Un debate inesperado se ha abierto, sin apenas hacer ruido, en los últimos tiempos. Contra todo pronóstico, cada vez son más las voces -y sobre todo los datos- que apuntan a un retorno de los jóvenes, los más jóvenes, a la fe religiosa y, en particular, a la Iglesia católica o a otras confesiones cristianas.
El fenómeno es sorprendente porque contradice una convicción ampliamente extendida: que en Europa occidental, y de manera muy especial en España y Cataluña, la religión institucional había entrado en una fase terminal, relegada a una práctica residual y asociada casi en exclusiva a las mayores generaciones.
Durante décadas, la narrativa dominante ha sido clara: la secularización avanzaba de forma inexorable, la práctica religiosa normativa se extinguía e incluso la idea misma de Dios desaparecía del horizonte cultural compartido. Sin embargo, en los últimos años han empezado a aparecer indicios que cuestionan este relato lineal.
No se trata solo de una inquietud espiritual difusa, sino de prácticas concretas, visibles y, en algunos casos, intensamente comprometidas: adoraciones nocturnas, contemplación eucarística, encuentros masivos de jóvenes, música y cultura explícitamente vinculados a la fe.
El relato oficial: la secularización continúa
Sin embargo, varias instituciones e informes han sostenido que no hay ningún retorno significativo de los jóvenes a la religión. Medios especializados como Religión Digital, así como estudios como el Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC) de la Fundación Pluralismo y Convivencia —adscrita al Ministerio de la Presidencia—, o los informes de la propia Generalidad de Cataluña, insisten en una tesis clara: la práctica religiosa entre los jóvenes sigue desplomándose.
Según estas fuentes, más de la mitad de los jóvenes españoles se declaran ateos, agnósticos o indiferentes, frente a un 33% entre los mayores de 65 años. La conclusión es tajante: no hay rebrote del catolicismo juvenil; la secularización sigue su curso sin alteraciones substanciales.
Los datos catalanes: una imagen diferente
Ahora bien, cuando bajamos al por menor de los datos específicos de Cataluña, el panorama se vuelve mucho más complejo. En septiembre de 2025, la Generalitat de Cataluña, a través del Departamento de Derechos Sociales e Inclusión y la Dirección General de Juventud, publicó el informe La religiosidad de la juventud catalana. Sin embargo, este documento se basa en encuestas de 2022 y 2023, por lo que no capta los movimientos más recientes.
Es precisamente aquí donde emerge un elemento clave: la serie de datos del Centro de Opinión de la Generalidad de Cataluña (CEO). A partir de sus barómetros de opinión -en concreto, los referidos a la asistencia a los oficios religiosos-, se puede trazar una evolución entre marzo de 2014 y julio de 2025 que resulta reveladora.
Entre los jóvenes de 18 a 24 años, el cambio es profundo. En 2014, el 84,2% afirmaba que nunca asistía a oficios religiosos; en 2015 esta cifra alcanzaba incluso el 89,1%. Sin embargo, en el 2025 el porcentaje cae hasta el 55,4%. Es decir, una reducción cercana a los 30 puntos en poco más de una década. El giro se produce de forma clara en el período inmediato posterior a la COVID-19.
Más espectacular es la evolución del núcleo más comprometido. Los jóvenes que declaran asistir a los oficios una vez a la semana o más pasan de un testimonial 1,2% en 2014 a un sorprendente 21,6% en 2025. En términos absolutos, son veinte puntos de crecimiento; en términos relativos, un incremento casi inaudito. De ser prácticamente inexistentes, pasan a representar a uno de cada cinco jóvenes.
A esto se añade el grupo que asiste una vez al mes: del 1,4% al 10,8%. En conjunto, ambos grupos acumulan un crecimiento agregado de cerca de 30 puntos y alcanzan el 32,4% del total, es decir, casi uno de cada tres jóvenes. La ganancia es, en magnitud, equivalente a la pérdida de quienes declaran no ir nunca. Mientras, los que mantienen un vínculo muy débil (una vez al año) se mantienen estables en torno al 12%.
Este patrón también aparece, aunque con mucha menor intensidad, en el grupo de 25 a 34 años, pero no se detecta entre los mayores de 35.
Identidad religiosa: menos ateísmo, más compromiso
Cuando se analiza la autodefinición religiosa del conjunto de jóvenes de 18 a 24 años, las tendencias refuerzan esta lectura. Los ateos pasan del 50% en el 2014 al 32% en el 2025, una caída de 18 puntos. Los agnósticos crecen del 14,9% al 25,5%, lo que puede interpretarse como un espacio de duda más que de rechazo frontal. Los católicos descienden ligeramente del 27% al 24%, pero con fuertes fluctuaciones: después de la COVID llegan puntualmente a superar el 38% e incluso el 40% en octubre de 2024.
Al mismo tiempo, el cristianismo evangélico y el islam alcanzan cada uno en torno al 7%, cuando en 2014 partían de niveles muy inferiores. Se trata de minorías, pero con una tendencia sostenida al alza, sobre todo en el caso del islam que es lo que más crece.

Una síntesis posible
La conclusión no es que Cataluña viva un regreso masivo y acrítico a la religión del pasado. Pero tampoco es cierto que todo siga igual. Lo que muestran los datos es una caída profunda del ateísmo, un crecimiento notable del agnosticismo y, sobre todo, una transformación cualitativa del hecho religioso juvenil: menos adhesiones culturales vagas, pero mayor compromiso intenso entre quienes están.
La novedad no es cuántos jóvenes se declaran creyentes, sino cómo lo son. Quienes permanecen o se incorporan a una confesión lo hacen con vínculos más fuertes, prácticas más exigentes y una presencia comunitaria mucho más visible. Quizás no estamos ante un “retorno” clásico, pero sí de un cambio de ciclo: menos religión social, más fe vivida.
Quizás no estamos ante un “retorno” clásico, pero sí de un cambio de ciclo: menos religión social, más fe vivida. Compartir en X






