Si con motivo de la visita del Papa la líder de Aliança Catalana se despachó con argumentos contra su persona y contra la Iglesia, proclamándose a la vez portavoz de la tradición cristiana de Cataluya —demostrando que, cuando se pierde el sentido de la medida, las palabras pueden aguantarlo todo—, Jordi Aragonès, uno de los fundadores del partido y principal ideólogo de su causa, ha intentado teorizar esa misma posición en un artículo personal. El texto, que pretendía dotarla de solvencia intelectual, acaba mostrando una voluntad excesiva de retorcer los hechos históricos para hacerlos encajar en una determinada visión ideológica.
Ahora, el partido, que asegura contar con 346 militantes en Barcelona, ha acordado presentar a Aragonés como candidato a las elecciones municipales, confiando en que las encuestas le permitirán obtener, al menos, dos regidores.
Ante esta perspectiva de una presencia política en otro nivel institucional, el de la capital de Catalunya, vale la pena examinar por qué los planteamientos de Aragonès —y, por extensión, los de Sílvia Orriols y de Aliança Catalana— son contrarios a la misma tradición que afirman defender y, paradójicamente, propensos a su liquidación histórica. Sus principales errores y manipulaciones son los siguientes.
La pregunta fundamental es esta: ¿la identidad nacional catalana es un bien? La respuesta es sí. Pero, desde la perspectiva del pensamiento cristiano –y no solo de este–, no es el bien supremo. Esto significa que está subordinada a bienes superiores: la dignidad de la persona, la ley moral y el destino trascendente del ser humano.
Éste es el error fundamental sobre el que se construye el discurso de Aliança Catalana. El mismo error que comete VOX respecto a España: convertir a la nación en un absoluto.
Su relato opera a través de una serie de sucesivas reducciones.
Primera reducción: identificar la verdad con la catalanidad
Aragonès establece una equivalencia implícita entre tradición catalana y verdad, y entre castellanización y falsedad. Llega incluso a sugerir que la Iglesia deja de defender la verdad si no defiende la catalanidad tal y como él la entiende.
Pero lo cierto es otra cosa: es la adecuación de la inteligencia a la realidad. No depende de la nación, de la lengua ni de la cultura. Catalunya es un bien histórico y cultural, pero no es el criterio de la verdad. Si lo fuera, también deberíamos aceptar que cualquier otra nación es criterio de verdad, una conclusión evidentemente absurda.
Santo Tomás de Aquino diría que aquí se confunde un bien particular —Catalunya— con el bien universal —la verdad—. Y esa confusión es precisamente contraria a la tradición cristiana.
Segunda reducción: convertir a la Iglesia en una institución nacional
Aragonès contrapone reiteradamente una supuesta «Iglesia catalana» a una «Iglesia castellanizadora», como si la misión principal de la Iglesia fuera la defensa de una identidad nacional.
Pero la naturaleza de la Iglesia es otra. El Credo no dice «creo en la Iglesia catalana», sino «creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». Y la palabra católica significa, precisamente, universal.
Esto no elimina las culturas, pero impide absolutizarlas. Existe una legítima y profunda inculturación catalana del cristianismo, que ha contribuido decisivamente a preservar Cataluña. Pero una cosa es esto y otra muy distinta es nacionalizar la Iglesia.
No existe una Iglesia catalana, como tampoco existe una Iglesia española. Existe la Iglesia en Catalunya, al igual que existe en Francia o en Senegal. Esta Iglesia ha sido víctima de persecuciones en diferentes épocas, tanto por parte de poderes hostiles en la fe como por regímenes que pretendían instrumentalizarla políticamente.
No es casual que la dictadura china impulse una «Iglesia católica nacional», subordinada a los intereses del Estado. Es una concepción que recuerda inquietantemente a algunos planteamientos que Aragonès y su partido parecen defender.
La Iglesia no existe para servir exclusivamente a Catalunya. Existe para anunciar a Cristo a los catalanes, a los castellanos, a los filipinos y a los senegaleses.
