No hay independencia en un horizonte previsible, aunque los promotores del Procés anunciaran que llegaría en dieciocho meses. Tampoco la ha habido, salvo unos momentos fugaces en 1640, durante la Guerra dels Segadors, un período que convendría tener mucho más presente en la reflexión política sobre nuestra historia.
Puede creerse en la independencia en el sentido más literal de la primera virtud teologal: la fe. Y esta fe puede inspirar a un ideario político, como ha sucedido a lo largo de los años. Pero tan digna fe no puede convertirse en un escondite ni en una excusa para no afrontar los problemas actuales, que exigen programas y soluciones inmediatas para un país moralmente devastado.
Ahora necesitamos actuar cumpliendo dos condiciones.
La primera es abordar con voluntad e inteligencia resolutiva tanto los problemas generados desde afuera como los provocados por nosotros mismos.
La segunda es agrupar a la mayoría: estirar un poco unos hacia arriba y asumir que otros deben bajar de la nube y aterrizar en el barro de la transformación de la realidad durante, al menos, una década. No hay atajos ni milagros.
Quienes quieren permanecer fieles en España deberían ver que esta es la vía para construir un país que detenga su decadencia y mejore sustancialmente. Quienes aspiran a marcharse también deberían encontrar motivos para sumarse, porque una Catalunya más fuerte y más cohesionada es una condición necesaria para que su sueño pueda convertirse en realidad algún día.
¿Quién no puede aceptar este razonamiento, en el que todo el mundo gana? Fundamentalmente, dos tipos de personas. Por un lado, aquellos que, a pesar de vivir aquí, alimentan en su interior un odio y un desprecio profundos hacia todo lo que huele a catalanidad. Por otro lado, aquellos que han convertido al independentismo en una próspera actividad profesional. Afortunadamente, ambos grupos constituyen una minoría reducida.
La realidad es otra. Más del 80% de los catalanes está de acuerdo con el actual nivel de autogobierno, limitado para unos y a menudo ejercido de forma deficiente por quienes gobiernan. Pero también es evidente que este autogobierno está lejos de haber agotado sus posibilidades. Aún queda mucho terreno por recorrer, hasta el punto de llegar a situaciones casi ridículas, como la incapacidad de dotarnos de una ley electoral propia. Somos una de las pocas comunidades autónomas que no han sido capaces de alcanzar este consenso y seguimos rigiéndonos por una norma provisional española heredada de la Transición.
Una mayoría abrumadora quiere prosperidad y bienestar. Sin embargo, cada vez más entiende este bienestar en términos de desarrollo humano: florecimiento personal, reducción de la pobreza y protección de las familias. No es admisible que ser niño o tener hijos siga siendo una circunstancia que aumenta objetivamente el riesgo de pobreza.
También existe una notable mayoría que defiende el catalán como lengua vehicular de la enseñanza y como lengua de uso preferente de las instituciones; que comparte la singularidad de nuestro derecho civil y ama nuestras tradiciones. Ahora bien, si no actuamos, este consenso lingüístico puede erosionarse en el plazo de una década.
Todo esto define la catalanidad y constituye el primer factor de cohesión y de acuerdo fundamental.
Una mayoría también profesa el catalanismo político: entiende el autogobierno como la herramienta necesaria para preservar nuestra condición nacional en el Estado español.
Una minoría decreciente sigue profesando el independentismo. Algunos lo hacen como táctica para obtener mayor poder político o mayor capacidad de decisión; otros, por convicción profunda, considerándolo la solución a todos los problemas.
Dicho esto, conviene recordar tiempos recientes.
La Generalitat gobernada por el independentismo, en lugar de esforzarse por excelir en beneficio de todos, como hicieron en su día Prat de la Riba y Jordi Pujol —especialmente en sus primeras etapas de construcción institucional—, ofreció un balance de gobierno insuficiente. Una dinámica que se ha prolongado hasta desembocar en la actual situación de decadencia administrativa. Por no alargarme, me remito a mi texto Los futuros de Cataluña.
En este contexto sostengo que, al igual que Pujol propuso en Els turons a l’altra banda del riu, hay que levantar la mirada, fijar el horizonte más allá de las urgencias inmediatas y, sobre todo, romper con la generación política precedente si queremos recuperar el país y reconectar con el hilo conductor de nuestra historia. No es un juicio sobre las personas; muy lejos de mi intención. Es la constatación de una necesidad existencial.
Hoy necesitamos «rehacer el país, rehacer Catalunya», con un añadido que entonces no era tan evidente: gobernarla bien, buscando la excelencia como si nos fuera la vida.
La primera exigencia no debe ser lamentar las injusticias que sufrimos, sino demostrar lo que somos capaces de construir con los recursos de que disponemos. Y estos recursos son muy superiores a los que teníamos durante el franquismo, cuando se produjo un notable florecimiento cultural, social y nacional, y, a partir de 1959, también económico.
Tenemos en las manos más herramientas que las que tuvo Prat de la Riba y más que las de las primeras décadas de la Generalitat restaurada. En todos aquellos períodos se hicieron obras magníficas, hasta el punto de que muchas de las estructuras que aún hoy sostienen una administración fatigada son herederas directas de ese esfuerzo.
Lo que tenemos es suficiente para emprender una gran obra colectiva en la que converjan los partidarios de la catalanidad, del catalanismo político y también aquellos independentistas que llevan a Catalunya en el corazón y en la mente.
Esta obra pasa, en primer lugar, por liberar a la juventud de los enormes lazos que la ahogan. Pasa por construir una Catalunya fuerte, cohesionada, competente, virtuosa, humanista y humanitaria. Una Catalunya que recupere su temple espiritual y los cimientos de su cultura cristiana; que deje fluir la savia de sus raíces en lugar de empeñarse estérilmente en cortarlas.
Necesitamos unir esfuerzos para rehacer, reparar y regenerar Catalunya. Y esto significa hacer efectiva la convergencia política y moral entre catalanidad, catalanismo y nacionalismo pujoliano. Esto es, en definitiva, el patriotismo.
El gran proyecto catalán de nuestro tiempo no es dividirnos más, sino reparar, regenerar y reconstruir Catalunya. #Catalunya #Regeneración Compartir en X





