidad en torno a qué? No se puede gobernar sólo con abstractos universales, sino que se gobierna con cosas concretas. ¿Qué unidad puede haber en unos presupuestos desconocidos en los que además Podemos ha de tener un papel importante? ¿Qué unidad puede haber en relación con la lucha contra la pandemia si no se ponen negro sobre blanco las carencias para poder abordarlas?

En definitiva, todo hace pensar que desgraciadamente nos encaminamos no sólo hacia una segunda oleada, sino hacia un segundo desastre, porque ni siquiera los grupos y personas que tienen capacidad de liderar en la sociedad civil muestran iniciativa. No es sólo la clase política la que falla, sino las élites en su conjunto, que han conducido el país, por acción y por omisión, a la actual situación. Y si no puedes hacer nada más, al menos habla, escribe, levanta la voz tanto más cuanto mayor es tu responsabilidad social.

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Creus que s'han pres prou mesures per dotar de seguretat la tornada a l'escola?

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