Hay una ley no escrita del fútbol español que funciona con una precisión casi científica: cuando las cosas van bien, el mérito es de todos; cuando van mal, la culpa es de alguien. Y si ese alguien puede ser catalán, mejor. La tradición es larga, respetable e incluso entrañable.
Por eso, tras el memorable empate a cero de la selección española contra Cabo Verde en el debut del Mundial, ya pueden empezar a escucharse, aún en voz baja, los primeros movimientos tectónicos de la futura búsqueda del culpable.
Porque un empate contra Cabo Verde es una de esas cosas que exigen explicaciones.
Naturalmente, los expertos prudentes ya han aparecido. Recuerdan que España perdió el primer partido del Mundial de Suráfrica contra Suiza y acabó levantando la copa. Tienen razón. También es cierto que una golondrina no hace verano y que un empate no elimina a nadie. El Mundial es largo, complicado y lleno de sorpresas.
Pero estas observaciones, perfectamente sensatas, tienen un defecto grave: no sirven para alimentar tertulias.
La otra crítica es más interesante. Se dice que España practicó un fútbol excesivamente horizontal. Mucha posesión, mucha circulación de pelota, mucho ir de un lado a otro del campo y poca sensación de peligro. Es decir, ese tipo de juego que hace sentir muy inteligente a quien lo practica y profundamente dormido quien lo contempla.
Ahora bien, tampoco conviene exagerar. España dispuso de varias ocasiones claras de gol y se encontró ante una selección de Cabo Verde cerrada detrás con una disciplina admirable y un guardameta de cuarenta años, Vozinha, que decidió convertirse durante una noche en una reencarnación de san Pedro protegiendo las puertas del cielo.
Y es perfectamente comprensible.
Cabo Verde tiene una población que no llega ni de lejos a la de una comunidad autónoma española media y un PIB que, comparado con el español, parece una nota a pie de página de un presupuesto ministerial. Ante esa diferencia, la prudencia defensiva era casi una obligación patriótica.
Pero el problema no es el partido.
El problema es lo que vendrá después si España no gana el Mundial.
Porque entonces habrá que encontrar responsables.
Y aquí aparece el FC Barcelona.
Por primera vez en muchos años, la selección española presenta una tonalidad blaugrana casi exuberante. Luis de la Fuente ha construido su convocatoria en torno a un núcleo importante de jugadores del Barça. Son ocho los futbolistas azulgranas presentes en la lista, una cifra muy superior a la de cualquier otro club.
Además, varios de ellos son titulares indiscutibles: Pedri, Dani Olmo, Ferran Torres, Gavi, Pau Cubarsí o el propio Lamine Yamal, aunque este último empezó el partido en el banquillo por precaución física.
Y aquí llegamos al punto delicado.
Porque resulta que el gran representante oficial del fútbol español, ese club que durante décadas ha ejercido cierta función de ministerio sentimental de la patria futbolística, el Real Madrid, no aporta ni un solo jugador a la selección mundialista (no contamos Cucurella, que acaba de ser fichado). Es la primera vez que ocurre.
La circunstancia es fascinante.
Durante años se nos explicó que el Madrid era la gran columna vertebral del fútbol español. Ahora resulta que la columna vertebral es otra. Y que esa otra se encuentra en Barcelona.
Naturalmente, esto plantea algunas preguntas.
¿Qué ha pasado con la cantera madridista? ¿Cómo es posible que un club que dispone de recursos prácticamente ilimitados no aporte a ningún jugador a la selección? ¿Qué relación mantiene hoy el proyecto deportivo madridista con el desarrollo del fútbol español?
Son cuestiones desagradables que, por lo que sea, nadie formulará demasiado fuerte. Pero si España fracasa en el Mundial, estas preguntas desaparecerán de inmediato.
La culpa será del Barça. Es una solución mucho más cómoda.
Después de todo, si la selección está llena de futbolistas formados en la Masia, si varios de ellos son catalanes, si el seleccionador ha apostado decididamente por este modelo, entonces la responsabilidad también podrá ser atribuida a ese mismo origen.
Es el mecanismo clásico del chivo expiatorio.
Mientras las cosas funcionan, todos somos españoles. Cuando dejan de funcionar, aparecen las denominaciones de origen.
Así, si España termina levantando la copa, veremos una extraordinaria exhibición de unidad nacional. Pedri será un genio universal. Lamine Yamal será patrimonio de la humanidad. Cubarsí representará a la juventud española. Y Luis de la Fuente será elevado a la categoría de sabio.
Pero si el balón decide entrar menos de lo previsto, el relato cambiará con rapidez admirable. Entonces se explicará que había demasiados jugadores del Barça. Que el equipo era excesivamente horizontal. Que se jugaba como el Barça. Que el seleccionador se equivocó. Que apostó demasiado fuerte por una escuela determinada.
Y así, sin darnos cuenta, Florentino Pérez y sus numerosos halcones mediáticos habrán encontrado la forma más elegante de compensar una evidencia difícil de disimular: que el Madrid actual es un extraordinario equipo global, pero cada vez menos una expresión directa del fútbol español.
Mientras, el Mundial continuará. Quizás España llegue muy lejos. Quizás ganará. Quizás volverá a demostrar que los torneos no se deciden en el primer partido.
Pero conviene dejar constancia escrita de una prudente previsión.
Si las cosas van mal, el Barça tiene ya reservada la culpa.
Y eso, en el fútbol español, es casi tan seguro como la muerte, los impuestos y las discusiones arbitrales de los lunes.
Si España gana, todos serán héroes. Si pierde, el Barça será responsable. #Mundial2026 Compartir en X





