Las críticas que acusan al gobierno de Salvador Illa de fundamentar su proyección pública en la propaganda y el marketing político esconden, en realidad, un problema aún más profundo: la falta de liderazgo. No solo del Consell Executiu, sino sobre todo del propio presidente.
Si era necesaria una demostración pública de esta ausencia, su intervención en las jornadas anuales del Círculo de Economía la puso en evidencia. Y lo hizo además en un terreno favorable. Una parte significativa de las grandes empresas, de los directivos y de las élites económicas catalanas observa con simpatía al gobierno socialista.
Precisamente por eso, el discurso de Illa resultó especialmente decepcionante. El presidente se limitó a construir un relato optimista sobre el futuro de Catalunya, reiterando promesas, anunciando inversiones y exhibiendo grandes cifras económicas sin aportar concreciones verificables. En esta ocasión, habló de un plan de 3.300 millones de euros que, más allá de los anuncios y de la maquinaria comunicativa de Presidencia, sigue sin una concreción pública clara.
No hubo ningún diagnóstico sobre el país real. Y sin diagnóstico no puede haber política.
No hubo tampoco ninguna reflexión seria sobre la creciente inseguridad, vinculada en buena medida a la expansión de la delincuencia organizada asociada al narcotráfico. Cataluña se ha convertido en el principal productor de marihuana de Europa y, al mismo tiempo, en una de las puertas de entrada de cocaína en el continente. El resultado es conocido: disputas armadas por el control territorial, aumento de los tiroteos, más víctimas y la progresiva consolidación de espacios urbanos sometidos al poder efectivo de grupos criminales.
El problema ya no es solo policial. Es un reto político, institucional y de cohesión social.
Este fenómeno ya se ha producido en otros puntos de Europa. Las banlieues francesas son un ejemplo paradigmático. Marsella vive desde hace años bajo la asfixiante presión del narcotráfico. Países Bajos y Suecia sufren niveles de infiltración del crimen organizado que afectan incluso a instituciones vinculadas a la seguridad y la justicia. Si Cataluña avanza hacia ese escenario, las consecuencias pueden ser muy graves. Pero Illa actuó como si nada de eso existiera.
Lo mismo ocurre con la inmigración. Una cosa es demonizarla, como hacen determinadas opciones políticas, y otra muy distinta es negarse a reconocer los impactos que un flujo migratorio tan intenso genera sobre la vivienda, la sanidad y, muy especialmente, la enseñanza. El gobierno evita abordar esta cuestión en profundidad, probablemente porque teme el coste político que comporta reconocer determinadas tensiones.
Pero hay una cuestión aún más grave porque afecta a la propia existencia del país y, sin embargo, no forma parte ni de la agenda política ni de la mediática: el hundimiento demográfico catalán.
Cataluña se mueve poco por encima de un hijo por mujer en edad fértil, muy lejos del 2,1 necesario para garantizar el relevo generacional. Se trata de una crisis histórica que condiciona el futuro económico, cultural y nacional del país. Sin embargo, el debate sigue ausente.
Tampoco los conflictos de la sanidad y de la educación merecieron una atención mínima. Todo queda disuelto en la Cataluña idealizada que describe Illa: una nación sin tensiones, sin fracturas y sin problemas estructurales. Un país imaginario en el que todo avanza satisfactoriamente. Pero antes de llegar a ese futuro prometido, habría que resolver los problemas concretos que afectan hoy a las ciudades, los servicios públicos y la vida cotidiana de los ciudadanos.
La movilidad es otro ejemplo especialmente revelador. El colapso permanente de Cercanías de Cataluña se ha convertido en una forma cotidiana de degradación colectiva. Pero el problema va mucho más allá del ferrocarril. La saturación de la AP-7, las dificultades de acceso a Barcelona y la congestión crónica del área metropolitana tienen un coste económico considerable sobre el principal núcleo productivo del país.
De eso tampoco se habló.
Ni una palabra sobre la peste porcina africana, una amenaza potencialmente gravísima para el principal sector agroalimentario catalán. El porcino y toda su industria asociada —producción, transformación cárnica, logística y actividades auxiliares— tienen un peso económico comparable al del sector automovilístico. Cataluña necesitó décadas para erradicar esta enfermedad. El riesgo de reintroducción y las dificultades para controlar su expansión constituyen un problema de primer orden. La situación vivida en Collserola, parcialmente cerrada durante meses, es una muestra de la complejidad del reto.
Es comprensible adoptar medidas restrictivas frente a riesgos ambientales o sanitarios. Lo más difícil de entender es la incapacidad de ofrecer una respuesta equilibrada y eficaz que no acabe privando a millones de ciudadanos del único gran espacio verde del área más densamente poblada de Cataluña.
La política hídrica es otro ejemplo de las dificultades de gestión que afronta el gobierno. El ejecutivo anunció grandes infraestructuras para prevenir futuras sequías —como la desalinizadora de la Tordera II, en Blanes, o la prevista entre Cubelles y el Foix—, pero los proyectos se han topado con las reservas de la Unión Europea, que considera insuficientes las medidas previas de ahorro, eficiencia y reutilización del agua exigidas antes de apostar de forma masiva por la desalación.
Mientras, siguen existiendo pérdidas significativas en la red hídrica. Las obras llegan tarde y ponen de manifiesto hasta qué punto la planificación y gestión han sido insuficientes durante años.
Illa llegó al poder prometiendo gestión y transparencia. El resultado, según sus críticos, es exactamente lo contrario.
En lugar de liderazgo y capacidad ejecutiva, el Govern ofrece un relato optimista a menudo desvinculado de la realidad cotidiana. En lugar de transparencia, crecen las acusaciones de opacidad, exceso de comunicación institucional y construcción de un relato político alejado de los problemas reales del país.
Cataluña no atraviesa su mejor momento. Pero aún es más preocupante constatar que aquellos que deberían aportar diagnóstico, dirección y soluciones parecen más preocupados por administrar el relato que por afrontar los retos que tienen delante.
Porque la política comienza cuando alguien se atreve a mirar de cara a la realidad que gobierna. Y hoy la sensación es que el Govern prefiere explicar una Cataluña ideal antes que afrontar la Cataluña real.
La política comienza cuando alguien se atreve a decir la verdad sobre la realidad que gobierna. #GovernIlla #SalvadorIlla Compartir en X






