Paradojas de la catalanidad: el Barça

Hay pocas cosas más reveladoras de un país que la forma en que vive el fútbol. No porque el fútbol sea lo más importante —eso solo lo creen quienes no han conocido Hacienda o una reunión de comunidad de propietarios—, sino porque es un gran espejo de las pasiones, debilidades y vanidades colectivas. Y este año el espejo ha ofrecido una imagen de una ironía casi literaria: el Barça, símbolo recurrente de la catalanidad, ha ganado la Liga cuya exhibición parece escrita por un novelista con sentido del humor.

La ha ganado de forma brillante. No a base de un milagro puntual ni de una racha providencial, sino con una superioridad sostenida, fría y casi humillante para el gran rival de siempre, el Real Madrid.

El campeonato se ha decidido precisamente en el partido disputado en casa, frente al Madrid, lo que tiene un punto de refinamiento psicológico que los aficionados culés degustarán durante años. Y no se trata sólo de ganar: el Barça ha terminado la competición con catorce puntos de ventaja sobre el perseguidor inmediato. Catorce. Una cifra astronómica en una liga que habitualmente se resuelve por detalles, penaltis dudosos y alguna tragedia arbitral del domingo por la noche.

Pero todavía existen más datos. Once partidos consecutivos sin perder. Ninguna derrota en casa durante toda la temporada. Un equipo joven, construido en gran parte con jugadores formados en la Masia, y con un coste incomparable con el de la plantilla madridista, confeccionada con esa alegría financiera que sólo es posible cuando los despachos de Madrid, las constructoras y la gloria imperial convergen bajo la misma camiseta.

El mérito es aún más notable porque este Barça no parece hecho desde la obsesión galáctica, sino desde cierta racionalidad mediterránea. Eugeni d’Ors podría verse representado. A veces da la impresión de un equipo construido por un maestro de escuela con buen criterio y no por un jeque con exceso de liquidez. Los refuerzos han sido muy concretos, casi quirúrgicos, y el entrenador —con esa serenidad germánica que desconcierta tanto a los tertulianos deportivos— ha construido una estructura sólida, compacta e inteligente.

Sun Tzu, que probablemente nunca había visto un clásico pero entendía perfectamente la naturaleza humana, escribía en El arte de la guerra: “Los guerreros victoriosos ganan primero y después van a la guerra, mientras que los guerreros vencidos van primero a la guerra y después buscan ganar”. La frase describe con una exactitud casi cruel el contraste actual entre Barça y Madrid.

Porque el problema del Madrid no es perder una liga. Esto entra en el orden natural de las cosas. El problema es que transmite la sensación de un club desorientado. Tiene una crisis de vestuario, una crisis de equipo, una crisis de horizonte e incluso una crisis de relato. Es tan profunda la perplejidad que ya vuelve a circular el nombre de Mourinho, como si fuera un médico de guerra llamado para salvar a un imperio decadente. Y esto, para cualquier observador mínimamente objetivo, es un síntoma severo.

José Mourinho es una figura fascinante: gana, sí; pero deja detrás suyo paisajes que recuerdan ciertas retiradas napoleónicas. Allí donde ocurre quedan divisiones internas, resentimientos y un cansancio moral considerable. Que el madridismo vuelva a ver en él una esperanza indica hasta qué punto la crisis es estructural.

Ahora bien, lo más interesante no es estrictamente futbolístico. Es la paradoja política y cultural que emerge del campo.

Durante décadas, una parte importante del españolismo ha contemplado al Barça con una mezcla de recelo e irritación por su carácter catalanista. El club ha sido a menudo percibido como expresión identitaria excesiva, un espacio de resistencia simbólica, casi un cuerpo extraño dentro del imaginario oficial español. Y, sin embargo, he aquí la paradoja: es precisamente este club, tan marcado por su catalanidad, el que hoy aporta más jugadores valiosos al conjunto español.

No solo jugadores nacidos en Cataluña, sino también futbolistas de otros lugares de España formados en esta cultura futbolística concreta: una idea del juego basada en la técnica, la inteligencia colectiva, el trabajo de cantera y una cierta humildad competitiva. Mientras, el Madrid —que a menudo se presenta como la quintaesencia simbólica de España— casi vive de espaldas a los jugadores españoles. Hay que buscarlos con lupa en la alineación titular.

La ironía es magnífica. El club que algunos miran con sospecha identitaria es el que alimenta de forma decisiva las posibilidades de la selección española. Y esto no es anecdótico. Si España puede aspirar seriamente a competir por un Mundial o una Eurocopa es, en buena medida, porque existe esa escuela futbolística catalana integrada con naturalidad en la realidad española.

Aquí hay una lección que va mucho más allá del deporte.

La catalanidad no es un problema para España cuando actúa con normalidad, confianza y plenitud. Por el contrario: puede ser una aportación extraordinaria. El problema aparece cuando, desde ciertos centros de poder, cualquier expresión catalana es percibida como una amenaza y no como contribución. El Barça, paradójicamente, ofrece la demostración práctica de lo contrario.

Es un club profundamente arraigado en Cataluña, con una personalidad propia muy marcada, al tiempo que es uno de los grandes motores del fútbol español. No existe ninguna contradicción necesaria entre una identidad catalana fuerte y una contribución decisiva al conjunto español. La contradicción nace solo cuando se pretende uniformizar todo bajo una idea estrecha y burocrática de España.

Quizá por eso esta victoria del Barça tiene algo más que futbolístico. Tiene un valor simbólico involuntario. Nos dice que las realidades complejas funcionan mejor cuando no intentan amputarse mutuamente.

Y también nos recuerda otra cosa muy catalana: que a menudo los grandes logros se consiguen sin ruido excesivo, trabajando pacientemente mientras los demás se dedican a proclamar su grandeza frente a los espejos.

Josep Pla probablemente habría observado todo esto desde Mas Pla, en Llofriu, con cierta ironía escéptica, y habría concluido que, al final, los países se parecen mucho a sus equipos de fútbol: algunos viven de la propaganda y otros, de la cantera.

El Barça más catalán de los últimos años es también el que más alimenta a la selección española. He aquí la paradoja. #Barça #Catalanidad Compartir en X

Entrades relacionades

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.