Cinco días de octubre (y 3)

Domingo, 4 de octubre de 2026

Tras el duro golpe recibido, ¿convocará Sánchez las elecciones generales que hace ya tanto tiempo debió convocar, al haber perdido la mayoría en la Cámara?

Si piensa solo en sus intereses personales, como hace siempre, no convocará, pese al daño gravísimo que causará a España y a su partido. Tendrá la fortísima tentación de obrar así, a causa del futuro pleno de problemas judiciales que aguardan a su mujer y, muy posiblemente, a él en persona. No es lo mismo hacerles frente y capearlos en lo posible como presidente del Gobierno que siendo un ciudadano del común.

Y si piensa en los intereses de España, de su partido o de ambos, las convocará de inmediato. Pero, en este caso, puede hacerlo de dos formas:

Primera. Que se presente como un presidente progresista que quiere preservar la esencia de la socialdemocracia y evitar así que España caiga en las garras de la reacción fascista encarnada por el Partido Popular y Vox, al igual que ocurre en otros países de Europa y América.

Segunda. Que se presente como el líder de un Frente Popular integrado por toda la izquierda (incluidos todos los populistas de vario octanaje), más todos los nacionalistas periféricos, desde los de «pit i collons» hasta los «confederales».

Y, si opta por esta segunda opción —que es lo que intuyo que hará—, el resultado de las elecciones será determinante de cuál será su reacción:

Si el Frente Popular pierde y forma gobierno Alberto Núñez Feijóo, la legislatura será un infierno. Sánchez sublevará la calle y utilizará todos los medios a su alcance, directos y oblicuos, para hacer fracasar la gestión del nuevo Gobierno. Tengo la seguridad absoluta de ello por una razón: la izquierda española ya ha dado pruebas de no aceptar los resultados electorales que le son contrarios. Basta señalar que el primer golpe de Estado contra la Segunda República lo dio la izquierda en 1934. Y esto es así, digan lo que digan, con desgarro de plañideras, los sacerdotes, las vestales y los monaguillos-voceros del progresismo.

Y si gana Sánchez, intentará iniciar un proceso de cambio de régimen con la meta puesta en una república presidencialista, plurinacional y confederal. La intención será esta. El resultado, Dios dirá.

En cualquier caso, el futuro que nos aguarda es más oscuro que el que se presentaba al inicio del reinado de Witiza. No olvidemos que la crisis de Ceuta y Melilla puede desencadenar en España una nueva «crisis del 98», que esta vez será terminal.

No es que desconfíe de Pedro Sánchez. Es que temo que nos lleve al precipicio en aras de un proyecto vital estrictamente personal. Antonio Machado escribió, en su «Retrato», que «soy, en el buen sentido de la palabra, bueno». Yo, por el contrario, pienso que Pedro Sánchez es peligroso, en el peor sentido de la palabra, peligroso.

Lunes, 5 de octubre de 2026

La Moncloa. Nueve de la mañana. Sale el presidente Sánchez a la escalera de entrada al edificio. Se sitúa ante el atril y se colocan los micrófonos. Traje gris claro con la chaqueta abrochada. Gesto muy contenido, casi crispado. Voz modulada con frío esmero. Convoca elecciones. El resto de su intervención, un mitin tópico y rastrero. Propio del personaje. Él y su Gobierno lo han hecho todo bien, hasta donde han podido y les han dejado hacer unos adversarios infames. La oposición que han padecido es la peor que podría haberse dado. Un muro separa a los que están en el lado bueno de la historia del resto de los españoles. Pide el voto a los que quieran que él y su Gobierno prosigan su tarea en pro de la justicia y el progreso. Todo carente de la más mínima empatía. La campaña electoral ha comenzado.

Verlo y oírlo provoca frío en la espina dorsal. Pero Pedro Sánchez es como es y no da más de sí. Incapaz de la menor grandeza y generosidad. Carente por entero de autoridad moral. Pequeño en todo momento. Sin aquella grandeza de ánimo imprescindible para gobernar con altura de miras un país. Pero su carrera no ha terminado. El aparato del partido, incluidos los militantes y buena parte de los votantes, es decir, «el partido-iglesia», le sigue apoyando. ¿Hasta cuándo? Hasta que se les acabe el momio.

¿Qué sensación deja lo sucedido esta mañana? Por una parte, la más importante, que es bueno que se devuelva la palabra a los españoles para que estos decidan lo que quieren. Pero, por otra, duele constatar una vez más lo miserable de nuestra política. Lo que puede concretarse en dos ideas:

1.ª Que la manifestación más alta de la democracia no es elegir a los que mandan, sino poder echar a los que están en el poder.

2.ª Que, con la actitud sostenida hoy por el presidente Sánchez de mantener el muro frente a la derecha, es decir, frente a media España, es imposible que puedan alcanzarse aquellos pactos imprescindibles para afrontar los grandes problemas que nos acechan, como el de la vivienda. Seguiremos abocados a la pelea estéril, a la ausencia de soluciones y a la erosión paulatina de nuestro bienestar.

Para terminar, algo que se dice y no me lo puedo ni creer: que el Gobierno, una vez disueltas las Cortes, piensa presentar de nuevo los dos decretos de marras (no sé si modificando o no algún punto) para su convalidación por la Diputación Permanente del Congreso, en la que sí tiene mayoría. Insisto: no se concreta si el Gobierno modificaría o no algún punto de ambos textos para vestir el muñeco. En cualquier caso, mi postura es esta: unos decretos cuya convalidación ha sido rechazada por el pleno del Congreso no pueden ser convalidados inmediatamente después de disueltas las Cortes por su Diputación Permanente, en la que el Gobierno sí tiene mayoría. Sería un fraude de ley. Y añado que, por encima de un fraude de ley, sería un golpe de Estado. Un golpe de Estado en toda regla, pero con un agravante: el presidente Sánchez se cachondearía así de media España. ¡Que se lo piense dos veces! Antes o después se las tendrá que ver con la ley. Desde la ley, con la ley y por la ley. Y sus ministros también.

(Parece confirmarse este desatino. Huelgan palabras. Es una acción que confirma la catadura del presidente Sánchez. No merece más comentario. Él es así. Y ahora los españoles tienen la palabra).

Cinco días de octubre (2)

La democracia no consiste únicamente en elegir a los gobernantes, sino también en poder echarlos. Sin pactos ni respeto por el adversario, la política se convierte en una confrontación estéril. Compartir en X

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