Hay una anécdota atribuida a Josep Pla que, de no ser cierta, habría que inventarla: llegando a Nueva York en barco, al ver el skyline iluminado, se volvió y preguntó con una inocencia cargada de mala fe: «Y todo esto, ¿quién lo paga?» . Es una pregunta de una utilidad práctica extraordinaria, sobre todo cuando la luz es intensa y el entusiasmo todavía más.
Barcelona ha tenido una muestra este fin de semana con el festival de encuentros de la Internacional Progresista, con un protagonismo tan concentrado en Pedro Sánchez que, de no existir, habría tenido que inventarse.
La cosa, para empezar, no es una sino tres reuniones en una, como aquellos menús que prometen mucho y, al terminar, no se acuerda qué ha comido. La de mayor entidad formal es la firma de acuerdos con Brasil, que inaugura una relación «preferente» similar a la que España tiene con Portugal o Francia. La clave no es geográfica sino ideológica: la afinidad entre Luiz Inácio Lula da Silva y Sánchez. Los acuerdos, pues, tienen esa solidez tan moderna que consiste en compartir espejo.
Luego está la «IV Reunión en defensa de la democracia», anunciada con una retórica de altos vuelos —presidentes, primeros ministros, líderes globales— y resuelta en un formato más bien de cámara, con aforos relevantes pero discretos y una escasa densidad política. Si descontamos al anfitrión, encontramos al presidente de Colombia, Gustavo Petro, ya a finales del mandato y con una herencia discutida; y la gran novedad, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en su primera visita a España. Además, claro, de Lula, que es, por así decirlo, el patriarca que queda de la izquierda. Su presencia, que algunos han presentado como una epifanía, ayuda a entender episodios previos de diplomacia sentimental. En política exterior, como en literatura, existen frases que abren puertas y otras que las cierran.
La lista sigue, y conviene no ahorrarla, porque en los detalles se ve la talla de las cosas.
Por Europa, están: Elly Schlein (Italia) – secretaria general del Partido Democrático; David Lammy (Reino Unido) – figura clave del Labour (actual ministro de Exteriores); Iratxe García (España/UE) – presidenta del grupo socialista en el Parlamento Europeo; Stefan Löfven (Suecia) – expresidente del Gobierno y actual dirigente de la Internacional Socialista.
La representación latinoamericana es, en cambio, más nutrida: además de Lula, Petro y Sheinbaum, participan Yamandú Orsi, presidente de Uruguay; Antoliano Peralta, ministro de República Dominicana, y Mia Mottley, primera ministra de Barbados.
De África, la presencia es escasa: Ndaba Gaolathe, jefe de gobierno de Botsuana; y Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica. Y aquí acaba la lista de figuras con cierto peso político, si no internacional, al menos en sus respectivos países.
Como frente anti-Donald Trump, el conjunto es más bien un bodegón. La propia Claudia Sheinbaum se mueve con prudencia por no irritar al vecino del norte; Luiz Inácio Lula da Silva evita cualquier enfrentamiento abierto y Gustavo Petro, tras un primer gesto, ha pasado por la Oficina Oval con la docilidad que impone la realidad. Los anteriores «encuentros por la democracia» han dejado tan poco rastro que nadie conserva memoria precisa. Éste, por tanto, no tiene por qué romper la tradición.
Sin embargo, hay una tercera fiesta, más numerosa y ruidosa: la Global Progressive Mobilization, con 3.000 invitados, influencers, agitadores y algún nombre de reclamo como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani que, a pesar de estar en la lista de asistentes en el evento, finalmente participó a distancia, enviando un mensaje grabado en vídeo. Aquí, el efecto mediático es la sustancia y la sustancia, como siempre, necesita presupuesto.
Y es en este punto donde la pregunta de Pla se vuelve incómoda: ¿quién paga?
La Internacional Socialista, que preside Sánchez, no parece en condiciones de sostener mucha cosa: caja escasa y nostalgia de una financiación —los dólares venezolanos— que ya no está. La salida del PRI mexicano del club y la entrada del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), precisamente por las críticas a la financiación de Maduro, han cambiado el ecosistema con una elegancia burocrática y una aritmética menos generosa. Todo apunta hacia una respuesta más prosaica: paga la administración pública. Es decir, el Ayuntamiento de Barcelona, la Diputación, la Generalitat y el Gobierno de España, cada uno con sus recursos, servicios y logística. Barcelona no es casual: es el territorio con más gobiernos socialistas dispuestos a convertir a la ciudad en escenario.
Y aquí es donde la ironía deja de ser un recurso literario y se convierte en contabilidad. Porque los recursos no son de los gobiernos, sino de los contribuyentes. Y los contribuyentes, en este país, han visto cómo la recaudación de la Generalitat ha crecido un 28% en solo tres años. No es una opinión, es una cifra. En paralelo, se ha rechazado la propuesta de rebajar el IRPF y eliminar el impuesto de sucesiones. Este miércoles pasado en el Parlament de Catalunya es un ejemplo. Y, como telón de fondo, España encabeza la inflación en la Unión Europea. Con este paisaje, la fiesta tiene un regusto distinto: menos cosmopolita y más doméstico.
Puede defenderse que la política necesita escenografía, que las ideas reclaman altavoces y que las ciudades deben proyectarse. Todo esto es cierto, como también lo es que la prudencia recomienda distinguir entre promoción y autocelebración. Reunirse para aplaudirse es una práctica antigua; hacerlo con dinero público, una tentación permanente. La línea que separa una cosa de la otra es delgada, y conviene no atravesarla con entusiasmo.
Pla, si estuviera, probablemente no diría nada más. No haría un sermón ni una teoría. Se limitaría a repetir la pregunta, con ese punto de cinismo que es, al fin y al cabo, una forma superior de lucidez: «Y todo esto, ¿quién lo paga?». Y esperaría, con una infinita paciencia, una respuesta concreta. Sin tanta paciencia, los ciudadanos siguen esperando una.
Y todo esto, ¿quién lo paga? La fiesta de Sánchez en Barcelona Compartir en X






