Cinco días de octubre (1)

Jueves, 1 de octubre de 2026.

Hoy, cuando el Estado español ya ha colapsado en Ceuta y la Puerta del Sol, cuando ya se atisba su posible hundimiento, es doloroso volver la vista atrás. Pero debe hacerse para saber de dónde venimos, lo que hicimos bien y dónde estamos por nuestros errores, dejaciones y cobardías.

Laureano López Rodó escribe en sus “Memorias” (volumen I, pág. 8) que su obra fue “la efectiva europeización económica y social de España, tan ansiada y no realizada por las sucesivas promociones regeneracionistas anteriores a la época de Franco”.

Según José-Luis Villacañas, catedrático de Filosofía en la Complutense (“La revolución pasiva de Franco”, 2021), una nueva élite impulsó una política diferente a la que, durante veinte años, había detenido al país en las estructuras más arcaicas de su historia, y todo ello lo hizo sin tocar el poder omnímodo personal de Franco sobre el Estado. Los hombres del Opus Dei fueron los inspiradores de esta estrategia, que iba mucho más allá de mimetizar a Europa, pues también pensaba en garantizar un futuro monárquico. La idea era clara: hacer la misma política social que en Europa, pero sin democracia. Superar la guerra civil, pero sin olvidar la victoria.

Salvador Pániker tenía razón al rechazar el nombre de “tecnócratas” para ellos. Tenían una idea política clave: impulsar una “revolución desde arriba” que tuviese continuidad. Y la tuvo, pero distinta y mejor que la que ellos habían deseado y previsto, pues, al morir Franco, la Ley de Reforma Política aprobada en las Cortes el 18 de noviembre de 1976 y por referéndum el 15 de diciembre siguiente, con una participación del 77 % y el voto positivo de un 94 %, hizo que el Estado que había configurado Franco pasase a depender enteramente de la voluntad popular libre y democráticamente expresada. Todo lo cual no hubiese sido posible sin la aquiescencia e impulso del Rey Don Juan-Carlos. Al Rey lo que es del Rey.

Esto supuso que el “Estado administrativo” que la Dictadura había construido con notoria pericia técnica dejó de existir y nació un Estado democrático, que cristalizó, durante la Transición, en la Constitución de 1978 y la Monarquía parlamentaria encarnada por Don Juan-Carlos.

Una Transición que se había soñado en el exilio desde muy pronto, cuando muchos exiliados tuvieron claro que, en España, nada podría construirse en el futuro sin un abrazo entre las “dos Españas”, que superase el fracaso de la Segunda República. Un fracaso imputable a todos. “Entre todos la matamos. Entre todos”, insistía Salvador de Madariaga.

El presidente Suárez convocó elecciones para junio de 1977. Un relativo éxito le permitió gobernar, faltándole tiempo para negociar con Santiago Carrillo los Pactos de la Moncloa, suscritos el 25 de octubre de 1977.

Estos fueron, por una parte, un auténtico plan de estabilización, con devaluación de la peseta y fijación de topes salariales; y, por otra parte, se aceptaron una serie de demandas políticas y jurídicas de la oposición: la plena liberalización de la prensa, el derecho de huelga, acceso parlamentario a secretos oficiales y libertad de asociación, destrucción del aparato del Movimiento, una amnistía general, mejora de la situación jurídica de la mujer, prohibición de la tortura y limitación de la jurisdicción militar.

Se quiso paz y progreso. Se aprovechó lo que se tenía. Se innovó y reformó cuanto se tuvo que innovar y reformar, para alumbrar un régimen plenamente democrático —el llamado con desdén “Régimen del 78”—, encarnado en una Monarquía parlamentaria.

Ahí desembocó la “revolución desde arriba”. La Constitución de 1978 fue aprobada con el voto favorable de 15 millones de españoles y el voto contrario de dos millones. Fue un proceso limpio, inteligente y generoso.

El sistema ha funcionado durante medio siglo, pero llevaba dentro de sí el germen de la autodestrucción: la voluntad secesionista de los nacionalistas catalanes y vascos, que nunca aceptaron plenamente el Título VIII de la Constitución, como lo prueban el desbocado Plan Ibarretxe y el torpe desmán del “procés”, un golpe de Estado sin paliativos y en toda regla. Se diría, en catalán, que fue un golpe de Estado “com una casa de pagès”.

Hoy el “Régimen del 78” languidece acechado por el pacto entre los nacionalistas catalanes y vascos con el Partido Socialista, que se ha radicalizado groseramente con el turbio Rodríguez Zapatero y el aventurero Sánchez.

El Partido Socialista, que fue uno de los protagonistas de la Transición, atraviesa una crisis y España es víctima de la banda que nos gobierna, ante el silencio cómplice de los señores del dinero y con la colaboración ancilar de aquellos periodistas que se han prostituido como palanganeros de ambos. Sin descontar, por supuesto, la contribución de muchos ciudadanos con su voto y con su silencio.

El Régimen del 78 no nació por casualidad: fue fruto de la reforma, el consenso y la voluntad de superar las dos Españas. Medio siglo después, conviene recordar qué hizo posible aquella transformación #TransiciónEspañola. Compartir en X

Entrades relacionades

No se han encontrado resultados.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.