Tercera reducción: una lectura errónea de la doctrina social sobre la inmigración
El artículo afirma que algunos obispos promueven la inmigración para ganar fieles o por intereses propios. Se trata de un juicio de intenciones que no aporta ninguna prueba y que recuerda, de forma bastante mimética, determinados argumentos de VOX.
Pero existe un error aún más importante: presentar la doctrina social de la Iglesia como si defendiera fronteras abiertas e inmigración ilimitada.
Esto es simplemente falso.
Desde san Juan Pablo II hasta Benedicto XVI y León XIV, la doctrina católica sostiene simultáneamente cinco principios:
- El derecho de la persona a no tener que emigrar.
- El derecho a emigrar cuando las circunstancias lo exigen.
- El derecho de la comunidad política a regular los flujos migratorios.
- El deber de integración de los recién llegados.
- La protección del bien común nacional.
Ignorar cualquiera de estos principios significa deformar la doctrina en su conjunto.
Cuarta reducción: una interpretación parcial de la doctrina de las dos espadas
Aragonés cita de forma incompleta al papa Gelasio I para concluir que los obispos no deberían pronunciarse sobre cuestiones como la inmigración.
Pero esto no es lo que enseña Gelasi.
La tradición católica distingue entre la autoridad espiritual y el poder temporal, pero nunca separa moral y política. Los obispos no gobiernan al Estado, pero sí pueden juzgar moralmente las decisiones políticas.
Precisamente por eso existe la doctrina social de la Iglesia: porque existen cuestiones temporales que tienen implicaciones morales inevitables.
Quinta reducción: silenciar el mensaje real del Papa
Durante su visita a España, León XIV insistió principalmente en la dignidad de toda vida humana, la protección de los no nacidos, la crítica a la eutanasia, la defensa de la familia, el derecho preferente de los padres en la educación, la necesidad de una tecnología al servicio de la persona y la reconstrucción moral de la democracia.
Este era el núcleo de su mensaje.
Sin embargo, Aragonès reduce casi toda la visita a una cuestión de catalán o castellano, de Omella o de los obispos catalanes, de inmigración o identidad.
Es una simplificación que altera profundamente la realidad. Es la simplificación propia de la demagogia.
El orden correcto de las cosas
Desde la tradición cristiana que ha configurado Catalunya, el orden de los bienes está claro:
- Dios.
- La persona humana.
- La comunidad política.
- La nación.
- Las opciones políticas concretas.
En cambio, el texto de Aragonès tiende a convertir a la nación en el criterio supremo de evaluación y a su partido en el único intérprete legítimo de este criterio.
Esto es difícilmente compatible no solo con el cristianismo, sino también con la democracia. Cuando aparecen autoproclamados intérpretes exclusivos de la verdad, la democracia comienza a desaparecer.
Es aquí donde este catalanismo deja atrás la tradición catalana clásica —la de Torras i Bages o Antoni Gaudí— para acercarse a una forma de nacionalismo que juzga a la Iglesia según su utilidad nacional.
Precisamente Torras i Bages sostenía lo contrario: Catalunya tenía sentido porque estaba ordenada a una determinada concepción cristiana del hombre y de la sociedad, no porque fuera una realidad autosuficiente.
El artículo formula una preocupación legítima: la preservación de la identidad catalana y la necesidad de que la Iglesia no se desvincule de la propia lengua y de la cultura.
Sin embargo, comete cinco errores fundamentales:
- Confunde catalanidad y verdad.
- Nacionaliza la misión de la Iglesia.
- Deforma la doctrina social sobre la inmigración.
- Interpreta erróneamente la doctrina de ambas espadas.
- Reduce el mensaje de León XIV a una cuestión lingüística e identitaria.
La gran tradición catalana —de Ramon Llull a Torras i Bages, pasando por Balmes, Verdaguer o Gaudí— nunca entendió a Catalunya como una realidad autosuficiente. Catalunya era una mediación concreta de un mayor orden: la cristiandad, la ley moral, la persona humana y el bien común.
La nación es un bien. Pero no es el bien supremo. Cuando se convierte en criterio absoluto de verdad, el nacionalismo deja de servir a Catalunya y empieza a deformarla. #Catalunya #AliançaCatalana Compartir en X




